«Si la justicia existe, tiene   que ser para todos; nadie puede quedar excluido. De lo contrario, ya no sería justicia»

Paul Auster

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AGRICULTURA URBANA. UN DESAFÍO A LA CRISIS ALIMENTARIA MUNDIAL DESDE LO LOCAL. ¿Alternativa de solución ante la permacrisis que nos agobia?

María Gloria Flores Peñailillo

Dra. Ciencias de la Educación.

Muchas veces me he preguntado ¿qué estamos haciendo para disminuir la enorme cantidad de efectos adversos derivados de la economía de libre mercado actual?, efectos que se deslizan por las vertientes más recónditas del acontecer diario del individuo y que por ende nos atañe a todos y cada uno de los habitantes del planeta Tierra.

Tales efectos adversos del sistema económico imperante, se traducen en variadas transformaciones y crisis en curso, las que al ser impactadas por la actual guerra de Ucrania son proyectadas de manera centrífuga, al punto de colisionar entre sí, aumentando con esto la sensación de desorden y aceleración global, de incertidumbre geopolítica y de agitación social. ¿Cuándo y cómo se detendrán estas crisis impactadas por la confrontación armada en Ucrania? ¿Cuál, entre tanta crisis se puede transformar en una nueva amenaza existencial? ¿Qué acciones colectivas están en desarrollo para hacer frente a este escenario continuo de desorden, vulnerabilidad e incertidumbre que se nos presenta como la nueva normalidad? ¿Todos estos cambios acelerados se superponen o entrelazan forzados por la necesidad del momento? o ¿son producto de nuevas lógicas geopolíticas?

Tal confrontación bélica repercute, entre tantas otras cosas, en las exportaciones mundiales de productos agrícolas, semillas y fertilizantes, agravando la crisis alimentaria mundial ya causada por la convergencia de los shocks climáticos derivados del calentamiento global, los conflictos, las presiones económicas que aceleran los perniciosos sistemas de agricultura intensiva o industrial desarrollada desde 1940 con la “revolución verde”,cuyo gran objetivo es maximizar la rentabilidad a través de la producción de monocultivos, mismos que precisan químicos que perturban la microbiota subterránea causando la disminución  de  la resistencia de las plantas frente a  enfermedades y plagas, lo que a su vez da paso al uso de pesticidas que dañan su ciclo biológico, desencadenando con todo este proceso la extinción de dos tercios de la agrobiodiversidad mundial. Factores que interconectados entre sí están provocando los peores récords de aumento del número de personas que padecen hambre extrema en la actualidad.

Estamos enfrentados por un lado a conflictos que se entrecruzan y por otro a transiciones que parecían ir hacia la construcción de un mundo más sostenible y que ahora entran circunstancialmente en colisión. Vivimos inmersos en una permacrisis que abarca desde la desorientación estratégica de las potencias occidentales hasta la vulnerabilidad que siente gran parte de la población del planeta ante el progresivo y muchas veces arbitrario encarecimiento de los productos básicos, además de la incapacidad de proteger bienes comunes como los alimentos, la energía o el clima.

Los impactos de esta permacrisis desencadenan y profundizan las fracturas geopolíticas, sociales y de acceso a los bienes básicos, incidiendo directamente en el empeoramiento de las condiciones de vida de los hogares, lo que se traduce en un aumento del malestar social y progresivas protestas ciudadanas.

La invasión rusa de Ucrania fue el escenario inesperado en 2022 que determinó la aceleración del proceso de erosión del “orden mundial” establecido post-1945. Así, a partir de ahora el mundo empieza a notar el verdadero alcance y profundidad del impacto global de la guerra.

La violación de un derecho básico como el acceso a la alimentación, incide directamente sobre otros derechos humanos, como la salud, el agua y un nivel de vida adecuado y libre de violencia.

No estamos solo ante una crisis de grandes proporciones, sino ante un nuevo proceso de cambio estructural que aún no sabemos dónde termina.

En este año 2023 sepondrán a prueba los límites individuales y colectivos ante: la inflación, la seguridad alimentaria, la crisis energética,las presiones en la cadena de suministros, la competencia geopolítica global, la descomposición de los sistemas de seguridad y gobernanza internacional, y la capacidad colectiva de responder a todo ello. ¿Cuánto durará la recesión en 2023?  Barclays predice que 2023 verá la peor economía global en cuarenta años; a finales de 2021 había 282 millones de personas en situación de inseguridad alimentaria extrema. A finales de 2022, la cifra rondaba los 345 millones. Un reciente informe del PMA, estima que ”50 millones de personas podrían morir de hambre al 2023 si se sigue la trayectoria actual». Datos que no solo son frías cifras sino seres humanos, como cada uno de nosotros, que sufren hambre a diario junto con las secuelas por carecer de alimentos básicos que desarrollen sus potencialidades.

La ONU alerta que estamos ante una “inseguridad alimentaria aguda” y que «el año 2023 será recordado por una hambruna mundial”.

Sí, así lo estamos sintiendo aquí y ahora, basta observar la carestía generalizada y la escasez de los alimentos e inestabilidad de los precios, con todas sus implicancias en el día a día, por más esfuerzos que se hagan desde el poder por tratar de bajar el perfil a esta situación. 

