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SONG TO SONG

2017, dir. Terrence Malick.

Terrence Malick es, a su propio modo, un provocador. No en la talla de otros como Lars von Trier o Gaspar Noé, quienes frecuentemente recurren a imágenes explícitas y descarnadas – sino allí donde provoca al espectador a cuestionar su propio sistema de valores. ¿Creemos que la gramática del cine, y su propósito general, son direcciones fijas e inamovibles? ¿O es posible moverse por otras corrientes de significado? Muchísima gente asocia a Malick con lo peor de aquel mal denominado “cine arte”: pretencioso, aburrido, lleno de sí mismo y, paradójicamente, vacío. Aquellos calificativos no son gratuitos, ni haré el ejercicio burdo de hacer vista gorda de lo mucho que el cineasta ha caído en una auto-parodia, pero sí me interesa explorar los modos en que, dadas las condiciones apropiadas en que el espectador decide acompañarlo a través de sus viajes esotéricos, Malick sí es capaz, para bien o para mal, de ofrecer lo primordial que debiésemos buscar en una obra de arte: una experiencia estética.

Resumir la “historia” en Song to Song es innecesario, casi burdo. Desde The Tree of Life (2011) el realizador se ha ido deshaciendo progresivamente de las convenciones y exigencias de la narrativa habitual, optando por una aproximación muy similar a un flujo de consciencia. No hay trama per se, ni desarrollo de personajes como lo conocemos, sino un seguimiento intermitente y errático de figuras que deambulan constantemente, colisionando con circunstancias y entre ellos mismos. Aquí, los personajes de Rooney Mara, Ryan Gosling y Michael Fassbender, inmersos en la escena musical de Austin, Texas, entretejen una exploración de los misterios del amor y el desamor, cada uno involucrándose con distintas personas, viviendo con cada una de ellas “una canción” distinta.

Si uno decide acompañar a Malick y su cámara errante, abandonando todas nuestras preconcepciones y expectativas, algo curioso sucede. La película se transparenta por completo: uno puede ver el proceso de los actores mientras se desnudan bajo las direcciones del realizador, se vuelve cómplice de un ejercicio que no se diferencia mucho del ensayo de una obra. Es allí, en momentos que bordean lo errático y lo crudo, lo impoluto, en que reside el potencial emocional que Malick busca; entonces, uno no está viendo una construcción pre-calculada, sino un registro cuasi documental de una escena en que los actores están palpablemente viviendo el instante, desnudos, expuestos. Es sabido que Malick está constantemente detrás de la cámara, musitando nuevas instrucciones (lo que a su vez significa que casi todo el sonido de la escena debe ser reconstruido en posproducción), llevando la escena en direcciones inesperadas que a su vez evocan reacciones espontáneas en sus actores. Esa crudeza, junto a la intimidad que destila de los constantes monólogos de cada personaje, es finalmente el motor que conduce nuestro viaje emocional como espectadores.

Por supuesto, también hay que recordar que uno saca de una obra lo que trae a ella. Es perfectamente plausible ver Song to Song o cualquier obra del excéntrico cineasta y considerarla una completa bazofia demagógica, argumentando que comentarios como el presente son resultado de una inhabilidad para juzgar con mesura y cayendo, como muchas veces, en el error de atribuir a la construcción de una obra las respuestas emocionales que ya se traían en el bagaje con anterioridad. Una cosa es cierta: Malick no es un realizador que apele a la indiferencia. Se lo ame u odie, está casi destinado a obtener una respuesta de sus espectadores.

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