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ARAUCO INCOMPRENDIDO

Maroto

Desde Canadá.

Ese día amaneció como cualquier otro de primavera; la noche con su oscuridad plateada dio lugar a un tímido sol que emergió entre las nubes que decoraban el horizonte, y las melodías propias de estas tierras ancestrales fueron despertando la mañana.

Camilo Catrillanca se levantó como lo hacía siempre, sin pensar que este sería su último amanecer.

Nada hacía presagiar que las historias que de niño había escuchado acerca de los abusos e injusticias sufridos por su pueblo y la violencia ejercida reiteradamente sobre él, se harían carne esta vez en su persona, arrebatándole la vida.

Camilo Catrillanca, joven integrante del Lof de Temucuicui, hijo de Lonko Mapuche, fue asesinado, por integrantes de un comando especial de Carabineros de Chile.

Y mientras su pueblo llora su partida, y muchos chilenos y chilenas comparten este dolor, el gobierno reafirma su absoluta falta de comprensión acerca de lo que ocurre en el territorio Mapuche, intentando dar por cerrado el tema por la vía de dar baja a dos oficiales y cuatro carabineros y aceptando la renuncia de un Intendente; como si el problema que ocasionó la muerte de Catrillanca fuera sólo producto del arrebato violento y el desatino de unos pocos, y no el resultado de una política de estado que, ignorando las enseñanzas de la historia, vuelve a insistir en la perpetuación de la violencia como mecanismo para asegurar la “pacificación” de estas tierras.

La familia Catrillanca se debate entre la profunda tristeza por la pérdida de uno de los suyos y la frustración acumulada por tanta injusticia. El pueblo Mapuche se levanta y manifiesta, una vez más, con rabia y rebeldía su demanda por justicia y el reconocimiento de sus derechos. Un Chile solidario, pero no necesariamente mayoritario, se hace eco de estas demandas e interpela al Gobierno, exigiendo el esclarecimiento de los hechos, la sanción de los responsables directos e indirectos y un cambio inmediato de política hacia el pueblo Mapuche.

El gobierno y un sector no menor de la ciudadanía hacen oídos sordos, e insisten a través de los medios de comunicación y las redes sociales en una estrategia de criminalización no sólo de Camilo Catrillanca sino que también de su familia y de la causa Mapuche en general; y como si esto fuera poco, y pese a la tragedia recién ocurrida, las autoridades de gobierno y los partidos políticos que las apoyan, reafirman la política de militarización de la Araucanía  como el mecanismo adecuado para resolver una crisis que por siglos se ha mantenido irresoluta.

¿Que nos ocurre? ¿En qué momento nos transformamos en un país de ciegos y sordos? ¿Es que acaso perdimos ya la capacidad de dejarnos tocar no solo por el dolor nuestro, sino que más importante aún, por el dolor de otros?

El tema Mapuche se arrastra como “problema” desde el regreso de la democracia. Con contadas excepciones, nuestras autoridades y políticos se refieren al mal llamado conflicto Mapuche como una carga más que como una oportunidad; una carga a la que es mejor hacerle el quite por la vía de la implementación de soluciones de parche, y no una oportunidad de hacer justicia para un pueblo que ha sufrido históricamente abusos y vejámenes, de los cuales el Estado ha sido cómplice.

Y lo que es más grave aún, esta percepción se extiende más allá de nuestros líderes. Un número no despreciable de chilenos y chilenas opta conscientemente por el rechazo de un pueblo cuyas raíces están en nuestros orígenes. La criminalización, trato injusto, desprecio y burla hacia el pueblo Mapuche y lo indígena en general están presentes en un sector importante de la ciudadanía que, situándose en un absurdo pedestal de superioridad social, cultural e incluso étnica, juzgan y condenan a priori todo aquello que diga relación con las reivindicaciones Mapuches y los Mapuches. Para este grupo, la muerte del joven Mapuche es casi irrelevante.

La constatación de esta realidad es doblemente dolorosa.

Dolorosa, ya que nos confirma una vez más la existencia de un Chile intrínsecamente individualista; incapaz de conmoverse ante la injusticia que afecta a la Araucanía, o a cualquier otro grupo que no reconozca como válido. Un Chile al que le resulta más fácil encerrarse en su pequeño mundo personal, para desde ahí, mirar con indiferencia e incluso desprecio a quienes no pertenecen a él.

Dolorosa, ya que nos enfrenta a un Chile profundamente inhumano; carente de la fraternidad, valores colectivos y culturales, que algún día, según cuentan nuestros abuelos, estuvieron en la base de nuestra identidad como pueblo.

Y este individualismo e inhumanidad conllevan una lamentable perdida de empatía, que deja en evidencia nuestra incapacidad de conmovernos con el dolor ajeno. Ya sólo, parece tocarnos aquello que afecta nuestros intereses personales o nuestro círculo social inmediato.

El tema Mapuche nos habla de un problema que va más allá de las reclamaciones de este pueblo.  El tema Mapuche desnuda el deterioro de nuestra sociedad y humanidad como país, dejando al descubierto el profundo daño causado por la cultura del individualismo que ha reinado en nuestro país en los últimos 45 años.

La búsqueda de justicia y reparación para este pueblo es primero un derecho innegable; y es también una oportunidad para iniciar caminos de reconciliación con nuestra historia y orígenes, y reaprender y ejercitar nuestra capacidad individual y colectiva de ponernos en el lugar del otro, priorizando el dialogo sincero, la solidaridad y fraternidad como mecanismos de entendimiento.

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1 Comentario en ARAUCO INCOMPRENDIDO

  1. Poesía en medio de una tragedia…
    Sí el Problema es político, histórico y debe ser enfrentado con cambios constitucionales.
    Su columna Maroto, nos hace sumarnos a la pena, tristeza y rabia de un pueblo que vive y llora a su j´ven mártir, en medio de la indolencia y falta de sensibilidad de muchos chilenos a los que, en su individualismo, sólo les interesa “Subsistir”, sin razonar.
    “Qué pena me da, saber que al final…” si seguimos así, no nos va a quedar nada !!!

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