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Nueva obra maestra de Pedro Almodóvar: Dolor y gloria

El actor español Antonio Banderas, premiado en Cannes, protagoniza el nuevo film de Almodóvar, quizá el más personal que haya hecho. Es uno de los títulos imprescindibles de la cinematografía mundial este año, habiendo sido, además, una de las presentaciones más importantes del reciente New York Film Festival. Aunque ya se estrenó en Chile, cuenta con una próxima exhibición agendada para diciembre en Concepción en el Teatro UdeC.

Como sus mujeres, he estado al borde de un ataque de nervios por ver lo último de Pedro Almodóvar, Dolor y gloria (2019), por la que Antonio Banderas ganó el Premio a la interpretación masculina en el Festival de Cannes. Aquí encarna a Salvador Mallo, un director de cine en el crepúsculo de su vida que es una versión ficticia del propio Almodóvar: homosexual, audaz, apasionado, irreverente. Banderas es una estrella, mas no fue elegido sólo porque pueda vender una película: tras varias colaboraciones, es parte de la sustancia del cine de Almodóvar, ambos son casi familia. Sólo él podía representar al realizador manchego en la pantalla grande.

Para este último, el filme comporta la asunción de su vejez, y es ahora, con la perspectiva de los años, que se remonta a su más temprana juventud, como si estirase los brazos para no dejar escapar de su imaginación ningún trocito de su vida. Observa asombrado lo que ha hecho, y nosotros también. Aunque está lejos de ser una autobiografía formal, Dolor y gloria es una obra íntima y contemplativa, inusual para él, colmada de múltiples referencias a su filmografía, y llevada a cabo con el aplomo y la humildad de un maestro en su oficio, quien, además, nos provoca con preguntas en torno a sí mismo.

Salvador está debajo del agua en una piscina la primera vez que lo vemos. Está aguantando la respiración en cuclillas, con los pies firmes en el fondo. Sus brazos extendidos, los ojos cerrados. Un flashback lo muestra a él de niño y a su madre, Jacinta (Penélope Cruz), a la orilla de un río junto a otras mujeres fregando ropa. Las lavanderas luego improvisan un baile flamenco al compás de una tonada típica, y el niño las mira con ternura. Es una escena muy conmovedora. Entonces el adulto despierta bajo el agua y caemos en la cuenta de que ha terminado un ejercicio de rehabilitación: una gran cicatriz cruza su columna vertebral. Este hombre no está bien. ¿Acaso la tranquilidad de la piscina le trajo recuerdos del vientre materno?, ¿querría volver ahí?

La enfermedad tiende a privarnos de la distracción del movimiento; y en ese silencio, es natural que la mente nos lleve a las personas que extrañamos. Es el estado sagrado en que uno se critica y no puede evitar sino amar y perdonar a los demás. Almodóvar conoce esto, emergiendo aquí más como un enfermero devoto de sus personajes que un director.

El énfasis en la enfermedad y su enfoque clínico evidencian la conexión profunda del cineasta con la realidad y con el sufrimiento del prójimo. No es novedad que en las últimas décadas el cinismo de Laberinto de pasiones (1982) o Tacones lejanos (1991), se transformó en una caridad casi cristiana, vista en Todo sobre mi madre (1999) o Hable con ella (2002). Los protagonistas que denunciaban la hipocresía sexual de la España franquista, fueron reemplazados por enfermos o quienes los atienden. La compasión que lo une a ellos es tan poderosa que los límites entre ambos suelen difuminarse, y en Dolor y gloria uno podría decir que incluso ya no están, porque él se está auscultando a través del alter ego que es Salvador.

El guion de Almodóvar sugiere misterios, desplegando una autoridad estética que ojalá pudiera apreciar Alfred Hitchcock, una de sus mayores influencias. Durante una notable secuencia animada, cuyas espirales evocan las que Saul Bass diseñó para los títulos iniciales de Vértigo, la voz resignada de Banderas nos describe diversos padecimientos, que el compositor Alberto Iglesias convierte en onomatopeyas musicales en su partitura: tinnitus, el pulso de un electrocardiograma, una paz de súbito quebrada por violines como gritos de dolor en medio de la noche.

