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EL TREN DEL RAMAL COSTERO Y LA LUZ AZUL

A propósito de la puesta en el tapete del Biotren en esta semana recién pasada, con  varios anuncios de las autoridades regionales incluso mas allá de lo pensado (parece que el tren recomienza a tener el gran interés de los ciudadanos siendo esta vez el tren urbano como medio de transporte anhelado) me recordé de un nostálgico articulo que me publicara El Sur por allá por los 70.  Hoy me doy el gusto de reponerlo, a mi vez, en este tapete-ventanal ciudadano (para relajarnos,  y añorar las estudiantiles vacaciones de invierno y…al tren).

A raíz de ciertas polémicas públicas alguien dijo que yo parecía ser un enemigo de los ferrocarriles. ¡Nada que ver! La verdad es que es todo lo contrario, tengo las más amplias simpatías por el ferrocarril y, más precisamente, por los trenes; aún más preciso: no hay nada que yo recuerde con más nostalgia que el viejo tren del ramal costero Chillán-Concepción, desde los tiempos con locomotoras a vapor hasta su fase mortal con locomotoras a petróleo.

El primer viaje en tren que puedo recordar, que quizás en realidad fue el primero de mi vida, lo hice cuando mi padre me llevó desde nuestro pueblo a la gran ciudad penquista. Nos fuimos en ese para mí mítico tren de grandes vagones, en un carro de lacadas maderas, con aquellos asientos de altos y negros respaldos de cuero, con cromados impecables (mucho después, cuando más grande, vi que esos carros eran alemanes y funcionaban sin problemas desde el siglo IXX)

Pero lo que se grabó en mi mente fue el viaje de retorno, que fue de noche. Particularmente interesante me resultó un farol que iba en el último carro del tren, o sea en la cola, en un costado. Probablemente vista de atrás era una luz roja, pero para el lado delantero era una luz azul violáceo, de penetrante y radiante halo que me resultaba hipnotizante. Yo la miraba cuando las curvas permitían ver la cola del convoy, que avanzaba raudo rompiendo la noche. Esa luz azul, que como una luciérnaga mecánica, parecía seguir al tren y me tenía cogido en una extraña fascinación, como que se quedó nítidamente grabada en mi cerebro.

En las estaciones, cuando mi padre me permitía subir la ventanilla, me quedaba embobado mirando esa luz penetrante, misteriosa, embrujadora y etérea a la vez que marcaba el final del tren.

La oscuridad, las luces de las ciudades y pueblos, la fosforescencia nocturna del mar en el trayecto fantástico desde Playa Negra en Penco hasta Tomé, el vapor del tren, el carboncillo, el olor metálico del vagón, todo aquello me resultó una experiencia imborrable y cuando en una estación, a la orilla del mar, vi una luz intermitente o giratoria de un faro en esa enorme aunque lejana isla, todo el misterio de las aventuras imaginadas parecía ser real, y nosotros estábamos inmersos allí  ¡montados en esa máquina fascinante que era el tren!

Por mucho tiempo, mi recuerdo del viaje en ese tren me persiguió, y en mi memoria el movimiento del tren era hacia delante y hacia atrás. Es decir, un avance y un retroceso, aunque sin duda, más avances en cortos períodos, como quien dice un adelanto de 3 metros y un retroceso de 1 metro y medio. Eso fue para mí la forma natural del “andar” del tren en mi infancia, no me explico mucho porqué.

Después, cuando mis viajes a la capital penquista fueron más seguidos, yo sabía ya apreciar cada segundo de esos viajes, disfrutando el tren y el paisaje, de los usuarios del tren, de las estaciones y, por supuesto, de las tortillas de Menque recién sacadas del rescoldo y con un insuperable ají rojo.

Cuando llegó la edad del estudiar afuera, comenzó una larga serie de encuentros con trenes, desde el familiar ramal a los trenes grandes y veloces de la línea central; mi destino era Santiago, a partir de Coelemu y teniendo a Chillán como estación de intercambio. Y viceversa en las vacaciones de invierno y de septiembre. Tres largos viajes al año, cuando no pasaba nada extraño, como fueron las muertes de los abuelos, que sí lamentablemente ocurrieron y significaron un viaje extraordinario.

Inolvidables los viajes en grandes grupos juveniles cuando nos íbamos al sur, y más solitarios cuando nos volvíamos a Santiago. Los trenes, con los años, eran algo casi nuestro, algo familiar y cosa añorada cuando estábamos en el internado capitalino (por supuesto, el Barros Arana, el mítico colegio para internos  de provincia, y de la capital también) ya que eran el vehículo del regreso a la querida casa paterna.

Según las estaciones era el olor del tren, y del país, obviamente. En  diciembre, cuando nos íbamos a casa de vacaciones, el  tren olía a cerezas y a polvo de trigo, siempre a metal. En el invierno, el tren olía a lana, a ropa mojada y a termos con café, también con “malicia”, y el ramal olía a camarones y a potreros mojados.  En septiembre, el tren central olía a viento sur y a papel de volantín; también a naranjas, siempre a polvo de metales. Nuestro ramal olía al río Itata y a nubes blancas, también a perdices escabechadas que el conductor o “capitán” del tren, se “apanuncaba” en su recámara, con un buen vaso del tinto de la zona.

¿Quién puede decir que yo no quiero al ferrocarril, si en verdad disfruté tanto en esos trenes? Claro que los trenes del pasado no son como los de ahora, ni la  empresa actual es como la de antes. Muchas cosas y años han pasado sobre los rieles y estos ya no son los mismos. Pero en los recónditos rincones de mi mente está intacto ese mítico primer viaje en el tren del sin igual ramal costero, el “Tren 46: Chillán-Concepción, vía Tomé”. Nosotros, por cierto, tampoco somos ya los mismos.

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5 Comentarios en EL TREN DEL RAMAL COSTERO Y LA LUZ AZUL

  1. Como bien dice Lucía, el relato trae muchos recuerdos. Uno es el del nocturno a Santiago, que permitía, después de un día de trabajo normal, viajar a Santiago aprovechando la noche saliendo de Concepcion a las 22:00 y llegando a la capital a las 8:00. Los magníficos carros se habían fabricado en Alemania, en Braunau, año 1926, según rezaba su placa de fundición de bronce. Disfruté con la lectura.

  2. Bonito relato.
    Mantengo poderosos recuerdos de mis viajes veraniegos desde Coronel hasta las playas de Laraquete.
    Plagado de curvas, tuneles, cerros verdes por un lado y el azul tremendo del océano por el otro lado., el crujir del tren y el sonido característico de su rodadura sobre esos rieles eternos plantados en su camino.
    Gracias por compartir.

  3. Guau, es un bonito relato, me trae muchos recuerdos.
    Este es un gran artículo, de película.

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