La ciencia y la tecnología inciden de modo significativo en la vida social y humana... ¿ y qué pasa con la espiritualidad, la ética los valores, la inteligencia, el conocimiento, la sabiduría y el desarrollo humano?
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La Derecha marca el paso

En los regimientos, colegios, instituciones bomberiles, etc., es usual que en diversas oportunidades su contingente sea llamado “a marcar el paso”, es decir a realizar un andar marcial aparente pero sin moverse del lugar asignado. Esta figura en alguna medida se asemeja al gatopardismo de Lampedusa, ya que éste aparenta hacer cambios para lograr que todo siga igual y la marcha constituye un franco simulacro de caminar sin que de por medio haya desplazamiento alguno.

Desde que el mundo es mundo, las naciones, sus costumbres, sus civilizaciones, han ido mutando permanentemente. Valores y conductas, formas de pensar, maneras de organizarse institucionalmente, han variado en la esperanza de acceder a nuevas etapas de la vida social que impliquen progreso y acceso a estadios superiores de la humanidad.

Eso, en la línea gruesa de la evolución histórica, ya que siempre ha habido grupos humanos dispuestos a impedir que se generen cambios, convencidos como están de que viven en el mejor de los mundos posibles y que pretender alterar el statu quo derivará en una hecatombe inimaginable. Curiosamente, su argumentación ha coincidido siempre con la defensa a ultranza de sus privilegios e intereses.

Las históricas luchas por la abolición de la esclavitud o por los derechos políticos de la mujer, son algunos casos ejemplares. En uno, se alegaba, se causaría un daño tremendo a las economías nacionales. En el otro, se dañaría el buen orden de las familias al llevar a las féminas a actividades que naturalmente no les correspondían.

Hace medio siglo, el 22 de enero de 1970, el Presidente Frei Montalba promulgó la ley 17.184 que reconoció el derecho de sufragio a los mayores de 18 años y (¡qué escándalo!)  también a los analfabetos.  No es difícil imaginarse quienes se opusieron a la necesaria reforma constitucional.

La historia más o menos reciente es particularmente educativa a este respecto.

Desde un Jaime Guzmán que tenazmente se opuso al sufragio universal, hasta sus herederos ideológicos que han rechazado la igualación de los hijos matrimoniales y no matrimoniales; el divorcio con disolución de vínculo (cuyos opositores al poco tiempo se acogieron a tan deleznable ley); el aborto en tres causales; el matrimonio homoparental; entre otras iniciativas; constituyen todos ejemplos de un sector negacionista que ve con pavor que su mundo conservador pueda diluirse.

El país vive –  ¡qué duda cabe! – una grave crisis de su régimen democrático.

El actual Presidente de la República hasta hace poco se ufanaba de su gran victoria electoral de diciembre de 2017 silenciando una realidad indesmentible: había logrado solo un 27% de los sufragios y, sumando a sus opositores, quienes ejercieron su derecho de sufragio en la oportunidad, no alcanzaban ni al  50% de la ciudadanía habilitada.

La crisis social y el variado mundo de las encuestas, han determinado un generalizado juicio negativo respecto a la institucionalidad vigente. El Presidente individualmente considerado, el Gobierno en su conjunto, la Cámara de Diputados y el Senado, el Poder Judicial, los partidos políticos, experimentan elevados niveles de descrédito.

Realizar el salvataje de la democracia exige revitalizar la democracia logrando que cada ciudadano entienda que sufragar no solo es el derecho a depositar periódicamente un papel sino un deber y una responsabilidad.

Pretender ampliar al máximo el ejercicio del sufragio “resiente la autoridad”, sostenía Guzmán. “Establece una igualdad irreal entre todos los ciudadanos. No todos tienen el mismo grado de inteligencia, virtud, cultura, buen criterio, instrucción o madurez” para definir la función específica que es el ejercicio de la autoridad. “También se resiente la libertad”, agregaba, “ya que no permite medir ni la intensidad ni los matices de las preferencias”. “Un electorado masivo, que carece de inteligencia y virtud, es dominado sin contrapeso por sus pasiones y resulta así fácil presa del marketing político y de la demagogia. Este sufragio masivo permite que “a través de la demagogia, penetren ideas totalitarias que puedan conculcar la libertad” (sic).

La iniciativa de la diputada Joanna Pérez tendiente a restablecer el sufragio obligatorio, no alcanzó los votos necesarios para avanzar en el proceso legislativo. El oficialismo más los votos de Pamela Jiles y Florcita Motuda, lo impidieron. Este paso habría permitido echar las bases para ir caminando hacia una democracia más sólida y participativa pero el eventual resultado en los próximos comicios no era muy auspicioso para las fuerzas de La Moneda.

Bueno, así son las cosas (por ahora).

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