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Editorial: Un año más… ¿Qué más da?

Hoy, 13 de febrero, se conmemora un nuevo aniversario de la primera edición de La Aurora de Chile, expresión de la prensa impresa que marcó un hito importante para la nueva nación que, a la fecha, vivía angustiosas vicisitudes de parto.

A partir de ese lejano 1812, mucha agua ha corrido bajo los puentes.

El desarrollo del periodismo como actividad u oficio, primeramente,  y como profesión universitaria en la segunda mitad del siglo XX, no ha sido fácil. El simple hecho de constatar que en el derecho de información concurren tres actores  – empresa informativa, informador y público –  cuyos intereses son en muchos casos  contrapuestos, abre un panorama complejo.

La prensa escrita que, en sus orígenes, debió enfrentar la acometida controladora y censuradora de los poderes políticos, paulatinamente se consolidó en torno a oligarquías económicas cuyos intereses eran coincidentes con los de quienes ejercían la autoridad o se cobijaban bajo su alero.

La lucha contemporánea por la “libertad de expresión” se transformó, así, en una lucha por la “libertad de empresa” de tal forma que sus críticas a los afanes reguladores de determinados regímenes (Castro, Maduro, Correa, Kirschner) han apuntado  más a la naturaleza y orientación  de éstos que al derecho ciudadano a estar libre, completa y objetivamente informado.

Palmariamente queda esto demostrado al  constatar la actitud complaciente que los medios tradicionales han tenido hacia las dictaduras de derecha y el respetuoso silencio que se guarda, hoy, frente a los duros ataques de Trump a los medios que rechazan sus objetivos y procedimientos. Lo que algunos ingenuamente pudieran considerar una postura dubitativa, no es sino la secuencia lógica de un pasado en que, otrora, no hubo vergüenza alguna en compartir los ideales del nazismo y del fascismo.

Como los tiempos cambian, ahora el poder de la prensa formal tradicional se ve amenazado por la irrupción de las nuevas tecnologías que han hecho posible que surjan innumerables medios alternativos que permiten entregar al público lo que otros callan, que hacen posible expresar sin limitaciones el juicio de valor que nos merecen los comprometidos puntos de vista de los detentadores del poder.

De esta forma, los difícilmente detectables cercos que aherrojan el derecho democrático a recibir información, se han ido diluyendo y la libertad de expresión dejó de ser una facultad  formal para transformarse en un hecho bastante incontrolable.

Esta libertad, sin embargo, trae aparejado el deber de la responsabilidad. La libertad, como acota Luka Brajnovic, no es algo que nos permita absolutamente todo, sin límites, sino un campo amplio en que nos podemos desenvolver sujetos a nuestro propio control moral sobre nuestros actos, lo que implica estar objetivamente comprometidos al servicio de la verdad, tener un discernimiento que nos lleve a prever los efectos que derivan de lo que informamos y de cómo informamos,    y tener el coraje de defender o corregir, según sea el caso, lo que hemos expresado.

El periodismo ideológico busca llevar a nuestro público a que piense igual que nosotros. El periodismo democrático, al contrario, busca poner a su disposición los elementos que le permitan pensar por sí mismo. Para unos, el receptor es un objeto. Para otros, el receptor es un sujeto al que le entregamos las herramientas para que haga uso de su libertad.

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1 Comentario en Editorial: Un año más… ¿Qué más da?

  1. Respetado Editor:
    Mis sinceros agradecimientos, no solamente por darnos a conocer su opinión sobre la libertad de expresión periodística, la que generalmente está controlada por corporaciones, o por gobernantes que no aceptan crítica alguna. Sino, tambien por presentarnos esa reliquia periodística de hace 205 años atrás, como lo es La Aurora de Chile. La Ventana Ciudadana merece un reconocimiento especial, por entregarnos tan importante documento periodístico, que le dió nacimiento a lo que hoy informa a la ciudadanía.

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