«Si la justicia existe, tiene   que ser para todos; nadie puede quedar excluido. De lo contrario, ya no sería justicia»

Paul Auster

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MALA CURA

Robert Córdova Martínez

Arquitecto Universidad de Chile, 1973.

Chillán, 1940. [*]

Algunas tardes, tras las jornadas extenuantes en la llamada «Casa de Máquinas», un grupo de jóvenes empleados de los FFCC. del Estado de la época se reunía en una fuente de soda céntrica y allí pasaban relajadas horas en una partida de naipes, o de dominó, siempre bien regadas con cerveza o tinto y en alegre camaradería. Lo propio de sus años.

De entre ellos uno se destacaba por su gran envergadura y, para disgusto del resto, solía ponerse bravucón a medida que aumentaba la ingesta alcohólica. Tenía lo que se llamaba «mala cura», y frecuentemente armaba camorra con cualquiera que le diera el menor pretexto. El tipo era consciente de su corpulencia y se había acostumbrado a sacudir incautos a su antojo.

Esa tarde, sin embargo, se llevó una desagradable sorpresa con un vecino de mesa, bajito y de aspecto modesto. Con varias copas en el cuerpo y el ánimo exaltado, pretextando una mala mirada o algo así, el matón terminó desafiando al otro a salir a la calle a «medirse de hombre a hombre» (a medio hombre, en este caso).

De nada valió la actitud del tranquilo parroquiano, que empezó disculpándose, para luego argumentar razonablemente: “¡Pero, ¡cómo voy a medirme con Ud., señor, …con ese tremendo físico!”

De nada sirvió, asimismo, repetir las disculpas; el grandullón, dispuesto una vez más a desfogar sus ansias de bronca, insistió majaderamente en darse por ofendido, gravísimo asunto que sólo podía ser resuelto a puñetazos.

Finalmente, y a fuerza de insistir salieron todos a la calle, donde, sepa Ud. cómo, esta vez el matón terminó por el suelo, bastante machucado e incapaz de levantarse. Cierto es que el camorrero estaba muy “pasado” y entró al combate dando tumbos, aunque con el ardor de siempre. Pero lo concreto es que probó el amargo sabor de la derrota por primera vez, y pese a la borrachera no olvidó el percance, dispuesto a cobrarse revancha a la menor ocasión.

Así lo repetía cada tarde, picado en su amor propio, mientras los demás se divertían recordándole la frasecita que lo ‘emputecía’:

«… ¡Cómo voy a pelear con Ud. señor, con ese tremendo físico»…!     

                         *

Tiempo después y entre bromas como acostumbraban, el grupo transitaba por la amplia vereda enfrente a la Plaza dispuestos a entrar al local de siempre, cuando uno alertó a viva voz:

«¡Eh, miren quien viene allí! Pero, ¡si es el chico que te zurró!», agregó con sorna, dirigiéndose al grandullón.

Incrédulo, éste se detuvo, observando al enclenque que aminoraba el paso con evidente cautela. Parecía asustado incluso, lo que soliviantó de frentón al provocador:

«Oye güeón, ¿¡así es que vos soi el que abusa con los curaos, ah…!?”, ¡¡apuesto a que no te atrevís conmigo ahora, maricón…!!»

Algo extraño, una especie de alerta, retumbó en la memoria del grandote cuando volvió a oír las frases que recordaba como en una nebulosa:

«¡Noo señor,… disculpe señooor, yo creo que me confunde!»

Pero ya estaba metido en el baile y los otros lo ajizaban: “¡Sí, sí es él, es el mismo que te dejó tirado aquí hace diez días!” Así es que insistió en lavar la afrenta ahí mismo, a lo hombre, pero ahora sanito.

Inútilmente, el otro se disculpaba, agregando, quizá como último recurso persuasivo, la frasecita fatal:

«¡Cómo se le ocurre, señor, que yo voy a pelear con Ud., con ese físico…!”

El grandullón repitió el desafío varias veces, majaderamente, procurando elevar el vozarrón que, extrañamente, se le atragantaba. Y fue entonces que -como suena la campana al comienzo de un combate de boxeo- restalló la humilde voz con un cambio de tono inesperado: «¡¡¡ YAAA, GÜEÓN, ME ABURRISTE…!!! SÍ, YO FUI EL QUE TE PEGÓ…¡¡¡Y TE VOY A VOLVER A PEGAR, POR GIL…!!!»

El hombrecito dijo esto mientras se subía los puños de la camisa de forma displicente, en una postura que alertó definitivamente al matón: la mirada del petisito era de franca y rabiosa insolencia.

Por fin el camorrero lo vio todo claro, y, haciendo de tripas corazón salió del paso lo mejor que pudo con una palmadita en el hombro del otro, añadiendo, mientras se alejaba a paso rápido entre las risas del grupo:

«¡Ya, Chico…cálmate oh, cálmate… si era una broma nomás..!”

                          *

El ex campeón local de peso mosca los miró alejarse meneando la cabeza…

» ¡Putas los güeones pesaaaaos»…!

ROCOMAR, marzo, 2024

[*] Cosas que le oí a mi padre.

Fuente de figura:

https://elsoldeiquique.cl/10-promesas-de-curao-que-nunca-se-cumplen/

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