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AL MEJOR POSTOR

Fernando Arriagada Cortés

Investigador y escritor.

Sin lugar a dudas que en el multifascético espacio en que nos ha correspondido vivir o sobrevivir, las actividades económicas son de lo más variado. El tema es recorrer el centro comercial de cualquier ciudad y fácilmente se encontrará con lo más increíble a la venta, como si vivir al servicio de las necesidades de nuestro prójimo, sea un buen derrotero económico, como le demuestran miles de comerciantes dedicados a múltiples formas de negociar.

Desde los tiempos de conquista existen en nuestro país, una forma de negocio de artículos variados, generalmente usados a la venta de una manera especial, como es el título de esta columna. Son centros en donde se puede adquirir a un costo relativamente bajo, artefactos diversos que persona alguna pueda necesitar. Históricamente estos remates o subastas públicas  se iniciaron con la venta de esclavos, quienes eran traídos como verdaderos animales desde África a nuestro continente, en un negocio monstruoso y repulsivo que revela una de las páginas más negras de la historia. Llegados acá, eran revisados y vendidos como fuerza de trabajo a un patrón que anhelara de sus servicios, en público remate.

En la actualidad, ingresar a una casa de remates, es ser espectador de un conjunto de objetos numerados que están en exhibición  para ávidos compradores que anhelan tenerlos. Puede encontrar desde una caja de alfileres, hasta un vehículo. Todo se puede rematar. Cuando estos son judiciales, entonces la concurrencia es mayor, ya que los objetos se van “por lo que caiga”, al decir de muchos. Varios llevan sus pertenencias por apremios económicos, por falta de espacio,  por estar pasados de moda, y así, cada cual tiene sus razones para vender y otros, para comprar.

Los que miran son muchos, pero los que compran son generalmente comerciantes o personas que buscan la ocasión o sus rentas les impiden adquirir algo nuevo. El día del remate, muchos son los que se acercan, ubicándose en sillas o sillones que también se subastarán. Es entonces cuando el martillero, sube a un pódium en donde inicia el remate de venta de tan variados artículos que el local parece una nueva arca de Noé. Cada objeto a vender cuenta con un número que lo identifica, por lo que se sabe el artículo a rematar. El martillero tratará de motivar a los compradores, con un lenguaje claro y ameno, ponderando las ventajas del objeto, destacando sus cualidades y señalando lo conveniente de adquirirlo de acuerdo a sus similares en otros lugares.

Los eventuales compradores mostrarán sus preferencias alzando su mano para aprobar el precio, el martillero volverá a insistir para tratar de alzar su precio. Si el artículo tiene real interés en la concurrencia, este seguirá en alza hasta alcanzar un tope en donde lo deje el último de los compradores, muchas veces con un gran sobreprecio, producto de falsos postores, conocidos en el ambiente como “palos blancos”. Entonces, el anfitrión, al no poder alzarlo más, tendrá que adjudicarlo, lo que es ratificado con un seco golpe de martillo de madera, de ahí eso de martillero.

Si el objeto carece de interés, el subastador tendrá que bajar la oferta hasta el mínimo de su venta. Si sigue sin comprador, dirá solemnemente que el artículo se guarda y se deja en casa para una próxima ocasión.

De esta manera, centenares de objetos de los más diversos aspectos, precios y calidad, son vendidos remate a remate. Muchos vuelven felices con sus adquisiciones  por haber hecho una buena compra, que incluye impuestos legales y otros contentos de haber vendido y contar con dinero que le servirán para cubrir otras necesidades.

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