El desarrollo de la nación debe estar presidido por el respeto al Medio Ambiente.
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Editorial: Primero de Mayo, otra vez.

La denominada “revolución industrial”, sin duda uno de los hechos más relevantes de la evolución de la actividad económica de la humanidad, significó transitar  desde los oficios artesanales hacia una nueva realidad. Dos elementos configuraban el artesanado: el uso de herramientas movidas fundamentalmente por la energía humana y el hecho de que implicaba una habilidad completa,  ya que la persona, individual o grupalmente, se reconocía como autor de una obra  que reafirmada su identidad y fortalecía su realización personal. El industrialismo, por su lado,  significó utilizar energía exterior, mecanizar las actividades productivas con un incremento espectacular de la productividad en un proceso en el cual el sujeto interviene en una fase específica de la producción sin que muchas veces  llegue a conocer el fruto  final de su trabajo.

Los nuevos instrumentos productivos requieren gran acopio de recursos los   que, obviamente, no están al alcance de los trabajadores generándose así una nueva realidad social en la que los emergentes dueños del capital compran trabajo humano  que remuneran mediante un salario. A partir de entonces,  éstos concentrarán sus esfuerzos en la reducción de sus costos y para lograrlo recurrirán a las extenuantes jornadas laborales y a la explotación de mujeres y niños. La dramática realidad que nos muestran viejos textos con ilustraciones de las actividades minera y textil en Inglaterra y Alemania en el siglo XIX, también se vive aquí en las salitreras del norte de Chile y en las minas del carbón  de Lota,  pero se oculta en los textos clásicos de Historia. Sólo la creciente organización de los trabajadores en Europa y los Estados Unidos, podrá frenar en parte los abusos. En nuestro país, la matanza obrera de Santa María de Iquique quedará como testimonio de una vasta represión en que los Gobiernos se ponen al servicio de los dueños del capital.

Hoy  se conmemora el Día del Trabajo en muchos países del mundo. Su historia está ligada al surgimiento de la Federación Americana del Trabajo (AFL, por su sigla en inglés) organización gremial estadounidense que, en su Cuarto Congreso de 1884, acordó convocar a una Huelga General para el 1 de mayo de 1886.

Los trabajadores, bajo el eslogan “8 horas de trabajo, 8 horas de sueño, 8 horas para la casa”,  combatían por un domingo libre, salarios justos y no de hambre, y reducción de jornadas laborales que en muchos lugares se extendían hasta por 16 horas. En los primeros meses de 1886, el presidente Andrew Johnson había promulgado la llamada “Ley Ingersoll” que limitaba la jornada,  pero los empleadores se negaron a acatarla. La huelga anunciada se inició en Chicago, se extendió a Milwaukee, Filadelfia, Louisville, St. Louis, Baltimore,  involucrando en horas a 4.000 empresas y a más de 400.000 trabajadores. En el enfrentamiento con la policía en la plaza Haymarket, una bomba causó la muerte de un funcionario y generó una dura respuesta represiva con numerosas víctimas. Treinta y un manifestantes fueron detenidos y ocho de ellos fueron sometidos a juicio y condenados: uno, a 15 años de trabajo forzados; dos a cadena perpetua; cinco a pena de muerte en  la horca. Históricamente se comprobó que el proceso careció de toda imparcialidad y garantía,   hasta el extremo que uno de los ejecutados ni siquiera había estado en el lugar de los hechos y se había entregado para solidarizar  con sus compañeros.

En 1889, en el Congreso de París de la Segunda Internacional Socialista, se acordó conmemorar cada 1 de Mayo el Día Internacional del Trabajo. En 1935, bajo el mandato del presidente Franklin Delano Roosevelt se estableció definitivamente la jornada de ocho horas en el país del Norte.

Hasta ahí, un poco de historia que siempre es bueno traer a la memoria.

En verdad, el esquema básico sobre el cual se desarrolla el capitalismo contemporáneo no ha variado. La naturaleza de la relación entre los dueños del capital y los trabajadores, sigue siendo la misma. El gran empresariado continúa manteniendo un temor enfermizo a la organización de obreros y empleados, sigue percibiéndolos como individuos ajenos a la empresa, se siente con el derecho a disponer arbitrariamente de sus puestos de trabajo y sólo las disposiciones legales frenan este criterio de absolutismo patronal.

Existe una clara incomprensión de la naturaleza del trabajo humano, el que solo es visto como una vía de acceso a una remuneración cuyo monto es simplemente determinado por las “leyes del mercado”. Se quiere olvidar deliberadamente que el trabajo de las personas constituye ante todo una fuente de realización  a través de la cual hombres y mujeres adquieren una dignificación como personas y, asimismo, se omite considerarlo como un factor de integración social que les reconoce sus valores y su derecho a ocupar un sitio en la sociedad.

El 1 de Mayo debiera ser la oportunidad para que, como sociedad, hiciéramos una reflexión colectiva que nos permita calibrar nuestros problemas; denunciar abusos, arbitrariedades y discriminaciones; avanzar hacia crecientes niveles de justicia, equidad y respeto. Para  ello, se necesitan leyes pero, sobre todo, convicciones culturales que cambien nuestra manera de pensar y de vivir.

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