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La dimensión ética del profesor.

Paola Tapia López
Profesora Educ. General Básica Mención lenguaje
Máster en Investigación de la didáctica de la lengua y la literatura
Doctora en Investigación de la didáctica de la lengua y la literatura

Enseñar es una tarea que dignifica la persona, el logro de una enseñanza capaz de proporcionar a los estudiantes la posibilidad de aprender a aprender adquiere una importancia de primer orden. Debe existir un límite de respeto, se debe evitar la camarería, el estudiante debe saber quién es el profesor y hasta donde debe llegar, es bien sabido que el facilitador o profesor es el que coloca las pautas en el salón de clase y fuera de este. EL profesional que funge como docente debe ser cuidadoso y más si su tarea es educar adulto, ya que ellos suelen ver al docente como sus iguales. Para que pueda reinar un clima de respeto en el aula y fuera de ella se debe fomentar el respeto, entre los alumnos y el docente. El rol central del docente es el de actuar como mediador o intermediario entre los contenidos del aprendizaje y la actividad constructiva que despliegan los alumnos para asimilarlos. Sin dejar de reconocer que la enseñanza debe individualizarse en el sentido de permitir a cada alumno trabajar con independencia y a su propio ritmo, también es importante promover la colaboración y el trabajo grupal. El docente como facilitador debe estar preparado para dimensionar la labor que realiza, por lo tanto, el resultado obtenido dependerá de la eficacia empleada.

En la actualidad tenemos mayor conciencia de la necesidad de desarrollar en nuestros estudiantes no solamente destrezas y capacidades académicas, sino también valores y actitudes que los convertirán en seres humanos solidarios, justos, responsables de sus actos, cuidadosos de la naturaleza e interesados en respetar y proteger a los demás. ¿Te has puesto a pensar en cuál es el tipo de ser humano que nuestra sociedad necesita? ¿Educas en función de estas necesidades?

En este contexto, nuestro objetivo es ahondar acerca de la formación ética ya que solo con ella conseguiremos que nuestro mundo sea un lugar agradable para vivir, y que sea aún mejor para las generaciones futuras. Existen teorías relevantes que nos sirven para entender mejor este tipo de formación, pero, sobre todo, debemos reflexionar sobre nuestra propia práctica pedagógica, revisando el sentido de esta, de modo que podamos reconocer las dimensiones éticas de nuestro ejercicio profesional, comprometiéndonos cada vez más con él y analizando críticamente la vida en común al interior de la institución educativa.

Podemos decir entonces que la docencia es en sí misma una actividad ética. Los padres de familia y la sociedad en su conjunto confían a los niños y jóvenes a los docentes, asumiendo que estos se comportan éticamente en las clases y que promueven valores morales entre los estudiantes. Desde esta perspectiva, la ética es inherente a la escuela: los profesores se relacionan entre ellos, dirigen, premian y sancionan la conducta de los estudiantes, toman exámenes, evalúan y juzgan, opinan sobre cosas e influyen en las relaciones de los estudiantes y jóvenes en el salón de clases. La vida de las personas y la vida en la institución educativa tienen siempre una dimensión ética.

Hemos visto como a través de mensajes implícitos y explícitos, la escuela logra en sus alumnos ciertos aprendizajes y comportamientos planificados y no planificados, currículo oculto que es el telón de fondo en el que se van configurando unos significados y valores de los cuales el grupo de profesores y alumnos no son plenamente conscientes.

Si la escuela en su conjunto educa, el maestro con sus actuaciones también lo hace. Muchos de ellos se convierten en modelos para los estudiantes, otros al contrario despiertan un claro rechazo. Esta selección que hacen los alumnos de sus profesores es una de las razones que debe llevar a reflexionar al docente sobre su papel como educador. Se educa no solo con el discurso, también con la forma en que este se exprese, con el tono, con la vitalidad o el desgano, con los énfasis y las declinaciones, con los ademanes y gestos, en fin con todo lo que se hace y se deja de hacer.

Los estudiantes se convierten así en los primeros jueces de sus profesores, cuestionando su coherencia entre la teoría y la práctica y entre sus diferentes formas de expresión. Un profesor que en su discurso hable de compromiso cuando nunca tiene tiempo para sus alumnos, o que constantemente llame la atención sobre la importancia de obrar con criterio propio cuando siempre se le ve doblegado frente al rector, pondrá a tambalear cualquier propuesta de educación moral por más cuidado que se haya tenido en su elaboración. “ El estudiante recibirá mensajes contradictorios en caso de que un profesor dedicado a enseñar la dignidad humana, siguiese utilizando en su lenguaje los prejuicios raciales, los estereotipos acerca de determinados grupos culturales, los lugares comunes acerca de la inferioridad o incapacidad de autonomía de la mujer etc”.

Esta realidad deberá llevar al docente a reflexionar sobre su propia formación moral, sobre sus actitudes, comportamientos y prácticas que afectan directamente la labor educativa, participando de ese modo en el mismo proceso de formación moral de los alumnos, haciéndose consciente de la necesidad de ser cada día una mejor persona, digna de credibilidad y en quien sus alumnos puedan depositar su confianza. En palabras de Angelo Papacchini diríamos que “el maestro debería enfrentar con su ejemplo y práctica diaria las influencias negativas del medio en el que se desenvuelve el estudiante, y la escuela debería funcionar como un laboratorio para aprender, experimentar y construir una comunidad distinta”.

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