La ciudadanía debe avanzar hacia "Un razonamiento colectivo", fase superior del pensamiento individualista.
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De medicamentos y remedios

En el ocasional café matinal, me contaban el caso de un pensionado que, como muchos, vive en el peor de los mundos posibles. Por diversas razones no califica “como pobre”, lo que le impide acceder a rebaja de pasajes en la locomoción colectiva y a diversos beneficios que otorga el Estado, todo lo cual le alivianaría levemente la carga de la subsistencia cotidiana, al mismo tiempo que su pensión, tras cincuenta años de trabajo formal, con pocas lagunas previsionales, asciende a casi cuatrocientos mil pesos, suma a la que hay que restarle descuentos varios mes a mes. Con esa cifra tampoco puede ser considerado “como rico”. En buenas cuentas, es un “pobre de cuello y corbata”. Preocupado por una pequeña herida accidental en una pierna, que tozudamente se negaba a cicatrizar y podría llegar a infectarse, recurrió a un médico amigo quien gratuitamente le recetó un antibiótico. El producto de marca costaba casi $30.000.- Dos cajas de 14 cápsulas, serían $60.000.- Recurrió a los “bioequivalentes”. Compró una caja en una farmacia “no encadenada”, en $15.000.- La segunda caja, en la farmacia del popular Doctor Simi, del mismo producto y del mismo laboratorio, le costó ¡siete mil quinientos pesos! La libre competencia nos garantiza precios bajos, según ha explicado el presidente Piñera. Recomendación: Camine, ocupe su tiempo en recorrer cuadras y cuadras, saque número, haga interminables filas y su esfuerzo será premiado con un ahorro importante.

Por fin, luego de casi tres años, salió la sentencia del Tribunal de la Libre Competencia que castiga a los laboratorios Sanderson y Brexter, elaboradores de sueros (producto de consumo masivo especialmente en hospitales públicos y clínicas). En 2017, ambas empresas privadas fueron denunciadas por haberse coludido (“haber adoptado acuerdos anticompetitivos”) para fijar precios y repartirse el mercado fundamentalmente en perjuicio de las entidades públicas de salud. Inaceptable. Intolerable. ¡A clases de ética, señores!

Mirando esta realidad sanitaria nacional, cabe destacar como un aspecto positivo el hecho de que en general existen adecuados niveles de abastecimiento de fármacos en el país. El problema radica en los altos precios, las acciones especulativas de las cadenas y la falta de recursos suficientes por parte de los consumidores.

El sector político que definitivamente no tiene remedio, es la Derecha gobernante.

El prolongado estallido social que ya cumple ochenta y cinco días, llevó a muchos de sus personeros (bastante aterrorizados, por lo demás) a mostrar una actitud receptiva frente a los fuertes requerimientos expresados en las calles del país y una aparente disposición anímica a aceptar incluso cambios constitucionales.

Pero todo era una ilusión.

La misma senadora van Rysselberghe que suscribió gozosa el “Acuerdo por la paz social y la Nueva Constitución” a los pocos días ponía marcha atrás señalando que “no están las condiciones para llevar adelante el plebiscito (de abril) a la vez que su colega Luz Ebensperger desenfadadamente pedía que “se suspendiera” pues no estaban dadas las condiciones de seguridad indispensables. Preguntas: ¿Y de quien es la responsabilidad de garantizar el orden público? ¿Acaso no es la UDI la que está gobernando?

La historia demuestra que las colectividades de Derecha siempre han sido reacias a cualquier cambio sustantivo que pudiese eventualmente alterar la situación de poder dominante de los sectores económico-sociales que representa. Persistentemente rechazó el cambio del sistema electoral binominal (que le permitía lograr que un tercio del electorado alcanzara la misma representación que los dos tercios en contrario); se opuso al cambio en la dependencia institucional de las fuerzas armadas y de orden; y ahora, tras sacar las cuentas, ha señalado que no aceptará el retorno al régimen de sufragio obligatorio.

En suma, es la expresión latinoamericana del gatopardismo: aceptar ciertos cambios aparentes para lograr que todo siga igual.

El riesgo está en que su cerrazón al futuro le estalle en la cara.

Y, es necesario decirlo, el daño al país será enorme precisamente por esta incapacidad de adelantarse a la historia.

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