«La ética, la moral, las personas, la solidaridad, la justicia social y el medio ambiente, y una economía a escala humana, deben estar en primer lugar de los programas de quienes pretenden gobernarnos»

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Editorial. ¿Cuánto creerle a la prensa?

Equipo laventanaciudadana.cl

Periodismo ciudadano.

En las sociedades modernas, la relación entre las diversas personas, sociedades, culturas y países, está intermediada por los medios de comunicación social. Las enormes distancias y los largos tiempos se han diluido prácticamente haciendo que todo el planeta pueda estar al alcance inmediato de nuestros ojos y de nuestros oídos. Un terremoto en la China, un concierto en Italia, un evento deportivo en cualquier lugar del mundo, puede estar casi al mismo tiempo en que ocurren en nuestra pantalla televisiva,  en nuestro computador o en nuestro mteléfono.

Sin embargo, la enorme cantidad de información que recibimos hace que paradojalmente estemos cada día menos informados pues es tan abrumador el  volumen de noticias que nos llega, que somos incapaces de procesarlas, de someterlas a un análisis crítico, a un juicio de valor, de situarlas en una perspectiva que haga posible calibrar debidamente su importancia y su significación.

En el mundo moderno, la comunicación se ha dado sucesivamente a través de la prensa escrita, de la radio, de la televisión y finalmente de las redes sociales. Aunque las nuevas tecnologías se han beneficiado de la instantaneidad y han masificado las audiencias, la “prensa – papel” sigue jugando un rol esencial tanto porque sus contenidos permanecen como porque las opiniones que entrega están sujetas a una exigencia básica de madurez, fundamentación y racionalidad.

En la materia, nuestro país no está ajeno a esa realidad. Diversos estudios de opinión asignan a las radioemisoras los mayores niveles de credibilidad, en tanto que el juicio ciudadano al apreciar los diversos canales a través de los cuales la población se informa del diario acontecer, es bastante dubitativo con tendencia a la negatividad.

Los medios digitales más formales han sido capaces de ocupar ámbitos definidos teniendo en muchos casos la enorme virtud de entregar a su público informaciones que otros medios más tradicionales de hecho han pretendido ocultar.

El gran pecado de la “prensa – papel” chilena, radica en su alianza indesmentible con poderosos grupos de interés, hecho que la sitúa en una posición de servidumbre (voluntariamente aceptada, por lo demás) que la conduce a la torpe pretensión de querer lograr que sus lectores piensen y opinen como sus editores quieren, recurriendo con frecuencia a burdas maniobras de manipulación que muy pronto son perceptibles por parte de cualquier receptor avisado.

El pasado 11 de septiembre, llamó particularmente la atención de una buena cantidad de sus lectores, el hecho de que tanto los diarios “El Mercurio” como “La Tercera”, por extraña coincidencia, no entregaran en sus páginas información alguna sobre el golpe de Estado de 1973, evento que marcó a fuego la evolución política del país y que, por supuesto, ofrecía la oportunidad para generar una profunda reflexión particularmente por parte del diario que fue actor privilegiado de la acción militar. Pocos días más tarde, la prensa internacional nos sorprende dando a conocer que el gobierno de Australia mantuvo una estación de espionaje en Chile durante el periodo 1970-73, con 50 agentes, cuya función era la de colaborar con la CIA en la preparación del golpe. El problema está en que gran parte de los medios silencia estos hechos en la pueril creencia de que lo que se silencia y oculta no existe.

Es difícil en un breve espacio hacer un estudio a fondo de la realidad de este tipo de periodismo en el país.

Sin embargo, como punto de partida de cualquier trabajo al respecto, debe hacerse presente que un principio ético fundamental exige separar lo que es información propiamente tal de lo que es opinión y línea política. Un ejemplo lo han dado los grandes diarios de EE.UU. – Washington Post y New York Times – que a pesar de haberse definido editorialmente contra la reelección de Trump supieron mantener su calidad e independencia como informadores.

Otro punto fundamental radica en la necesidad imprescindible de hacer públicos sus conflictos de intereses. Esconder una verdad con el propósito deliberado de engañar al receptor de la información, constituye un proceder condenable. La “prensa – papel”, que ocupa páginas y páginas para difundir actividades de “economía y negocios”, silencia sistemáticamente la defensa de los consumidores que constituyen más del 90% de la población limitándose a publicar reclamos puntuales casi de carácter anecdótico.

De hecho, si queremos renovar y perfeccionar nuestra democracia, necesitamos un periodismo que muestre su capacidad de “entregar hechos” y, simultáneamente, de promover un debate abierto sobre los grandes temas que hoy preocupan a la ciudadanía.

Circunscribirse a la defensa incondicional de los intereses de las grandes empresas y de los grupos de poder privilegiados, puede constituir momentáneamente un buen negocio pero, sin duda, el tiempo les pasará le cuenta. 

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