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Una aproximación al ser intencional y al referente personal para la construcción de respuestas justas

Rodrigo Pulgar Castro

Doctor en Filosofía. Académico U. De Concepción.

Esta semana fuimos testigos de un acto de eutanasia asistida, homicidio para algunos (juicio que no comparto). Una mujer española que llevaba 30 años sufriendo de esclerosis múltiple, declara querer tener pleno dominio de su vida, y poder decidir desde sí misma el día y la hora de su muerte. Su esposo en un acto de humanidad acepta respetar, a pesar de su propio dolor, ayudarla a morir. La ley en este caso es dura, pues a pesar de los atenuantes: deseo claro y explícito de querer morir por una causal objetiva, el juicio al que será su esposo sometido probablemente lo condene a dos o tres años de presidio. Lo descrito, sirve para reflexionar un poco, no mucho pues carezco de conocimiento jurídico, sobre el tema de lo justo o injusto de la norma legal. Es una primera aproximación, pero queda abierto el debate. La aproximación es general y se hace desde la filosofía. De suyo, no existe el ánimo de ser conclusivo.

Dice o enseña la Filosofía que todo pensar es intencional, pero este carácter intencional no es independiente de una referencia desde el cual la conciencia se activa. En ese activar de la conciencia el sujeto del pensar rompe o supera el circuito de la inmanencia entendida psicológicamente como auto-referencia. Así, en el pensar, el objeto se instala convocando al sujeto que, a su vez, otea una verdad en el objeto que pretende ser aprehendida no solamente aprendida, vale decir: comprendida en su teleología, por tanto, cómo ella transcurre y cómo ella al final se revela en su sentido para quien por ella pregunta.

En el continente de la referencia nos topamos con múltiples factores que dan cuenta de su constitución: experiencias vitales que cubren un espectro que va desde lo considerado erróneo a lo estimado un acierto; pero las referencias son también o provienen del campo de las estructuras formales, por ejemplo, educación, la cual, sabemos, cubre un tiempo que en lo mínimo deseable son 12 años, tiempo suficiente para que cualquier persona internalice las normas culturales que son las usadas como criterios en la construcción de su mundo y a la vez reconozca el valor de otros modos de vida, de otros sentidos sobre la vida e incluso sentidos sobre la muerte. En el universo de las referencias se hallan los mensajes internalizados, creencias, fe en algo o en alguien, formas ideológicas, principios, normas, en fin: modos de ser en gran parte culturales que orientan el hacer cotidiano, dentro de los cuales la ética es esencial como lo es la ley por su carga fundamental al ordenar desde el acuerdo racional la armonía social tal como muestra el sacrificio de Sócrates.

Mas es sabido que en primera y última instancia no todo lo legal es justo. Esto muchas veces tiene relación con varias situaciones cómplices: control del poder legislativo, juegos de mayorías y minorías, quiénes conforman las cámaras legislativas, tipo de sistema político, peso de los grupos de interés que actúan como grupos de presión y que -en no pocas ocasiones- cautivan el apoyo de actores relevantes por medios no legítimos (lo ilegítimo de cierto actuar está en duda desde el momento donde lo ético interviene como factor de juicio para evaluar el mérito o demérito normativo o derechamente el comportamiento de ciertos actores sociales y políticos). Súmense a lo dicho y más, las presiones de la propia conciencia religiosa, factores de culpa que afloran en el segundo que cierta demanda aparece en el escenario del foro público poniendo en tela de juicio la consistencia de lo que se cree, ergo, el desnudar la debilidad en el sujeto de sus creencias. En fin, todo un conjunto de mecanismos de control objetivo y subjetivo las más de las veces asociado a quienes tienen o han tenido el poder socio-político y económico. Aquí lo cultural lo dejamos fuera pues corre paralelo y como substrato de las variables indicadas y que, por tanto, merece ser leído bajo patrones de su propia naturaleza; de una que es más compleja que cualquier factor asociado a lo puramente socio-político y económico, por ejemplo: territorialidad.

El escenario habla de una constante presencia de la variable crisis. Ésta, en cuanto concepto  que refiere sucintamente a los cambios exigidos por los procesos de ajustamiento propios de la existencia, corre más veloz que la ley. Cuando hay conciencia de aquello, la ley descubre su propia crisis y la sociedad corre la aventura de buscar otras y nuevas formas de orden jurídico que sean capaces de responder a los nuevos componentes materiales de justicia. Mas  no es fácil. El juicio de la conciencia se tensiona por la existencia que al reconocerse libre pide correcciones y, a veces, respuestas de total novedad. Pero  el cuestionamiento sobre qué ley, qué norma es la más adecuada para satisfacer la demanda, pasa por diversos modos interpretativos. Uno de ellos es la urgencia que mediatiza la interpretación, lo cual puede ser simplemente un engaño de la conciencia que confunde los tiempos. Es aquí donde la referencia interviene como mecanismo orientativo. Y ¿qué sucede si el referente desde donde se  tensiona la respuesta es otro u otra  que sufre la más absoluta precariedad como es el caso de la mujer que pide su muerte? El desafío de responder es una convocatoria de humanidad, pero por sobre todo de humanización para con aquel o aquella que sufre de modo permanente lo que se considera desde las ciencias de la salud una vida alejada de la vida mínimamente soportable. De una que implica la sensación de estar en un castigo permanente como si de expiar alguna culpa se tratase.

La experiencia del dolor humano cuando lo transmite quien lo lleva como un compañero vital toda su existencia o gran parte de ella y, además, lo reconoce como tal por el juicio de su conciencia, obliga a discutir  sobre qué norma jurídica es la más adecuada a la norma social siempre dinámica. Norma que en su seno tiene presente, o debería, el imperativo de justicia del ser personal. Lo paradójico, que los términos de la reflexión implica suspender la intencionalidad individual, vale decir, el yo  como punto de anclaje o referente principal de la reflexión. Aquí suspender no significa eliminar, significa un más  ajustarse a lo que el prójimo solicita desde su autonomía, vale decir: el otro u otra  que pide respeto de su dignidad, de su libertad y conciencia. Todos ellos factores que lo hacen ser persona.

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2 Comentarios en Una aproximación al ser intencional y al referente personal para la construcción de respuestas justas

  1. Extraordinario trabajo señor Pulgar.
    Cuando aprenderemos a proteger a quienes de verdad, nos dieron vida,seguridad, conocimiento y sabiduría.
    Si estuviéramos detrás de parejas como esta…quizás evitaríamos decisiones tan duras, pero quizás ineludibles.

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