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LA INTRASCENDENTE JUNTA DE LA DISCORDIA.

Maroto

Desde Canadá.

La Junta Nacional de la Democracia Cristiana que se realizó el viernes y sábado recién pasados, es uno más de esos eventos de política circense, que en el contexto nacional realmente carecen de mayor trascendencia. La mayor parte de la prensa, siguiendo esa agenda ya conocida, ha exacerbado su importancia como una manera de amplificar las divisiones existentes al interior de la Democracia Cristiana y la Nueva Mayoría, debilitar la ya endeble candidatura de Carolina Goic y fortalecer la opción presidencial de su candidato favorito, el expresidente Piñera.

Sin embargo, si analizamos lo que verdaderamente estaba en juego en esta Junta Nacional, resulta fácil concluir que sus resultados no alterarán significativamente la carrera electoral presidencial y solo tendrá un impacto de menor escala al interior del partido Demócrata Cristiano.

En una candidatura secuestrada por los sectores más conservadores de la Democracia Cristiana, que no ha logrado superar los dos puntos porcentuales en las encuestas, que después de varios meses ha sido incapaz de motivar a la ciudadanía y que ha centrado la mayor parte de sus esfuerzos en atender las continuas rencillas internas del partido y las disputas por cupos parlamentarios con la Nueva Mayoría, la Junta Nacional no hará realmente ninguna diferencia. No se esperaban grandes definiciones políticas, valóricas, ni de contenido programático; y tampoco se esperaban importantes definiciones estratégicas acerca de alianzas políticas de largo plazo.

Aparte de los ya repetidos discursos y teatrales llamados a la unidad partidaria, y a apoyar comprometidamente a la candidatura de Carolina Goic, las discusiones y decisiones políticas de fondo, estuvieron absolutamente ausentes. Y esto no fue una mera casualidad, sino que parte de una decisión consciente por evitar referirse a temas que causan escozor al interior del partido. Como si el insistir en la política del avestruz, es decir en aquella actitud de negación de la realidad, de hacer oídos sordos y no enfrentar los problemas, fuera a hacer que estos desaparecieran.

Se habló de continuar por un camino que permita entregar al país los valores y la estampa de la Democracia Cristiana; y,  sin embargo,  nuevamente se evitó profundizar en discusiones absolutamente necesarias para entender justamente cuáles son hoy estos valores y estampa y por ende, cual es el País que la Democracia Cristiana aspira a construir.

Se llamó a seguir por la senda de la coherencia, credibilidad, apego irrestricto a la transparencia, probidad y ética; y sin embargo gran parte de los esfuerzos en esta Junta Nacional estuvieron centrados en intentar detener la arremetida y maquineos de uno de sus diputados, que en un acto más de soberbia, insiste, sin vergüenza, en repostularse para un cupo parlamentario, pese a haber sido condenado por la justicia por hechos de violencia intrafamiliar. Intentos que además fracasaron estrepitosamente, ya que los democratacristianos ahí reunidos, en una muestra de incoherencia ética grave, dieron luz verde a la candidatura parlamentaria antes mencionada.

Se reiteró el rechazo a cualquier acercamiento con la derecha; pero no se reafirmó con claridad el compromiso a seguir avanzando en una propuesta de gobierno progresista que profundice con decisión y solidez en los cambios impulsados por el gobierno de Bachelet, para hacer de Chile un país más solidario, menos desigual, más inclusivo y abierto a la diversidad.

Claramente, es esta la Junta Nacional de una Democracia Cristiana que lamentablemente sigue mirándose al ombligo y cuya elite dirigente ha perdido la capacidad de escuchar y empatizar con su base militante que en su mayoría se observa desafectada, desencantada y desanimada.

En su discurso de apertura,  Carolina Goic señaló que en la Democracia Cristiana “tenemos todo para ser alternativa, para garantizar gobernabilidad, pero nos entrampamos en la pelea pequeña”;  y es ese justamente el problema. La Democracia Cristiana sigue desgastándose en la pelea pequeña, que no interesa ni a su militancia ni a la ciudadanía.

La Democracia Cristiana ha perdido la brújula; esa que en los años 60 le permitió ser un partido gravitante en la historia del país, de vanguardia y dispuesto a asumir riesgos políticos, con tal de avanzar en la senda progresista que la ciudadanía requería.

¿Será ya acaso muy tarde para que la recupere?

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