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PERSONA / PERSONAJE

Conocí a Eugenio Salinas como mi alumno de arquitectura en la entonces Sede Concepción de la Universidad Técnica de Estado, hoy Universidad del BioBío. Era profesor normalista y había ejercido su profesión por varios años antes de querer ser arquitecto. Casi toda una vida después y siendo yo, por encargo del rector Augusto Parra, uno de los fundadores de la carrera de Arquitectura en la Universidad de Concepción, Eugenio  trabajó allí como un par entre nosotros por otros cuantos años, y tuvimos la oportunidad ambos de ser “partners” para dirigir uno de los principales talleres, la más clásica asignatura en esa carrera. Después el tuvo un Taller propio, en los primeros cursos de la carrera que se destacó por su singularidad.  Eugenio siempre desbordó creatividad e imaginación, además de darnos clases a los neófitos de pedagogía verdadera, la que siempre está al debe en las universidades profesionalizantes, como lo son la mayoría de las tradicionales. Siempre he dicho que en la docencia universitaria la mayoría de los profesionales hacemos “academia” como aficionados. No era el caso de Eugenio.

Cuando la entonces “nuestra” carrera dejó su etapa inicial de partida (siempre la más creativa y estimulante) y pasó a ser facultad y asumieron autoridades rígidas y formales, un efecto de las “máquinas” que suelen generarse y operar en la universidades (por prestigiosas que estas sean), éstas decidieron unilateralmente deshacerse de Eugenio, y entonces él simplemente desapareció de nuestras vidas y se negó al contacto con sus otrora pares, fuesen sus detractores o sus defensores; tal vez rebeldía pura y natural, aunque creo que con resabios amargos para él y para muchos. En todas las escuelas de arquitectura debe haber siempre personajes como Eugenio: son necesarios (recordemos la inigualable Bauhaus, nuestro casi siempre utópico modelo). Desde entonces nuestro amigo se aisló del mundo “académico” en su querida ciudad chorera, Talcahuano, donde pudo laborar y donde pudo buscar y valorar al extremo las raíces patrimoniales del territorio porteño, compartiendo su valioso  “background” con su gente y sus numerosas y francas amistades, y tal vez sin darse cuenta, haciendo academia profunda y verdadera simplemente con lo cotidiano: insólito y genial. Disertó y escribió libros sobre la historia y la vida urbana, sobre los oficios simples y terrestres como los de los “maestros” de la construcción, con humor y poesía.

En nuestro ámbito regional los personajes con brillo, con radiación y contenido humanista son en verdad escasos, y si hubo aquí alguien al que había incuestionablemente que conocer, ese era Eugenio Salinas Hernández: incalificable, insólito y personalísimo,  personaje al fin y al cabo, en todos los amplios significados de esa palabra. En esta mitad del año Eugenio se nos fue y ni nos avisó. Nuestros paisajes regionales y los  suelos urbanos no serán ya los mismos sin su alegre, erudita, sólida, observadora presencia.

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