En tales circunstancias es válido recordar que desde sus inicios las ciudades han estado estrechamente relacionadas con la agricultura. Los primeros asentamientos humanos sedentarios aparecen ligados al desarrollo de la técnica agrícola, y no pueden entenderse los unos sin la otra, es así como la práctica de la agricultura urbana se remonta a antiguas civilizaciones y no por falta de tierras agrícolas. Los Aztecas, mayas, incas, babilonios, producían alimentos en las ciudades, hecho que nos permite pensar que, ante  tamaña debacle en la que estamos inmersos, tornándose cada vez más difícil la sobrevivencia y la coexistencia, resulta imprescindible ocuparse de la sustentabilidad de las ciudades, donde la vegetación urbana tiene un alto potencial para contribuir con un desarrollo que verdaderamente “satisfaga las necesidades de las personas en el presente, sin afectar las capacidades de las futuras generaciones para el logro de la satisfacción de sus propias necesidades“ (ONU, 1987).

Entre los 17 ODS contenidos en el “Informe de Diagnóstico e Implementación de la Agenda 2030” realizado en Chile (2017) se encuentran: “Lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles”. “Poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria y la mejora de la nutrición y promover la agricultura sostenible”. “Adoptar medidas urgentes para combatir el cambio climático y sus efectos” (siendo preciso acotar en este punto lo que está ocurriendo hoy en nuestro país, cuando el gobierno ha declarado emergencia agrícola en las tres regiones de catástrofe ante las inmensas pérdidas a causa del impacto del sistema frontal, recién comenzando el invierno).

En razón de los ODS antedichos, desde la política ambiental se está impulsando una estrategia integral que nace de la articulación con los  gobiernos nacionales y locales, al constatarse lo decisivo que es el nivel local para cumplir con  la Agenda 2030 de ODS, habiéndose estimado insuficiente el compromiso de los gobiernos nacionales ya que, es a nivel local donde las personas viven, comen, utilizan los recursos y generan desechos, siendo muy relevante en este contexto todo lo que respecta a nuestros sistemas alimentarios dentro de las ciudades, realidad por la cual ya no es posibleconcebir áreas rurales y urbanas como espacios disociados y excluyentes, por lo que existen iniciativas e ideas innovadoras de planificación, administración  y normativa urbana ante los desafíos  enfrentados por las ciudades  que requieren soluciones globales y conjuntas.

“El futuro de la humanidad se juega en las ciudades”, en este sentido, Ma. Fernanda Espinoza, presidenta de la 74a Asamblea General ONU, indica que “las acciones locales en las ciudades son las más importantes para el desarrollo sostenible del futuro”, convocando a alcaldes de varias partes del mundo, para compartir iniciativas y resaltar la importancia de las acciones locales en el futuro planetario de los países.

Es conocido que los momentos de mayor auge de la agricultura urbana están ligados a crisis económicas y energéticas, que obligan a recurrir a ella para asegurar el autoabastecimiento. En la actualidad el llamado de alerta lo han realizado cinco organismos de la ONU: FAO, ACNUR, UNICEF, PMA y la OMS, quienes piden acciones urgentes para proteger a millones de niños desnutridos en los países en desarrollo, sin dejar de lado la malnutrición en que viven 1 de cada 3 personas en el mundo. (OMS).

Al respecto la FAO, sostiene que “la agricultura urbana y periurbana es una estrategia vital para construir resiliencia en la provisión de alimentos en las ciudades, reduciendo la pobreza e incrementando el empleo, mejorando resultados nutricionales y mitigando la degradación ambiental de espacios urbanos”.

En estos momentos críticos que atraviesa la humanidad, se plantea como desafío para la planificación urbana global, la necesidad de volver a incorporar una mirada estratégica de los espacios de Agricultura Urbana (AU) en los entornos como al interior de las ciudades y sistemas metropolitanos, tanto en términos de abastecimiento alimentario de proximidad, como de sostenibilidad y resiliencia urbana. Estos desafíos implican una transformación en la concepción de la AU que incida en la planificación territorial, en los proyectos de desarrollo local y regional, apuntando a una planificación integral del territorio, en línea con acuerdos internacionales, como los Objetivos para el Desarrollo Sostenible (ODS) y las conferencias de Hábitat, las que se convocan cada 20 años desde 1976, con Hábitat I en Vancouver (Canadá), Hábitat II en Estambul (Turquía) en 1996 y la Nueva Agenda Urbana Hábitat III, Quito, Ecuador 2016, siendo este el primer proceso consultivo que ha reconocido y tratado a los gobiernos subnacionales como un grupo concreto, lo que supone un hito para el movimiento internacional de gobernanza municipal.  Es desde esta perspectiva que se propicia una agricultura ecológica y sustentable donde los huertos urbanos tienen, entre muchas ventajas económico-sociales, la de producir orgánicamente alimentos frescos para el autoconsumo humano como: hortalizas, verduras, legumbres, plantas aromáticas a pequeña escala, en espacios reducidos, como son los traspatios de las casas, balcones, muros y terrazas de los edificios. Hábitat III gira en torno a los ciudadanos, los pueblos del mundo y, sobre todo, las personas más necesitadas.

En el intertanto, a que se lleven a cabo reuniones de alto nivel, Cumbres Climáticas, Cumbres de la Tierra, COP 26 y demás, con el fin de revisar lo logrado y por lograr; es hora que se asuma irrestrictamente, de forma categórica y desde ya, que es preciso autoabastecerse de alimentos con profundo criterio ecológico.

En momentos en que la fragilidad lo impregna todo – desde la relativización de los valores y la coexistencia social, desde la inseguridad colectiva a la supervivencia individual – actuemos desde lo local ante tanta volatilidad que hace difuminarse el horizonte de una vida de Bien-Estar, tanto para nosotros como para las generaciones venideras.

Fuente de figura:

https://www.ucr.ac.cr/noticias/2019/7/11/la-agricultura-urbana-propone-revegetalizar-las-ciudades.html

Fuentes:

(Noticias ONU, 2019)

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