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NUESTRO FRACASO Y DERROTA

Resulta llamativo que alguien, ya sea candidato o partido, pueda manifestarse contento o satisfecho con los resultados de las elecciones del pasado domingo 23. Si bien el oficialismo recibió un duro golpe político, la derrota y fracaso más grande es principalmente de aquellos que desde distintos espacios, lugares y medios hemos propugnado por la importancia de la política y de considerar el voto como una herramienta fundamental para producir cambios. Por ello, no podemos expresar alegría o satisfacción, cuando un porcentaje importante de nuestros compatriotas (alrededor del 70% y en otros casos el 80%) opto por la abstención. De ahí que este “fenómeno” sea visto y asumido como muestra fehaciente de nuestro propio fracaso y derrota.

Es el fracaso y derrota por la incapacidad que hemos tenido para transmitir un mensaje que logre romper el inmovilismo y apatía de un vasto sector de la población, especialmente de los jóvenes.

Es nuestro fracaso y derrota por no poder enseñar/inculcar a las nuevas generaciones que la movilización social, las marchas, incluso la toma de algunos espacios, no se contradice con ir a sufragar.

Es nuestro fracaso y derrota ya que no hemos tenido la capacidad de superar el conformismo generalizado y la naturalización de lo social que impera en vastos sectores de la ciudadanía.

Es nuestro fracaso y derrota ante el avance de la insignificancia, ante una política liquida que se traduce en la falta de consistencia y coherencia política de algunos de quienes se dicen nuestros representantes.

Es nuestro fracaso y derrota, ya que no hemos podido persuadir a políticos y autoridades sobre la gravedad de la situación que estamos viviendo y a los ciudadanos de que tomen conciencia de la importancia y responsabilidad que significa interpelar a sus autoridades a través del voto.

Es nuestro fracaso y derrota, ya que hemos pensado que la crisis solo se soluciona promulgando leyes y no educando a la población en sus deberes y derechos.

Es nuestro fracaso y derrota al no ejercer un discurso más crítico y potente ante las malas prácticas, el abuso de poder, el desorden y la improvisación de aquellos por quienes en su momento votamos o apoyamos.

Es nuestro fracaso y derrota ante un sector político y social que ha vaciado la política, convirtiéndola en una actividad centrada en imágenes, slogan, entretención y negocios. Lo peor de todo, es que esa (pseudo)política les ha permitido ganar elecciones, convertirse en el partido más votado del país; al punto que, sin pudor alguno, se enorgullecen  de aquello.

Ante este fracaso y derrota (circunstancial) ¿qué nos queda?, parece que conjugar de mejor forma “el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad”.

 

Danny Gonzalo Monsálvez Araneda. Doctor en Historia.

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