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EDITORIAL: LA CULTURA DE LA INCULTURA.

Equipo La Ventana ciudadana

Periodismo ciudadano.

En   la existencia    contemporánea es posible constatar una realidad preocupante: la persistente desafección por la vida en común y el consiguiente desinterés por los valores que pudieran considerarse bienes públicos, en tanto que son reconocidos y respetados por todos pues se estima  que están al servicio de todos.

La política, apreciada como preocupación por la res pública, paulatinamente ha ido siendo desplazada de su rol predominante,  y su espacio ha sido ocupado por la economía. El liberalismo político que, sin lugar a dudas constituyó un avance civilizatorio indiscutible en cuanto logró asentar la soberanía popular y el respeto a los derechos de las personas,  perdió asimismo su preeminencia cultural  ya que las libertades proclamadas por su arista cultural se fueron colando paulatinamente por todos los intersticios de la sociedad. El neoliberalismo, una especie voraz  de estalinismo económico,  rompió el ámbito de la actividad productiva  y financiera y se sintió con el derecho a impregnar la política, la educación, la salud, las organizaciones sociales, el arte  y hasta la religión. Todo.

Lo que hasta no muchas décadas atrás constituían elementos  reconocidos como factores positivos en una comunidad que era necesario promover y estimular,  pasaron a constituir actitudes personales ridículas, ingenuas, propias de sujetos incapaces de ajustarse a los nuevos tiempos. Las lealtades personales, la honestidad, la solidaridad, el sentido de la justicia y del respeto por los derechos de los demás, fueron arrasados por la voluntad imperativa del Dios de los nuevos tiempos: el Mercado.

Más allá de las evidencias obvias que se encuentran en áreas tales como la salud y la educación, derechos personales que se mercantilizaron al extremo de que solo podrían acceder a ellos quienes estuviesen en condiciones de pagarlos, se generó una cultura del individualismo y del egoísmo que se hizo carne incluso dentro de los sectores sociales más postergados y vulnerables.

Cuando los predicadores de la sociedad de consumo alientan la riqueza, la soberbia, el derecho al distrito del lujo, la ostentación, la prepotencia, como muestras palmarias del individuo exitoso; cuando se legitiman socialmente conductas ilegítimas bajo el primer mandamiento que proclama que “los negocios son los negocios”; cuando se estima normal segregar las ciudades y los templos con barrios y sectores para pobres y otros separados para la “gente bien”; en fin, cuando se quiebra el principio primero que implica ver a “los otros” como semejantes, se está incubando la fractura de la comunidad y se está engendrando un clima de animadversión que costará generaciones poder superar.

Si cada uno de nosotros se detuviera un instante para reflexionar sobre lo que se observa y se vive cotidianamente, se daría cuenta de la gravedad del problema. Cuando se ve que el dueño o la conductora de un “vehículo de marca” se siente con el derecho de conducir hablando por celular o de pasar con luz roja o de estacionarse en espacios reservados para personas con capacidad limitada, es lógico que se concluya que cada uno en su ámbito puede violar la ley. En el otro extremo, cuando se ve que importantes planteles de educación superior, con recursos directos o indirectos del Estado, forman médicos y profesionales de la salud orientados a la alta tecnología para atender a sectores privilegiados y no muestran preocupación alguna para inducir a sus educandos hacia la atención primaria y la salud pública en general, lisa y llanamente se están creando las condiciones para una vivencia violenta y agresiva.

La cultura, en líneas generales, es la expresión de la forma en que nos relacionamos con los demás, con nuestros prójimos, con el migrante, con el medio en que se vive. Si esa forma de relación está marcada por el irrespeto y la intolerancia hacia quienes piensan, viven y se desenvuelven conforme a patrones de conducta que despreciamos simplemente porque no corresponden a los nuestros, recibiremos en respuesta el insulto, la violencia, la agresión.

¿Será posible revertir una realidad que se está haciendo bastante insoportable y que muchos creen que debe enfrentarse encerrándose en guetos de privilegios, con cercados eléctricos, drones, perros y guardias al por mayor?

Es un asunto que no está en la hoja de ruta y en la agenda de nadie. Ni los políticos, ni los medios de comunicación (que tienen el deber moral de ejercer funciones de pedagogía social), ni curas (salvo contadas excepciones) ni pastores ni dirigentes sociales de todo tipo, han mostrado interés manifiesto por estos temas y por el tipo de sociedad que estamos construyendo y que legaremos a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos en sucesión inacabable.

 

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1 Comentario en EDITORIAL: LA CULTURA DE LA INCULTURA.

  1. Muy certero diagnóstico de la realidad social y económica de nuestro país provocada por este modelo de desarrollo absolutamente agotado que no hemos sido capaces de cambiar. Muchas son las situaciones que confirman lo comentado: sufrimos a diario los efectos de la mala educación y el pésimo comportamiento cívico de una gran mayoría de ciudadanos (que no merecen ese nombre). Los peatones cruzan las calles por donde les da la gana, y poco respetan a los automovilistas; estos son agresivos con los demás, conduciendo “al ataque” y con soberbia: “abran paso que acá vengo yo y la calle es mía”, sin respetar pedidos de cambios de vía ni las velocidades máximas en carreteras y puentes. En la vía pública, los más respetuosos son los ciclistas. Un reconocimiento sincero por ellos. A los peatones, automovilistas y “micreros” les podemos poner, a lo más “un tres”, con mucha benevolencia.

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