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Omar Lara o la celebración del encuentro

Tulio Mendoza Belio

Premio Municipal de Arte de la Ciudad de Concepción (2009).

Así como José Saramago nos cuenta en su emocionante discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura 1998, que el hombre más sabio que conoció en toda su vida fue su abuelo Jerónimo, un campesino que no sabía leer ni escribir y que de él aprendió el arte y la magia de la escritura gracias a las historias y a los sucesos que muchas veces le contó bajo una higuera, así también nuestro poeta Omar Lara nos dice: “Siempre digo que la influencia mayor fue la de mi abuelo Juan, un campesino y carpintero que sabía de las cosas más que todos los sabios y me las decía con su silencio, que era más elocuente que cien discursos.”

Traigo a colación esta feliz coincidencia porque la poesía de Omar Lara es, fundamentalmente, una celebración del encuentro. Ya podemos apreciar cómo opera la tradición literaria, cómo adquieren sentido las correspondencias de Baudelaire y el azar de Mallarmé. Ya Omar Lara lo dice en uno de sus poemas: “La poesía/ ¿Para qué puede servir/ Sino para encontrarnos?” Pero esta pregunta-respuesta que es como un abrazo y una bienvenida, despliega sus significados mayores, como lo hace toda gran poesía, cuando ese “encuentro” adquiere, paradojalmente, un significado más acotado: encuentro en el lenguaje, en la memoria, en la solidaridad, en la justicia, en la amistad, en el amor. Y es que el encuentro es también coincidencia (a veces choque, confrontación), oposición, contradicción, discusión, entrevista, concurrencia, competición, relación amorosa. De modo que la poesía comienza a ser diálogo, conocimiento intuitivo, experiencia de la vida: elementos claves en la visión de mundo de este poeta del Sur de Chile, una de las voces imprescindibles de nuestra poesía.

Es interesante que una poesía en la cual las interrogantes (“…porque al final,/ no estamos más que preguntando.”), tienen una nítida presencia y cuyas respuestas, como señala el crítico Edson Faúndez, “parecieran quedar siempre diferidas”, tengan en la pregunta-respuesta que hemos citado, más bien un carácter de una verdadera arte poética que de un aplazamiento.

Hemos dicho “celebración del encuentro”, porque esa celebración también lleva consigo la tristeza y la nostalgia de la pérdida, del paso del tiempo y por este motivo y casi como un antídoto perturbador y subversivo, pueden hacerse patentes, en esta poesía, la sonrisa, la ternura y la dulzura como nuevos aspectos esenciales en la configuración del mundo poético del autor de “Argumento del día” y es lo que, acertadamente, señala Gilberto Triviños, en el prólogo del libro de Lara, “La nueva frontera”. Desde esta perspectiva, cobra plena vigencia el íntimo sentido que emparenta el fundamento de los inicios literarios de Saramago y Lara y un nuevo sentido también para comprender en una dimensión más situada, lo que se ha denominado “larismo” (de “lar”: hogar, casa). Otra feliz coincidencia es que este término tenga una relación fónica con el apellido del poeta y que su editorial se llame LAR: Literatura Americana Reunida. En Chile, como sabemos, es Jorge Teillier quien, en sus conocidas proposiciones de 1955, desarrolla la poesía de los lares: “afirma que el poeta es un hermano de las cosas, habitante del mundo que siente nostalgia de la infancia y del paraíso perdido; su tarea es conservar el recuerdo del orden inmemorial de las aldeas y los campos, de un mundo familiar, humano como dijera Rilke.” (Carrasco 1990: 75). Sin embargo, ese nuevo sentido de la poesía lárica, es además ruptura en Omar Lara: “Y no somos nostálgicos/ Y si somos nostálgicos/ Lo somos del mañana./ No de ayer.” (“Papeles de Harek Ayun”, p.42).

El poeta Omar Lara funda desde la palabra y con ella, un espacio signado por un hondo sentido humano y romántico (en el mejor de los sentidos de este término: la constante búsqueda de la libertad, la conciencia del yo, la obra “abandonada”, nunca terminada, en el sentido de Valéry, etc.). Sólo así podemos entender que la fabulación en Portocaliú, ese ya mítico espacio lariano, esa otra voz, ese espejo de nosotros (así como Macondo en García Márquez o Comala en Juan Rulfo), sea la celebración siempre de ese encuentro, de esa sonrisa que nos falta o que nos duele dar, de esa “arma cargada de futuro” que nos enseñó Gabriel Celaya y que Omar Lara nos regala para ser mejores.

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