«La concentración de riquezas, el poder del dinero, por sobre todo, el dinero fácil, en su accionar destruye la historia, la educación, cultura , los valores de una sociedad que desee permanecer limpia y sana.»

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EDITORIAL. Vamos por las presidenciales.

Equipo laventanaciudadana.cl

Periodismo ciudadano.

Durante muchas décadas. tres países de la América Latina – Uruguay, Costa Rica y Chile} – se distinguieron por su elevado nivel de formación cívica y por la capacidad de sus capas dirigentes para articularse adecuadamente en la búsqueda de soluciones en función del bien común general.

Al día de hoy, Chile, que es el caso que tiene para nosotros un interés particular, ha dejado ese lugar de preeminencia y se ha sumergido en un clima de mediocridad que llama la atención de estudiosos y analistas que no logran entender cómo una nación señera pudo decaer hasta tal nivel en un corto lapso de tiempo.

Es evidente que nuestra historia la hemos ido escribiendo nosotros mismos y, por tanto, es necesario que asumamos nuestras responsabilidades. El experimento de la Unidad Popular no fracasó por la mera irrupción golpista de las Fuerzas Armadas y por el complot de los poderes fácticos económicos y comunicacionales sino por su incapacidad de entender que eran un gobierno de minoría que, además, torpemente, pretendió transformarse en un actor de la guerra fría.

Los diecisiete años de dictadura que constituyeron su secuela, marcaron nuestro devenir inmediato, no solo en lo económico y político sino, lo que es más trascendente, en lo social, moral y cultural. Como país dejamos de ser una comunidad que, con todos sus problemas, era capaz de hacerse cargo de un pasado lleno de encuentros y desencuentros pero que también luchaba por construir un futuro para todos sus habitantes, más justo y fraterno.  

La crisis por la que atraviesa el país ha sido atribuida a la existencia de toda una generación que se crio a espaldas de la realidad, que no recibió formación cívica alguna, que careció de organizaciones sociales de participación, que fue formada bajo los criterios de la obediencia sumisa y del temor, que fue segregada mediante políticas públicas de exclusión y de marginación. Eso, qué duda cabe, es cierto, pero constituiría un juicio liviano si no se tiene el coraje de asumir que ha corrido harta agua bajo los puentes como para no darse cuenta de que los nuevos estamentos de remplazo, que han debido asumir responsabilidades públicas, no han estado a la altura de las circunstancias.

La degradación de la política es notoria.

Con todos sus problemas, la Concertación de Partidos por la Democracia, que logró reunir a figuras y liderazgos gestados en los tiempos que precedieron a la dictadura, pudo dar gobernabilidad al país. Sin embargo, más allá de toda justificación que pudiera esgrimirse, es fácilmente constatable que tanto en esa coalición como en alianzas opositoras, se bloqueó el acceso de generaciones de relevo serias y debidamente formadas.

La ciudadanía ve con molestia como las capas dirigentes actúan con frivolidad, ofreciendo un penoso espectáculo en que predominan las injurias, las cuñas comunicacionales prefabricadas, las guerrillas sin sentido, generando un amargo clima de desencuentros y descuidando su principal deber: construir soluciones viables que den respuesta a las demandas dramáticamente urgentes de la población.

El reciente plebiscito del 17 de diciembre, con su categórica condena al extremismo de derecha (como antes al extremismo refundacional de ultraizquierda), pudo ser la oportunidad propicia para reconocer errores y asumir el fracaso. Sin embargo, se optó por eludir responsabilidades y por pretender cambiar el foco de atención de la ciudadanía. El líder republicano, junto con proclamar su disponibilidad a ser por tercera vez candidato a la Presidencia de la República, hizo manifiesta su decisión de no participar en elecciones primarias del sector, todo al tiempo que la derecha tradicional anunciaba el nombre de su propia candidata.

¿Es esto lo que Chile pide y necesita?

A todas luces no.

Es incomprensible que pretenda embarcarse al país en una prematura y larga carrera presidencial sin mostrar la voluntad efectiva de abordar ahora, ya, los desafíos impostergables.

La política no es un juego al servicio de apetitos personales sino un compromiso de servicio a la comunidad.

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