
EDITORIAL. HAY QUE
Estamos viviendo en nuestro país, ad portas de entrar en la tercera década del siglo XXI, en la era de los “hay que”, que la vemos manifestarse por la ya inveterada costumbre de postergarlo todo, proyectos mal elaborados e inconclusos de todo tipo, planes reguladores urbanos estancados en versiones no actualizadas en más de una década, problemas en la educación que se mantienen pendientes, desempleo creciente y la economía que está, prácticamente descarrilada, echando mano a la desgastada y obsoleta “teoría económica neoliberal del chorreo”, la que –nos aseguran desde el gobierno— vendrá a mejorar las condiciones de vida de los estratos empobrecidos en unos treinta años más, a costa de endeudar el país a niveles no vistos en muchos años. No vemos otra cosa diferente a una tomadura de pelo.
En cuanto a lo local, a los que toca a los penquistas, pencones, chiguayantinos y hualquinos –en las comunas más cercanas y colindantes a la cordillera de la Costa– vivimos en las pasadas dos a tres semanas acontecimientos notables que no habíamos visto en mucho tiempo: el principio del fin de una de las más afiebradas ilusiones en boga.
Nos referimos a las controvertidas intenciones –fuertemente apoyada por gobiernos pasados y el presente– de extracción de “tierras raras” mediante enormes excavaciones a cielo abierto por parte de un consorcio minero extranjero, a practicar en los cerros de Penco y otras de dicha cordillera y luego concentrarlas para la obtención de los óxidos lantánidos tan apetecidos por las grande potencias para la industria de alta tecnología relacionada con la energía y con la guerra. Todo ello mediante altamente contaminantes procesos físico-químicos con ácidos y otros compuestos.
La sufrida mayoría ciudadana ya está despertando ante las falsas promesas de fuentes de trabajo y los engaños de los vendedores del “bálsamo de Fierabrás”.
Tanto va el cántaro al agua, que a la larga se rompe. Vienen nuevos tiempos, si no mejores, por lo menos de cambios.
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