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EDITORIAL: ¿QUIÉNES SOMOS, REALMENTE?

Equipo La Ventana ciudadana

Periodismo ciudadano.

Algunos medios de comunicación ( no todos, por supuesto ) han empezado a mencionar tímidamente el hecho de que el 18 de agosto es el “Día de la Solidaridad”, establecido en 1994 por acuerdo del Congreso Nacional en homenaje al sacerdote Alberto Hurtado. En círculos más bien ligados a entidades de carácter religioso, se han programado diversas actividades para esta época en pro de los sectores más vulnerables de la sociedad destacándose, entonces, el mes de Agosto como el “Mes de la Solidaridad”. En el terreno internacional, la Organización de las Naciones Unidas fijó el día 31 como el “Día Mundial de la Solidaridad”.

Fechas, banderas, caminatas, romerías, acciones solidarias múltiples, destacan en el calendario y nos llevan, sin duda, a una pregunta elemental: ¿Somos una nación solidaria?

La respuesta es algo compleja.

Se podría partir por afirmar que en el país hay muchas personas solidarias. Las vemos a diario en el amplio campo del voluntariado, vía a través de la cual una enorme cantidad de personas y especialmente de jóvenes, vuelcan su capacidad de querer ayudar a la gente que está en problemas. Se podría destacar, también, a miles de personas que consagran sus horas libres para acompañar a niños y adultos que permanecen en hospitales y otras tantas que visitan periódicamente a quienes están privados de libertad. Podría apuntarse a la mujer pobladora que comparte su pobreza con el vecino enfermo que yace postrado o a aquella familia que acoge a un inmigrante que llegó a Chile cargado solo con su dolor y su esperanza.

Pero, también hay un mundo, bastante más visibilizado por los medios de comunicación, en el que campean la prepotencia y el orgullo. Un estrato social y de clase al que no le preocupan los problemas de los demás. Se trata de un universo encerrado en sí mismo que se niega a vincularse con todo aquél a quien no considera de su categoría, que se encierra en condominios fortificados, que impide que sus hijos compartan espacios públicos con niños diferentes, que va misa a los templos a que acude gente de su nivel, que pasea dominicalmente “por el distrito del lujo”, que no respeta ni límites de velocidad, ni luces rojas ni espacios para discapacitados.

Esta categorización no solo la define el dinero sino que constituye la respuesta que emana de la cultura del individualismo, de esa cultura que pone a la riqueza, al egoísmo, al insaciable afán de lucro, como las dimensiones supremas del desarrollo humano.

Chile (y es doloroso repetirlo, pero hay que hacerlo) es una sociedad fragmentada. En este territorio, el “bien común” hace ya mucho tiempo que dejó de ser la expresión de un valor social para constituirse en una simple frase retórica intrascendente. Cada sector de la sociedad se la juega cerradamente por la defensa de sus particulares intereses al extremo que no concibe que haya requerimientos más urgentes y angustiantes que los propios.

Si las cosas son miradas simplemente a través del prisma de la razón, necesariamente debemos preguntarnos: ¿Qué país estamos construyendo? ¿Qué país queremos dejar por herencia a nuestros hijos, a nuestros nietos? La mirada miope, egoísta, de corto plazo, carente de todo horizonte y de toda perspectiva, solo es capaz de ver la utilidad inmediata y de pensar que con plata podemos pagar muros, cercos eléctricos, drones, empresas de seguridad, más policías, más cárceles, todo ello amparado en la falacia increíble de que “los que somos buenos” tenemos que protegernos de “los malos”.

Nuestros líderes de opinión (políticos, sociales, culturales, religiosos), nuestros medios de comunicación social, los columnistas cotidianos plagados de saberes dogmáticos y librescos, están muy lejos siquiera de inquietarse por este tipo de problemas. Encerrados en su pedantesca soberbia, se limitan a defender un statu quo y una realidad actual que les favorece, sin comprender que una verdadera comunidad de seres humanos solo puede construirse sobre la base del respeto mutuo, de la justicia, de la relación solidaria.

Bueno sería que estas jornadas ocasionales indujeran un proceso de reflexión que nos llevara a pensar y a actuar mirando y considerando la situación de los demás. De lo contrario, dejaríamos que los cimientos de nuestra vida en sociedad se vayan corroyendo carcomidos por antivalores que no hemos sido capaces de enfrentar.

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