La memoria se activa por la sensualidad de los cuadros: el color rojo por doquier, degluciones de píldoras, música, agua. La escenografía está organizada en cada fotograma de manera que exprese una zona de la psiquis de Salvador, como si él mismo estuviera detrás de la cámara decidiendo qué y cómo visionamos.

Cuando recibe la noticia de que un infame largometraje que hizo en los 80, Sabor, ha sido seleccionado para un ciclo de filmes reevaluados como clásicos, no lo toma con agrado: nunca le gustó Sabor y desde el estreno que no habla con el actor principal, Alberto Crespo (Asier Etxeandía), con quien presentaría una proyección pública. Podría hacer las paces con el pasado que lo atormenta. En su lugar, y motivado por su depresión, comienza a usar la heroína de Alberto como una forma eficaz de evasión; los numerosos medicamentos que toma no bastan, necesita una droga más fuerte. Es, asimismo, una rebelión contra su cuerpo, quitándole el derecho de autodestruirse.

Para todo artista, el mundo interior es fuente de los placeres más deleitosos. En el caso de este artista, los achaques crónicos reprimen el goce, y no tiene más opción que producir arte para sentir la satisfacción del resultado final y dotar su malestar de propósito. Su genio es compensado con la aflicción de su cuerpo, como si Dios interviniera en equilibrar el orden de las cosas. Es una bendición perversa. Banderas le confiere a esta criatura enclenque una sutileza táctil: bordea el renqueo, comunica un universo de sentimiento bajando la voz, cada movimiento de sus extremidades es tan preciso que uno se imagina los músculos tensos y la sangre apresurada. Salvador es el mejor papel de su carrera.

Y la creatividad del personaje logra manifestarse de modos inusitados. Un hombre llamado Federico (Leonardo Sbaraglia) asiste a un monólogo teatral de Alberto, pues sabe que se trata de él y también quién es el verdadero autor de la pieza: Salvador, con quien fueron más que amantes pasajeros, y es como si el insoslayable poder del arte hubiese propiciado un reencuentro. Banderas es particularmente conmovedor aquí, transmitiendo con simples miradas una honda fragilidad, como buscando una aprobación en los ojos del otro, y la presencia material de Federico es suficiente para sanar las incertidumbres de su alma.

En su memoria persiste sobre todo la indeleble Jacinta, interpretada por Cruz y Julieta Serrano en diferentes edades. Cruz le insufla fuego a esta mujer, que ama a su hijo más que a nadie, aunque vive frustrada por no poder protegerlo mejor de la pobreza y las tentaciones de los hombres. Luce como una Sophia Loren y su actitud frontal es la de Anna Magnani; el DVD de Mamma Roma (1962), protagonizada por Magnani y dirigida por Pier Paolo Pasolini, es visible en el cuarto de estar de Salvador adulto, plantado como un signo visual para que rastreemos la intertextualidad.

Cuando ella es mayor, Serrano entra en escena como una especie de homenaje póstumo a la tremenda Chus Lampreave, quien personificó a varias abuelas en algunas de las cintas más famosas de Almodóvar, aludidas en diálogos diáfanos: que está mal de los remos, que se siente regularcilla, y hasta habla de su antigua vecina Petra. Tales declaraciones están extraídas de La flor de mi secreto (1995), donde Lampreave interpretó a Jacinta, la madre manchega de la novelista Leo Macías (otro alter ego del director). Encima, uno de los vestidos de Serrano parece estar estampado de las flores de los créditos finales de Volver (2006).

Ahora bien, Cruz y Serrano no se parecen físicamente en nada. Almodóvar quiere que advirtamos sus diferencias, que veamos a las actrices y cómo canalizan tanto a su propia madre como el espíritu de todas las actrices que han trabajado con él. Es uno de los gestos meta narrativos más dulces del filme.

Sin embargo, Dolor y gloria no pretende que sepamos todo sobre su madre. Ni sobre él. Nos mistifica con Salvador. Navegamos su mente entre tinieblas, mientras se retuerce en la piel que habita, hasta un puerto luminoso, quizá divino. El cine está ahí para sanarlo. Todo el dolor vale la pena. Merece la gloria. Y en especial Pedro Almodóvar.

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