Imperativo ético: la ciudadanía y los demócratas consecuentes, deben impedir la presencia de fuerzas Neo Fascistas en Chile.
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Entre palabras y realidades

Equipo La Ventana ciudadana

Periodismo ciudadano.

El contundente triunfo de Jair Bolsonaro en las elecciones presidenciales brasileñas causó hondó impacto en casi todos los países del subcontinente. Sus reiteradas declaraciones de campaña que mezclaron  fuertes elementos de nacionalismo, racismo, misoginia y  homofobia, en un marco construido en torno a amenazas de represión militarista y de elevados niveles de fanatismo e intolerancia religiosa, no dejaron impávidas a ninguna de las naciones del barrio.

En Chile, algunos  sectores políticos que pueden encuadrarse como de “derecha” optaron por hacer caso omiso de sus preocupantes y amenazadoras   palabras y valoraron todo cuanto anunciaba avanzar hacia un neoliberalismo privatizador, en tanto que otros grupos mostraron su clara adhesión  y coincidencia moral e ideológica con un proyecto  que múltiples analistas y académicos de prestigiosas universidades de Occidente, han definido como de nacionalismo-populista.

En la otra vereda, el variopinto mundo que se autodefine como “progresista” (luego   de sus cartas de solidaridad y apoyo al encarcelado ex presidente Inacio Lula da Silva que pretendían contribuir a hacer posible  su candidatura), mostró un desconcierto  expresado en duros términos de condena a un gobierno que categóricamente consideran como aledaño a un totalitarismo de corte fascista.

Una mirada panorámica permite concluir que, sin lugar a dudas, en los últimos años en la América Latina  ha habido una clara regresión desde proyectos que buscaban alcanzar  en sus respectivas sociedades mayores niveles de libertad y de equidad hacia alternativas caracterizadas por el individualismo, el consumo y la carencia de todo sentido de solidaridad.

Si las cosas se miran desde la perspectiva del tiempo, es decir tratando de imaginar cuál será el juicio de los historiadores sobre el acontecer del período en que nosotros vivimos, no es aventurado predecir que concluirán afirmando que los diversos gobiernos considerados como “progresistas” (con muy pocas excepciones) simplemente han fracasado. Han fracasado en cuanto han sido incapaces e incompetentes como para consolidar sociedades distintas, fundadas en nuevas escalas de valores políticas, sociales, culturales y morales.

Los cientistas políticos han coincidido en apreciar que, al menos en teoría, los partidos políticos constituyen una base fundamental para el funcionamiento de una sociedad democrática en cuanto se les considera como  entidades que,  por su naturaleza misma,  pueden articular la variedad de intereses sectoriales o grupales que legítimamente están presentes en el seno de la comunidad nacional, regional o local.

Sin embargo, cuando estas colectividades olvidan la misión que les es propia,  se constituyen en elites cerradas preocupadas solo de conquistar el poder por el poder y se transforman en mecanismos de defensa de la amplia gama de privilegios personales que les permite el sistema, no cabe duda alguna que, más temprano que tarde, se terminarán corrompiendo las bases  valóricas en que se sustenta la democracia. Así, “el partido” pasa a ser una simple máquina electoral que  demanda periódicamente el sufragio  en el rito eleccionario.

Lo señalado lleva a que el ciudadano de a pie abandone todo compromiso afectivo y/o racional con un determinado movimiento y solo lo vea como un camino que le allana el acceso a particulares  beneficios.

Hace algunas décadas,  todo liderazgo político sólido  requería un marco ideológico y programático que expresara un sueño de país y con el cual cada persona se sentía identificada y comprometida. En el tiempo actual, esa ligazón se ha ido diluyendo y la persecución  del interés general y del bien común,   ha dejado de estar entre las preocupaciones de la gente.

El fenómeno político  ha dejado al ciudadano a merced de los vientos que soplen y lo ha llevado a una relativización conceptual que le hace ser indiferente y concluir en que le da lo mismo quien gobierne. En verdad, fenómenos como la corrupción presente en  las elites partidarias ya sea de gobierno o de oposición, contrariamente a lo que se piensa, no constituyen un factor decisorio al momento de elegir entre las diversas opciones.

En un  mundo agobiado por la abundancia de seudo información que genera altos niveles de angustia y desorientación, el terreno ha quedado despejado para la irrupción de tendencias ultristas que han sabido explotar exitosamente los miedos y temores de las personas y sus familias. La violencia y el desorden, la incertidumbre laboral y económica, constituyen preocupaciones graves, de primera importancia, que son hábilmente relevadas y explotadas por sectores radicalizados que ofrecen soluciones simples fundadas en la explotación del miedo y del temor.

Mientras tanto, los partidos políticos de Chile y del continente, prosiguen ensimismados, encapsulados, ajenos al devenir del mundo, incapaces de abrir paso a nuevas ideas y nuevos nombres, cual pasajeros del Titanic que simbolizan cabalmente la vieja tradición de las tragedias griegas en que se sabe lo que va a ocurrir pero sin que se haga nada para evitarlo.

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1 Comentario en Entre palabras y realidades

  1. Total y absolutamente de acuerdo con este acertado análisis en cuanto a asumir las responsabilidades por el abandono de los sectores progresistas de izquierda que diferenciaban claramente sus postulados frente a los sectores que endiosan al mercado y las privatizaciones. Todo el accionar coherente de aquella izquierda ha sido tranzada por el pragmatismo y confundir que el poder es solo para administrar un modelo que mantiene las iniquidades e injusticias y con esto caer en la trampa de la corrupción. Hoy es una tarea titanica levantar una alternativa legitima que logre conquistar las confianzas del pueblo y detener el avance de los sectores mas retrógrados y regresistas que avanzan y alcanzan el poder en el continente. No debemos cerrar los ojos a lo que pasa en Nicaragua, y criticar sin tapujos cuando los procesos Revolucionarios se ponen en peligro por la instalación de caudillos que dañan los procesos de liberación de nuestros pueblos.

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