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LA IDOLATRÍA DE LA HISTORIA

Miguel Hinojosa

PhD, docente facultad de educación. Universidad de Concepción.

La idolatría de la historia nace de esta nostalgia inconfesada por un porvenir que justifica lo injustificable.

Raymond Aron.

La idolatría de la historia es una caricatura de la conciencia histórica, se considera con el derecho a sustituir sucesivamente los hechos por significaciones ligadas a un sistema de interpretaciones pretendidamente definitivas y cerradas. Es una falsa racionalidad que se quiere hacer aparecer como verdadera. La mercancía es más importante que la persona. El tener es más importante que el ser, existe una negación de la dignidad del ser humano y por desgracia, lo es en una dimensión planetaria.

La idolatría de la historia es un sistema de ideas, modelos inmóviles, cerrados, como se ha dicho impregnado de una falsa racionalidad. Aparecen como un constructo, como un paradigma eterno y totalitario del mundo. Es la historia tradicional: de la clase política, social de las tradiciones guerreras al estilo de los héroes de Carlyle. La idolatría de la historia se confunde con un mundo definitivo e inmóvil. El triunfo del modelo liberal, económico, capitalista e individualista por antonomasia pretende confirmarse como un mundo definitivo e inmóvil como una añosa y amarillenta fotografía. Se educa para tener más no para ser más.

El cambio hacia un paradigma más humano y más solidario es considerado como revisionista, hasta una herejía si aquello lesiona los intereses de una clase privilegiada. También puede considerarse una traición para los más idólatras del modelo.

Los idólatras de la historia se aferran a la totalidad de un universo casi paranoico en el que se encuentran y recelan, temen y combaten con dureza la variedad de matices que proyecta la conciencia histórica de los pueblos que claman y exigen una mayor justicia distributiva.

La idolatría de modelos o arquetipos mueve a los totalitarismos, ya sean éstos nítidos o disfrazados, aparecen como proyectos terminales para someter a los pueblos, ya sea abiertamente o bajo la apariencia de una democracia representativa que cada vez representa a menos personas. Gobiernos y pueblos van por carriles distintos.

Al reducir la Historia a las hazañas guerreras, a la historia de las clases sociales, a la deificación de los partidos políticos ya la exacerbación casi mítica de la tecnología se está abandonando al ser humano y reduciéndolo a ser un objeto más que un sujeto de la historia.

Al invocar las leyes de la historia bajo el manto de la idolatría se cometen equivocaciones que los pueblos han tenido y tiene que lamentar. Cuando se absolutizan los conceptos de tradición, de nación, de seguridad nacional, de modelos económicos cerrados los pueblos sufren todo el rigor del fanatismo y la intolerancia. Se ha pretendido dejarlos al margen de la historia. Lo que vale es una historia oficial donde una fronda que se ha pretendido aristocrática, lo ha hecho a su entero amaño.

En los hechos, se  ha negado a los pueblos su propia conciencia histórica. Se les ha tratado como niños que no han sido capaces de discernir. Se aprecia una fallida reflexión que se ha pretendido llevar al absoluto, como una suerte de un mundo que existe como definitivo, inmóvil y eterno. La historia h dejado como enseñanza que las dictaduras de todo cuño se sabe cómo comienzan pero no como terminan.

La conciencia histórica reconoce la diversidad en la producción cultural de los pueblos, enseña que en un mundo de convivencia el respeto al ser humano es fundamental. En la convivencia, en la amistad cívica hay adversarios, no hay enemigos, a diferencia del drama de la idolatría de la historia que sólo se reconoce en la antítesis amigo-enemigo. La conciencia histórica hace aparecer los límites de nuestro saber. Al mirar el pasado no lo hacemos en forma unidimensional; lo hacemos de forma holística, total, globalizadora, abarcando la totalidad de la producción cultural de la sociedad. El maniqueísmo de “ mi verdad es la verdad; lo ”bueno” versus “lo malo” pone barreras insalvables en la sociedad, repugna a la conciencia histórica de los pueblos, que mayor ejemplo que los integrismos religiosos que confundido con lo político han producido el desarraigo de grandes masas con considerable pérdida de vidas humanas.

Frente a la idolatría de la historia y sus proyectos totalitarios y cerrados en el tiempo y en el espacio; frente a los dogmas y fetiches del consumismo y los antivalores que propugna; frente al estancamiento de una sociedad manipulada por oligarquías político- empresariales, se hace necesario reactivar la conciencia histórica de un pueblo que muestra diversidad y riqueza cultural como nuestro país. Desde la base misma del pueblo chileno se han ido creando instancias de democracia participativa que pretende recuperar el sentido humanista de la existencia. Se han ido creando instancias de solidaridad para exigir que el Estado debiera ser garante del bien común del progreso y de la justicia económica y social.

La conciencia histórica de un pueblo conciliara todo lo valioso y rescatable de su pasado, especialmente personas, hombres y mujeres que lucharon y dieron su vida por un país mejor, no quisiera nombrarlos aquí  para no ser injusto. Aquellos y aquellas están en la memoria colectiva de un pueblo que no olvida.  El ejemplo de aquellos es lo rescatable en nuestros días. La conciencia histórica es tener claridad que la libertad no es sólo un ideal, sino una práctica constante de tolerancia, respeto a la diversidad, a la multiculturalidad. Es necesario concertarse en un gran proyecto histórico de país sin exclusiones, reestructurando, rehaciendo, proyectando una conciencia social para alcanzar la unidad jurídico-política y sociocultural necesaria para vivir en la paz de una amistad cívica, practicada en la diversidad y que debe caracterizar a toda sociedad civilizada.

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