«Enseñar, es enseñar a dudar» Eduardo Galeano

 

 

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¿Cumpleaños felices?

Tal como se recordara en un comentario anterior, el 24 de febrero se cumplió un año desde el inicio de la invasión del ejército ruso a la República de Ucrania.

No se trató de un caso muy sorpresivo ya que las acciones militares tenían como antecedente al apoderamiento de la península de Crimea y la promoción de la sublevación de dos ciudades en las cuales se daba por sentado que existía una mayoría de población afín a las políticas expansionistas de la República Federativa de Rusia. La débil respuesta de los territorios invadidos llevó al autócrata Vladimir Putin a evaluar muy mal las condiciones objetivas de la situación y, teniendo presente la clara superioridad militar de su país, concluir que se trataría de un desafío sencillo y de fácil y breve resolución.

Tras la decisión del “zar” Putin, estaban como elementos de respaldo tanto su vocación imperialista que invitaba a reconstruir la otrora poderosa y ya fenecida Unión Soviética (no olvidemos que Putin fue un agente importante de la KGB, la policía secreta de la URSS) como la necesidad de detener a tiempo cualquiera expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) que, incorporando repúblicas del área báltica y del sur de Rusia, conformara un cerco que rodeara a su país en el frente occidental.

Putin, burdamente, no previó que Ucrania activara una resistencia eficaz y las decisiones estratégicas que adoptó no consideraron ni el rechazo interno a sus acciones (elusión masiva de la conscripción obligatoria) ni se percató de que su ejército mostró significativas carencias que hicieron fracasar sucesivas operaciones con miles de víctimas propias. Los resultados diarios condujeron a la destitución y reemplazo de las jefaturas de sus tropas y a la realización de ataques en contra de recintos civiles ucranianos, tales como hospitales, escuelas y viviendas, lo que mostró desesperación y, lo que es tremendamente importante, a la pérdida de la batalla comunicacional en el seno de la opinión pública mundial. Al día de hoy, prácticamente ningún país ha manifestado adhesión a su causa pudiendo aplicarse en el caso algo así como la clásica frase de Unamuno “podréis ganar pero no convenceréis”.

Hasta ahora, Occidente no se ha involucrado directamente en el conflicto pero muchos países han ido comprometiendo lateralmente su ayuda a Ucrania. Alemania, Francia, España, Reino Unido, los Estados Unidos, entre otras naciones, poco a poco han ido liberalizando sus políticas armamentistas, autorizando o permitiendo la cesión o préstamo de aviones, tanques y armas en general, lo que ha ido reforzando el accionar de las fuerzas ucranianas

El frente interno a la Federación rusa se ha ido complicando, tanto por el déficit creciente que a nivel fiscal implica el creciente gasto militar como por las medidas económicas aplicadas en su cintra y que han implicado el congelamiento de reservas monetarias mantenidas en bancos occidentales (del orden de los 324.000 millones de dólares) y el retiro del país de más de un millar de compañías multinacionales, lo que ha afectado claramente el nivel de consumo de la población.

Es cierto que Rusia sigue contando con el mayor equipamiento nuclear del mundo y que puede abandonar las restricciones convenidas en acuerdos internacionales, pero, sin duda, se trata de armamento no utilizable prácticamente ya que en una aventura nuclear no habrá vencedores de ningún lado y sí perdedores globales.

A estas alturas de los tiempos, resulta casi imposible que la Federación rusa decida retirarse de Ucrania y pueda asumir el costo de una derrota inesperada. Ello parece no estar entre las opciones que maneja el “zar”. El escalamiento del conflicto pareciera ser el único camino, lo que para las potencias occidentales no es preocupante ya que está demostrado que la industria bélica ha sido y seguirá siendo uno de los motores de la economía capitalista.

Miradas las cosas racionalmente, el único camino lógico está en el cese del fuego por la vía de la mediación y del armisticio, con la intervención de organismos como la ONU o de potencias que estén dispuestas a darle al invasor una salida digna de un laberinto cada vez más intrincado.

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