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VENEZUELA: UN EMPATE FATAL

Rafael Luis Gumucio Rivas

Profesor de Historia. Ex director Instituto de historia Universidad Católica de Valparaíso.

Una de las características de la política venezolana es la existencia de una oligarquía, cuyo árbitro principal son los militares: en el fondo, el madurismo ya no es una alianza cívico-militar sino que fundamentalmente militar. Los 2.500 generales son los dueños del aparato de Estado, por ello hasta ahora, el Presidente Nicolás Maduro posee el monopolio de la fuerza.

La militarización del poder en Venezuela ha condicionado la estrategia de Juan Guaidó, al verse obligado a intentar el quiebre de las Fuerzas Armadas, especialmente al grupo de los 2.500 generales (recuérdese que una cantidad de altos oficiales existía en la República española de 1931, cuya culminación  fue el golpe militar de 1936 y la guerra civil que le siguió, con la cifra de un millón de muertos). Hasta ahora sólo ha logrado el apoyo de una ínfima minoría del poderoso ejército venezolano.

La existencia de la diarquía, que caracterizó al poder imperial romano en plena decadencia, (me permito remitir al lector a las obras de Edward Gibón, de Arnold Tonybee y de Oswaldo Spengler, a fin de conocer a fondo las características de una oligarquía) que en el caso venezolano Maduro tiene el poder de la coerción y Guaidó el de la movilización popular.

En el caso de una sociedad en que los militares se constituyen en árbitros de conflictos, la resolución del empate fatal no tiene más salida que la catastrófica, es decir, la guerra civil o el golpe de Estado – o si prefieren, el <autogolpe> -, (así ocurrió en la roma imperial y en muchos países de esta era).

Cuando los militares se apropian del poder no hay otra salida que un golpe de Estado, (fue lo que ocurrió en Chile en 1973 cuando a partir del paro de octubre de 1972 los militares empezaron a tener papel protagónico en el gobierno de Salvador Allende), en el caso venezolano, hasta ahora la mayoría de los oficiales de alta graduación están con Maduro y, posiblemente un alto porcentaje de militares de menor graduación podrían apoyar a Guaidò.

De producirse un quiebre de las Fuerzas Armadas Bolivarianas la salida de la crisis de poder no podría ser otra que la guerra civil, con fatales consecuencias, no sólo para Venezuela, sino también para el resto de América Latina. En este plano, me declaro radicalmente antimilitarista, pues los militares, sean de derecha o de izquierda, siempre son enemigos de la democracia y de los derechos humanos, (los nazi-fascistas y la implantación de la dictadura del proletariado han  sido procesos históricos fatales para el desarrollo de la humanidad).

Como en las peleas de boxeo, los púgiles venezolanos terminaron empatados por puntos, el día 30 de abril. Al comienzo,  Guaidó se anotó varios puntos: en primer lugar, la orden de liberación de Leopoldo López, ejecutado por los militares rebelados;  en segundo, con el avance del día Maduro comenzó a ganar puntos, quedando de manifiesto que la asonada no era más que un cuartelazo por parte de un puñado de militares, que ni siquiera alcanzó la categoría de cuasi golpe de Estado, pues no alcanzaron a llegar al Palacio de Miraflores; en tercer lugar, a pesar de que logró masividad, los civiles que seguían a Guaidó no demostraron suficiente fuerza para asaltar el “Palacio de Invierno” venezolano; en cuarto lugar, fue decisiva la intervención de Padrino López, ministro de Defensa, acompañado de todos los generales y almirantes de las Fuerzas Armadas, burlándose y minimizando el cuartelazo sosteniendo que el país estaba en calma.

En el caso de la asonada del 30 de abril, estoy en parte con el análisis que realizó Ignacio Walker, a través de distintos canales locales de televisión, en el sentido de que lo ocurrido estuvo  muy lejos de ser una rebelión popular, y mucho menos un golpe de Estado; no fue otra cosa que un cuartelazo fracasado, (me permito remitir al lector a los cuartelazos acaecidos en Chile luego de la caída de Carlos Ibáñez del Campo, en 1931, que incluye a la República Socialista de los doce días, y, por otra parte, a los más contemporáneos tacnazos durante el gobierno de Frei Montalva y del tanquetazo, en el Allende; los chilenos no olvidamos que el “tanquetazo” no fue más que un ensayo del golpe de Estado que vendría el 11 de septiembre de 1973).

El ingreso de Leopoldo López a la embajada de Chile y posteriormente a la española, no permite pensar que el cuartelazo fracasó por ahora. Guaidó, por segunda vez, se equivocó en su apreciación táctica de la realidad, pues tanto en el Puente Simón Bolívar, como en la carretera de Altamira y en las afueras de la Base Aérea de La Carlota sólo tenía  una minoría ínfima del ejército venezolano.

Aunque no lo pregonen, Guaidó sigue decepcionando con su incapacidad y sus mentiras a sus socios norteamericanos, y conduciendo a movilizar a sus seguidores, sin ningún respeto por sus vidas y su integridad. (Los chilenos tenemos siempre presente que los dirigentes de extrema derecha,  Patria y Libertad, se asilaron en la embajada de Ecuador ante el fracaso de fallido cuartelazo en el tancazo). El ultraderechista venezolano, Leopoldo López, hizo otro tanto en las embajadas de Chile y España sucesivamente.

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