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La precarización del quehacer académico

Danny Gonzalo Monsálvez Araneda

Doctor en Historia. Universidad de Concepción.

Hace años que el trabajo en la academia ha dejado de ser aquel espacio en el cual la docencia o investigación se caracterizaban por su carácter colaborativo, el diálogo entre las disciplinas, la producción del conocimiento vinculada a lo público, al bien común y por supuesto una cierta estabilidad laboral. La legislación de los años 80 respecto a las Universidades, la proliferación de casas de estudios, algunas de ellas de dudosa calidad, que más parecían “supermercados” que instituciones de educación superior, la nula regulación sobre la calidad de la enseñanza, la creación de carreras sin ningún campo laboral, sumado al golpe que recibieron las Universidades tradicionales producto de la intervención militar tras el golpe de Estado de 1973, fueron progresivamente llevando y “acorralando” a las Universidades a un creciente proceso de endeudamiento a consecuencia del autofinanciamiento. El Estado se desligó completamente de su responsabilidad y aquellas Universidades que lograban destacar, era básicamente por el trabajo y compromiso de algunos de sus académicos y académicas.

Este escenario parece irreversible, no solamente por los acotados recursos que entrega el Estado a las Universidades, sino también por aquello que aporta para la generación de nuevos conocimientos, por ejemplo a través de los proyectos Fondecyt y la formación de capital humano, donde el problema no pasa tanto por la cantidad de nuevos doctores, sino más bien por cómo estos se insertan en la academia.

Respecto a esto último, cada día vemos y constatamos la difícil tarea que tienen nuestros estudiantes de postgrado para mantenerse o insertarse en las Universidades. Terminar estudios de postgrado, debería constituirse en la puerta de entrada o de consolidación profesional e intelectual, sin embargo, es todo lo contrario, la incertidumbre sobre lo que viene y el qué hacer se ha convertido en un problema que parece no tener solución. Esto va acompañado de las condiciones en las cuales algunos jóvenes investigadores realizan sus indagaciones o logran insertarse en la academia. Contratos a honorarios, plazo fijo, incertidumbre sobre el futuro, lo cual atenta contra todo quehacer científico. Qué interés puede tener un investigador o investigadora en desarrollar investigación sesuda y a largo plazo, sabiendo que tiene un “contrato” o “convenio” el cual expira a fin de año o cada seis meses. Por otra parte y bajo las exigencias de generar conocimiento, una alta productividad y publicar en revistas de alto impacto ha sometido a los y las investigadoras a niveles de estrés, tensión y competitividad que de una u otra manera va socavando un trabajo armonioso, colaborativo y de deleite en la producción del conocimiento, ya que se está condicionado a lo que demanda el mercado y sus políticas individualistas, competitivas y el de “mostrar resultados”.

En consecuencia, esta precarización del trabajo en la academia es un síntoma más, quizás el más grave de los tiempos que hoy corren en materia de proyección profesional, estabilidad laboral, investigación y producción del conocimiento.

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2 Comentarios en La precarización del quehacer académico

  1. Certero y oportuno comentario de Danny Monsálvez. A la Academia le cuesta mucho recuperar el prestigio que tuvo antes de 1973. Luego de su alevoso desmantelamiento por la dictadura cívico-militar, aún no lo recupera. Ya han pasado más de 40 años y el quehacer universitario sigue empobrecido y mercantilizado, salvo, felizmente, honrosas excepciones de actuales académicos y de los que han emprendido el viaje hacia el más allá, los que son fáciles de indenticar por sus actos, escritos, discursos y las improntas que dejan huellas de admiración en sus alumnos. Esto comenzará a cambiar solo cuando se abandone la teoría de la ‘industria de la educacion.’

  2. Se remata, compra arrienda conocimientos… O sea «datos» fuentes de datos, para el conocimiento necesitamos tiempo, disposición e inversión y…no hay!

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