«La paz es hija de la convivencia, de la educación, del diálogo. El respeto a las culturas milenarias es hacer nacer la paz en el presente». Rigoberta Menchú, activista por los derechos indígenas.

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LA BANCADA MESTIZA: POR FIN PODRÍAMOS AUTOGOBERNARNOS

¿Qué lleva al chileno medio –sobretodo si tiene algún pequeño recurso material- a sentirse superior o al menos a no identificarse con el pueblo originario? La respuesta es simple: la ignorancia de su condición mestiza. Esta viene de la manipulación que ha hecho la elite centralista detentora del poder por siglos. Sumémosle que el chileno nunca tuvo una definición identitaria propia y las élites se construyeron a sí mismas en el poder, planteándose como una especie de casta más cercana a lo europeo. Lo grave que ese desconocimiento o esa negación ha tenido repercusiones profundas en cómo se ha construido el país en todo nivel, como en la enseñanza que se da a los niños al respecto.

Lo cierto es que el 95 % de los chilenos somos mestizos. De Pedro de Valdivia a la fecha, cada uno de nosotros tiene en sus genes alrededor de 65.336 personas que vivieron antes que nosotros. Y entre esos, mayoritariamente ancestros mapuche, pewenche, williche, diaguita, aymara, kunza, afrodescendientes, etc. El mestizaje, al decir de Gabriel Salazar, no tuvo espacio propio en este territorio. Los españoles los negaron y los mapuche los rechazaron. El grueso de la “rotada”, quedamos a la buena de Dios, sin raíces, sin historia, sin derechos. Es el momento, en esta Constitución, que comencemos a reconocer el doble tributo del que se nos privó. Somos los chicos desamparados de la sociedad. Personas sin sombras. En el pasado despreciados y explotados. Pero, sobrevivimos.

Históricamente, el pueblo mestizo sin tierras y apenas alfabetizado, nunca fue visto ni menos reconocido o asumido. Y menos su tejido y fondo cultural, ese que en la colonia tenían los «huachos», esos que festejaban la «Cruz de Mayo» con una gran minga y jugando el ancestral linao o el palin. Se prohibieron sus fiestas (kawin) y sus deportes nativos: promovían el desorden. Y así es que Chile pronto se volvió más gris siendo el único país de América Latina sin carnavales. Nadie trabajó para la primera necesidad de ellos: la necesidad espiritual de identidad. Simplemente se les arrebató su substancia singular, porque para el gobernante criollo —que tampoco aceptaba su propia morenidad— solo importaba el aguante de sus hombros, de sus brazos y de sus caderas: gentuza necesaria para la mera servidumbre. No le quedó otra opción que someterse a sus patrones, al inquilinaje; o al bandidaje, aspecto muy documentado por los historiadores. El alma popular dejó de ser cuidada por su entorno y ya no se alimentará más con el silencioso viento del espíritu de una cosmovisión propia. Nuestros destinos se definieron cuando Chile determinó ser  europeo, de espaldas a la sabiduría indígena, mirándola por sobre el hombro, ridiculizándola en «folclore pintoresco», no queriendo ver en ella la gran reserva de dignidad que venía cultivando sobre este suelo la tradición autóctona. En algún momento de la primera Constitución de Portales (1833), redactada por el bando aristocrático-conservador que anuló toda idea liberal, se estableció la negación total del componente indígena chileno. Y luego las leyes y otras constituciones terminaron de invisibilizarlo hasta nuestros días. Desde la época de la encomienda, se gesta la unión de la productivista y soberbia mente europea y el forzado brazo nativo para crear una nueva amalgama de “raza”: el pueblo chileno mestizo. El desarrollo del mestizaje fue rápido. El soldado español y luego el hacendado, se ayuntaba con cuanta mujer pikunche, williche o mapuche encontraba a mano. No fue distinto entre los mapuche. Este solicitaba a la mujer española o mestiza con gran avidez, tras los malones conducían a las cautivas a su territorio y engendraban en ellas cuántos hijos podían. Sólo las devolvían voluntariamente cuando eran estériles. Por eso hoy, la parte originaria de nosotros vibrará y nos reencontraremos con nuestros ancestros, nuestros hermanos. Ya podemos corregir la idea de nación chilena; tenemos que idear un nuevo país lleno de parientes cercanos, porque no existe. Hemos sido una finca asolada por una casta comercial y exportadora que se ha reproducido por doscientos años. A ese 1 % hoy le corresponde humildad.

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