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Teletrabajo, pandemia y crisis

Patricio Schwaner Saldías

Docente de Filosofía Universidad Católica de la Santísima Concepción

La pandemia con sus propias inclinaciones nos ha llevado a una forma de trabajo que jamás imaginamos, para muchos esta nueva forma de hacer sociedad ha llegado con una brusquedad inusitada, y es que como conversaba con un gran amigo, creíamos tener todo lo necesario para salir adelante a través del uso de las tecnologías, pero nos hemos dado cuenta de que, aun así, nos enfrentamos a innumerables obstáculos en nuestro quehacer cotidiano.

Sin lugar a duda los esfuerzos que se están realizando son abismantes, tantos que muchos de nosotros estamos trabajando más allá de nuestras jornadas habituales con tal de desarrollar- en la medida de lo posible- un sano proceso educativo.

Ahora bien, es en medio de esta profunda realidad en la que me he cuestionado hasta que punto valen la pena estos esfuerzos, fundamentalmente porque reconozco que, en algunos casos, no pasa de ser una lógica unidireccional, en la que los docentes concentran todo el peso (al enseñar) y los estudiantes, tan solo aparecen como meros espectadores, denotando con esto la ausencia del diálogo necesario en todo proceso educativo, que busca formar hombres y mujeres con pensamiento propio.

Desde esta perspectiva, la tecnología aparece como una herramienta útil, mas no plenamente convincente, en tanto ha ido mermando las relaciones humanas en las que el debate, la discusión y el punto de vista diferente tenían espacio dentro de una sala de clases. Hoy por su parte, nos encontramos frente a una realidad virtual, en la que solo basta con conectarse a la hora indicada, asumiendo que con eso basta. Atrás han quedado las ideas reflexivas individuales, las preguntas de análisis y la posibilidad de participar activamente en un proceso conjunto.

Quizá nuestra sociedad se encuentra alejada de la reflexión desde hace mucho tiempo, y el contexto de esta pandemia no hizo más que reabrir la profunda herida del pasado.  Vale decir, todo esfuerzo que estamos haciendo no resulta suficiente para soslayar una praxis estudiantil arraigada, en la que existe una dimensión alienante y psicológicamente disruptiva que se ha incrementado con esta pandemia.

Por otra parte, en el contexto de esta crisis hemos sido conscientes de la importancia que la familia posee en nuestra sociedad, puesto que, a la hora de forjar experiencias educativas, el rol de los padres resulta fundamental para que sus hijos, se sientan con plena confianza en el cumplimiento de sus metas y aspiraciones.

Soy testigo de que nos ha tocado vivir un periodo complejo de nuestra historia, en el que, pese a todo el avance tecnológico, no estamos a la altura de las circunstancias, es decir, reafirmo la necesidad del cuestionamiento filosófico- antropológico como herramientas de conocimiento humano y de cuestionamiento personal, la invitación es a forjar espíritus críticos y responsables de su propio caminar estudiantil.

En síntesis, reconozco la labor docente, pues a través de ella se está alcanzando un contacto que nos permita “mantener cierto grado de normalidad”, aun cuando reconozco que tiene sus deficiencias, y que muchos profesores de nuestro país están llevando adelante, con muchas dificultades, este proceso virtual. Sin lugar a duda, creo que vale la pena el desafío; pues no debemos olvidar que las naciones se construyen cuando somos capaces de vencer la adversidad.

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