La ciudadanía no puede permitir que lleguen al gobierno, los que se coluden contra sus intereses.
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Editorial: Las cartas… ¿Qué nos depara el futuro?

De acuerdo a los términos establecidos por la ley, ayer concluyó una de las etapas consideradas para la selección de los candidatos que competirán en la próxima elección presidencial. Dos coaliciones – Chile Vamos y Frente Amplio – pusieron a disposición del electorado  sus mejores nombres con el fin de que sean los ciudadanos quienes definan a los representantes de ambos sectores que estarán finalmente en la papeleta de noviembre. Por el otro lado, está claro que, salvo imprevistos, llegarán los senadores Guillier y Goic y una larga lista adicional de postulantes.

Las primarias, sin duda, han dejado, en la población interesada en la cosa política,  un sabor bastante amargo. Pese a que algunos de los postulantes llevaban largo tiempo en indisimulada campaña, al llegar a la recta final y verse en la necesidad de confrontarse con adversarios de su propia coalición, ofrecieron al país un triste espectáculo.

El único debate televisivo que reunió a los tres postulantes de la autodenominada “centro-derecha” fue un fiasco a tal extremo que, los mismos participantes y los principales dirigentes de sus partidos, se vieron en la necesidad de pedir disculpas públicas al día siguiente. El propio diario El Mercurio, cuya simpatía política para nadie es desconocida, llegó al extremo de calificar editorialmente  el debate como “un lamentable espectáculo” que “solo dio motivos para la decepción y el distanciamiento”, agregando que “fueron escasísimas las menciones de propuestas” y “casi nulo el tiempo destinado a explicarlas” dentro de un marco de “lamentable intercambio de descalificaciones y rencores personales”. Si lo que se pretendía era mostrarle al país su oferta de gobernabilidad, se hizo patente todo lo contrario. Si lo que se pretendía era descalificar al contrincante, ello se logró exitosamente: no se superaron ni los requerimientos ciudadanos en cuanto a la aptitud de uno y otro para ejercer el cargo más importante de la conducción de la nación ni tampoco se logró aclarar la serie de profundos cuestionamientos éticos y legales que afectan a otro de los postulantes.

Por otra parte, los precandidatos del Frente Amplio han ido mostrando con el transcurso de los días una interesante capacidad para interpretar el malestar generalizado ante una sociedad que avanza peligrosamente hacia la consolidación de una estratificación en verdadera castas socioeconómicas pero han sido terriblemente débiles en sus propuestas. Carentes de equipos calificados, sus respuestas hasta ahora deambulan entre las promesas de obras públicas faraónicas cuyo costo y financiamiento a todas luces ignoran, y las vaguedades insustanciales en campos importantes de la vida de las personas como el del sistema de pensiones.  Llama la atención su tipo de liderazgo mesiánico  que en buenas cuentas implica un cierto autoritarismo político-cultural ya que supone el derecho de algunos iluminados a idear soluciones  sin tener en consideración lo que piensa y quiere la persona común y corriente.

Será materia de otro análisis, una vez que se decanten sus ideas y se sepa que nos ofrecen, el juicio y evaluación de   los eventuales otros nombres.

Chile, a partir del término de la dictadura militar-gremialista y de la recuperación de la democracia, ha vivido un constante proceso de desafección hacia la política. No bastan los reiterados casos de corrupción para explicar este fenómeno. Lo que se constata en la vida diaria es la negativa valoración de elites dirigentes que son vistas como una clase preocupada de la mantención de sus privilegios y de sus cuotas de poder y cada vez más distante de los problemas y requerimientos reales del día a día.

La alta abstención observada en los anteriores comicios no hace más que graficar esta desafección. Sin duda, los gobernantes a niveles local, regional y nacional pierden su legitimidad si quienes los han elegido no constituyen sino una ínfima minoría.  Las elecciones primarias no han aportado un ápice a elevar la participación. Al contrario, hasta ahora solo se ha trabajado para impedir una  re-dignificación de la política. Y ello, lamentablemente, trae consecuencias, más duras que lo que podemos imaginar.

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