«Si la justicia existe, tiene   que ser para todos; nadie puede quedar excluido. De lo contrario, ya no sería justicia»

Paul Auster

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La ciudad incivilizada

Hay ciertos hechos que aparentemente no tienen relación alguna entre ellos, ya sea por su diferente naturaleza o, como sucede frecuentemente, por las enormes distancias territoriales que los separan.

En los últimos días, dos sucesos nos han llamado la atención.

En Concepción, en el barrio bohemio cercano a la antigua estación de los Ferrocarriles del Estado, durante la madrugada se produjo un incidente entre borrachos. Probablemente, un muchacho solitario, ebrio, profirió algún improperio contra los integrantes de una “manada” o de una “patota” que en su misma condición etílica abandonaba un bar. El grupo, aleonado por el alcohol, procedió a darle una golpiza inmisericorde a su víctima, que yacía en el suelo indefensa, campeando las patadas, los escupos y las groseras agresiones verbales. Los victimarios, ufanos de su victoria, abandonaron el lugar. La víctima, herida y sangrante, quedó abandonada en la vía pública. Horas más tarde, mediante el acceso a grabaciones de los hechos, se constató que “la manada” estaba constituida por un grupo de estudiantes de Medicina de una universidad privada local que gasta cientos de millones en publicidad.

En el Cantón del Jurma, Suiza, a 12.500 kilómetros de distancia, las treinta familias de la comuna de Clos de Doubs, se reúnen formalmente en el Municipio y por mayoría de votos acuerdan negar el acceso a la nacionalidad helvética a un ciudadano francés habitante del lugar. Se le culpabiliza de infringir en forma reiterada las ordenanzas locales que prohíben botar y mantener escombros en la acera, y cortar el césped con máquinas ruidosas en domingos y festivos, perturbando el derecho a descanso de las familias. En una localidad cercana, ya se había informado negativamente una solicitud similar relativa también a un francés que transitaba a 85 kms/hora, estando fijada la velocidad máxima en 45.

Ambos casos son, obvio, de muy diversa gravedad. En el primero, nos encontramos con un claro delito de agresión colectiva de autoría de una jaur+ía de estudiantes universitarios. En los otros, hay una infracción a normas que regulan y promueven la convivencia respetuosa y armónica. Pero, en ambos casos hay también una clara demostración de incivilidad, propia de energúmenos incapaces de entender las responsabilidades mínimas de la vida en comunidad.

¿Es eso todo?

Evidentemente que no.

Si solo nos atenemos a lo que sucede a diario en nuestro entorno, las inconductas se multiplican. Si nos diéramos el tiempo necesario para examinar nuestras propias conductas sociales o las de muchas de las personas con las cuales por razones residenciales, laborales, educacionales, nos contactamos con frecuencia, descubriríamos cómo ciertos principios básicos “de buena educación” son desconocidos y su atropello lo hemos ido normalizando y aceptando.

En un conversatorio con vecinos habitantes de un edificio de departamentos, hemos coincidido en observar que un alto porcentaje de ellos, especialmente varones, no saludan al encontrarse en el ascensor ya que transitan ensimismados en el examen continuo del teléfono móvil. Hablan fuerte sin que les importe la presencia de otras personas, o salen a gritar a los pasillos del lugar. Los estudiantes universitarios prolongan sus cantos o vociferaciones hasta altas horas de la madrugada sin que les preocupe en lo más mínimo las molestias con que afectan a adultos que deben ir a trabajar o niños que deben ir a clases al día siguiente.

En el exterior, no deja de sorprender que el Municipio instale curiosos letreros recordando que está prohibido tocar bocina en cierto lugar como si esa no fuera una infracción establecida. Los conductores de vehículos motorizados – especialmente, los de la locomoción colectiva que se hacen llamar “profesionales del transporte” – se creen con el derecho de usar la bocina o el claxon para invitar a subir a todo transeúnte o (en el colmo e la estupidez) para instar a avanzar al vehículo que les antecede. Nada de esto importa a los mal llamados “empresarios” de la locomoción colectiva que solo aparecen para demandar alza de tarifas pero que son incapaces de instruir a sus empleados para que mantengan un respeto mínimo por la comunidad.

En la noche (2, 3 o 4 de la mañana), un enjambre de motocicletas recorre las calles, con escape abierto, prestando curiosos “servicios de delivery” que, como es bien sabido, corresponden a distribución de droga o alcohol. Su ruido ensordecedor, afecta el sueño y el legítimo derecho a descanso de las personas.

Cuando factores como los señalados afectan día y noche la vida en común, es claro que se daña no solo la tranquilidad sino la salud mental de los individuos generando una sociedad tensa, agresiva, amarga, cuyas consecuencias se prolongan en el largo plazo.

De repente, nos enorgullecemos de autodefinirnos como “una ciudad universitaria” pero nos olvidamos de que ello significa tomar conciencia de la necesidad de asumir deberes básicos de respeto y responsabilidad.

¿Cuáles serán los caminos a seguir para erradicar la incivilidad?

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