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DE POPULISTAS

Andrés Cruz Carrasco

Abogado Doctor en Derecho (Universidad de Salamanca) Magister en Filosofía moral Magister en Ciencias Políticas, Seguridad y defensa

Ahora todos quienes propugnan políticas públicas innovadoras que satisfacen las demandas ciudadanas son considerados “populistas”. Toda medida tomada a regañadientes de un puñado de “expertos” bien posicionados o contra su “absoluta sabiduría” se tacha de manera peyorativa como “populismo”. Para el profesor Jan-Werner Müller, un populista debe levantar un discurso contra las elites, pero además debe ser profundamente antipluralista. Aunque puedan ocultarse tras una fachada ideológica democrática, se consideraran como los únicos legítimos representantes del pueblo, entendiéndolo de manera simbólica, con una marcada impronta moral.

Es decir, aunque hablen del individuo común y corriente, del ciudadano de la calle como sus referentes, niegan toda posible diversidad. “Cuando están en campaña, los populistas retratan a sus rivales políticos como parte de la élite corrupta e inmoral; cuando gobiernan, se niegan a reconocer la legitimidad de cualquier oposición.” El pueblo es siempre recto y moralmente puro, es uno sólo y si hay quienes postulan convicciones diferentes a las suyas, se les tiene como inmorales y ajenos a lo que se considera “pueblo”, aún cuando no exista tal pueblo homogéneo que sea único.

Lo real es la diversidad. Pero el populismo genuino no surge de manera espontánea ni por maldad, es una consecuencia de procesos sociales en los que, por defecto, quienes detentan el poder político se alejan de la ciudadanía. Se cierran en sus privilegios y no atienden a la voluntad colectiva considerada en el contexto pluralista. Para el populista existe un solo bien común que debe ser discernido por el pueblo, puro y único, que es de carácter inequívoco, pero cuya especificación es determinada por el populista que representa y debe ser la única voz del colectivo. Para el populista el “pueblo” puede que no sepa bien lo que le conviene. “Para los populistas no hay ningún problema con la representación, siempre y cuando los representantes correctos representen al pueblo correcto para hacer un juicio correcto y, en consecuencia, hagan lo correcto”.

El pueblo puede llegar a no tener claro lo que quiere y es el populista el llamado a dilucidarlo. La paradoja puede llegar a tal punto que, aún cuando su discurso sea contra las elites, ellos forman parte de la misma, son un producto de los privilegios que combaten y han estado siempre emparentados con el poder. Pueden incluso considerarse una reserva moral y la “voz del pueblo”, excluyendo o menospreciando a quienes puedan tener un origen distinto del suyo. Sus consignas no pueden ser desmentidas y son las instituciones las que conspiran deliberadamente contra los intereses del “pueblo”. El error no existe, todo es adrede.

El populista pone en riesgo la democracia aunque hace “gárgaras” con ella, con discursos pomposos, prejuiciosos y excluyentes, juzgando y asumiéndose como la única posible salvación. 

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