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Araña

La nueva película de Andrés Wood es la más atrevida que ha hecho. Como diagnóstico social del Chile de 2019, es un documento furioso, persuasivo, y en su mayor parte un thriller intenso, ejecutado con elegancia.

La nueva película de Andrés Wood es la más atrevida que ha hecho, así como su más ambiciosa técnicamente. Hace ocho años de su último largometraje, Violeta se fue a los cielos (2011), puesto que en el ínterin ha trabajado en televisión, y la vuelta a la pantalla grande es contundente y fresca. Araña (2019) es difícil de ver a veces, y no caerá bien en varios sectores de nuestra sociedad. La historia va de Inés y Justo, un matrimonio acaudalado, otrora militantes de Patria y Libertad, quienes se sienten amenazados ante el regreso de uno de los exmiembros del grupo, Gerardo, quien desapareció de sus vidas tras perpetrar un crimen político en contra del gobierno de Salvador Allende; al mismo tiempo, el triángulo amoroso que formaron entonces podría revivir ahora. Así, la narración transcurre en dos líneas de tiempo, el pasado y el presente, y, como es natural, ambas se entrecruzan a menudo. Es un desafío para cualquier director.

La primera vez que vemos a Gerardo (Marcelo Alonso) es en el presente: luego de presenciar un asalto, toma la justicia por sus propias manos y persigue al ladrón por varias cuadras hasta matarlo. La escena es chocante y gráfica; Gerardo se mantiene impasible; una multitud se reúne en torno a él, gente que asumimos vive lo mismo todos los días sin recibir ayuda de nadie, y barruntamos que ven en este hombre una especie de figura mesiánica bastante distorsionada. Es internado en un hospital psiquiátrico para determinar si enfrenta un juicio público, y su pasado como asesino sale a la luz, y con éste sus eventuales cómplices.

Inés (Mercedes Morán) reconstruyó su vida como docente universitaria, empresaria, etc., sin embargo, no hay un ápice de culpa en sus huesos. Su rutina es impactada de una forma inesperada por la noticia de Gerardo. Su reputación se viene abajo, su hijo la cuestiona y encara. Sus compañeros de trabajo, todos hombres, la excluyen de sus actividades, como es esperable, ante lo cual ella acusa misoginia; esta mujer insiste en no asumir responsabilidades, un tipo de victimización a la inversa que José Antonio Kast practica con excelentes resultados. Y Gerardo también hace lo suyo: como Kast, se aprovecha de las precariedades de la ciudadanía, de la desesperación de los desprovistos de derechos civiles, para armar una revolución de ultraderecha. Tal vez.

Araña es perspicaz en abordar todos los matices de los personajes, sobre todo de Inés, la más compleja. La vemos hostil cuando interactúa con su hijo José (Mario Horton Fleck), cuya postura es, digamos, más compasiva ante la historia del país. Su marido Justo (Felipe Armas) es un alcohólico atormentado por su fracaso político y conyugal: en absoluto hay amor en su matrimonio. Así procede la vida familiar para esta mujer, a quien Morán le imprime una sutileza para agredir a otros que asusta, incluyendo a su hijo, y caemos en la cuenta de que ella fue y sigue siendo un monstruo, uno al igual que su examante y su esposo. Este es un trío de psicópatas, su motivación ya en los 70 era matar, y no ha dejado de serlo después de décadas; mas el instinto asesino en ellos es bastante narcisista, puesto que no pueden evitar llevarlo al plano personal. Son torpes.

Ahora bien, ¿serán capaces de sentir amor? Son capaces de cometer actos abusivos y crueles, ¿pero amar? Creo que no. Honestamente, lo que nutre el conflicto en el presente es una libido frustrada, no el sueño del romance. Y si su maldad se ha profundizado al envejecer, es porque comparten una personalidad demasiado rígida. Tal rigidez los hace implacables, y así Inés, quizá la peor de los tres, ha llegado a ostentar un gran poder. En cambio, en sus relaciones personales son unos completos ineptos. ¿Podemos empatizar con ellos? Tampoco. Mas podemos dejar que Wood nos intrigue con estos personajes.

Las actuaciones más complejas les pertenecen a los flashbacks, donde Inés (María Valverde), Gerardo (Pedro Fontaine) y Justo (Gabriel Urzúa) comparten casi todas las escenas. La primera posee el sarcasmo propio de una joven crítica de su entorno, aunque con un idealismo podrido y albergando un mal hondo dentro de sí. El segundo es una criatura hermética y un energúmeno, proclive a la violencia, y el tercero, bueno, es el tipo de hombre que gracias a su posición económica puede ser vulgar y quedar impune, al igual que de los crímenes de los que participó. La amistad entre éstos es rarísima por decir lo menos.

Aquí también podemos ver a un José muy pequeño, llorando ante la indiferencia de sus padres, un sufrimiento que manifiesta con resignación ya de adulto. Durante un plano en que su madre fuma en los 70, Wood y la montajista Andrea Chignoli son inteligentes al cortar a la actualidad, cuando José está fumando, estableciendo el traspaso de vicios en la familia. También sostiene un vaso de güisqui en la otra mano; eso es de papá.

Él es el eje moral del filme; los villanos son los protagonistas porque Wood quiere examinar el mal desde dentro. En el psiquiátrico, el eje moral lo representa Nadia (María Gracia Omegna), quien, asimismo, carga con un discurso de género atingente (sus opiniones son ignoradas por sus superiores, todos hombres). Esto último se extiende a la joven Inés, quien expresa su deseo hipotético de ser hombre (también profiere unas cosas inconexas y dice que está loca, ¿lo habrá dicho en serio?). Y cuando ésta ya es mayor, es la única mujer en su trabajo, una líder.

Lo que los personajes no poseen en carisma, lo compensan con tensión sexual, y los diálogos de Guillermo Calderón los invisten de un ingenio macabro. Lo que dicen resulta de una vileza casi accidental que nos da risa, y después nos da miedo. Es casi como si el director hubiera contratado a Calderón para experimentar una sordidez a lo Pablo Larraín, pero con un guion más interesante, sin esa pesadez panfletaria, y una visualidad atractiva.

No obstante, ya en el tercer acto los problemas emergen con más claridad. Por ejemplo, tenemos varios clímax. La historia llega a un punto en que debemos colegir lo que pasa en la psiquis de los personajes, y puesto que lo único que han hecho ha sido exteriorizar su conflicto en acciones concretas con consecuencias visibles, estos desarrollos internos, aunque sean cruciales y dependan de flashbacks, no están justificados y resultan pretenciosos.

Y es que Inés y Gerardo son demasiado pasivos en el presente. Ambos recuerdan simultáneamente, mientras aguardan a que las cosas se den. Por ende, Gerardo no se gana un clímax brutal como el que tiene; es el momento más polémico del filme y refleja la secuencia violenta que lo introduce al principio, aunque es un tanto confuso.

Si Wood quería que pensáramos, vaya que lo hacemos. Araña contempla posibilidades nefastas para nuestra política. Como diagnóstico social del Chile de 2019, es un documento furioso, persuasivo, y en su mayor parte un thriller intenso, ejecutado con elegancia. Y aunque zozobre al final, nunca es, ni por un segundo, aburrido.

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