
BAJO LA NIEVE: POESÍA, ESCALARIDAD, CIENCIA E ILUSIÓN EN JUAN PABLO RIVEROS (Parte III de III)
| N. del E. La PARTE II de III se publicó en la edición de LVC del 13.09.2026 |
(Continuación)
————————————————————————————————————–
La principal contribución estética de esta propuesta radica en su capacidad para humanizar categorías abstractas sin reducir su complejidad. Una estrella distante, el ápeiron presocrático o una función matemática adquieren espesor simbólico al vincularse con el amor, el duelo, el silencio, la memoria y la muerte. En consecuencia, la obra demuestra que el pensamiento científico puede incorporarse a la poesía no como ornamento erudito, ya que no es la cita o referencia antojadiza, sino que se incorpora como forma sensible-cognitiva de interrogación existencial, como en el extenso poema sobre el físico Dirac.
Paul Dirac
…
¿Océano o mar de Dirac?
un modelo teórico del vacío
i. e.,
un mar infinito de partículas con energía negativa,
un sinfín de pares de partículas que aparecen y desaparecen
de forma casi simultánea.
Dijo:
Hay una gran similitud entre los problemas previstos
por el comportamiento de los átomos
y los previstos en el presente
por las paradojas económicas que enfrenta el mundo.
Su hija Mónica recuerda:
le encantaba nadar
pero solo en ríos, lagos, canteras abandonadas,
o en el mar.
Su obra:
Como un ciego
palpando un copo de nieve
(Bajo la nieve, p. 23-31)
En Anaximandro, Riveros desplaza su exploración hacia el ámbito de la filosofía presocrática, el texto no se limita a ilustrar una doctrina filosófica, sino que la reinscribe en una escena subjetiva donde la abstracción metafísica adquiere densidad emocional.
ANAXIMANDRO
Si del apeiron,
de lo que las cosas vienen a ser lo que son,
y a ello retornan,
ellas mutuamente se enjuician y expían según la merced del tiempo,
entonces
echemos todo en un baúl,
apiñemos los fracasos
iras y rencores,
perjuicios y dolores
para que tornen prontamente a su origen.
(Bajo la nieve p.16)
Frente a la ley cósmica del retorno, el hablante propone depositar fracasos, iras, rencores, perjuicios y dolores. El recurso escalar configura una escena doméstica (echar al baúl) en un contraste con la amplitud metafísica del concepto original: lo infinito y lo cotidiano se entrelazan en una misma operación poética. El baúl puede leerse, así, como figura del olvido, del archivo interior y del deseo de liberación.
El tiempo aparece personificado como una instancia soberana que regula, transforma y finalmente absorbe la experiencia humana. Bajo su dominio, los dolores son proyectados, hacia un “mundo paralelo/de las cuestiones perdidas”, expresión que sugiere simultáneamente pérdida, tránsito y posible purificación. La sanación no se concibe como cancelación del sufrimiento, sino como entrega de éste a un orden temporal que lo reconfigura.
La clausura del poema introduce una promesa de transparencia: una figura femenina, deliberadamente ambigua, aparece “limpia y cristalina como nunca lo fue”. Dicha figura puede interpretarse como representación de la vida, del alma, de la memoria o de una relación afectiva. En cualquiera de estas lecturas, la pureza no implica restitución de un estado originario, sino configuración de una claridad nueva, alcanzada después del despojamiento.
El recorrido por las teorías y por los teóricos de las ciencias físico-matemáticas tiene -a mi parecer- su punto medular en el poema Paul Dirac -texto que es una conexión y proyección del Poema del cosmos- porque constituye uno de los ejemplos más nítidos de la articulación entre poesía y ciencia. Riveros construye una figura compleja del físico: un sujeto marcado por el silencio, la excepcionalidad intelectual y una concepción estética del conocimiento. Dirac no aparece únicamente como personaje histórico, sino como emblema de una racionalidad capaz de reconocer belleza en la abstracción formal.
Las secciones iniciales del poema se concentran en la economía verbal del científico. Las referencias biográficas -la rigidez paterna, sus respuestas mínimas y la anécdota de la unidad llamada dirac para medir una palabra por hora- no cumplen una función meramente anecdótica, sino que contribuyen a configurar una ética de la precisión. El silencio se presenta, por tanto, como una modalidad de pensamiento y como resistencia frente a la dispersión retórica, un ideal que Riveros ha perseguido en su creación poética.
La afirmación de que la verdadera lengua de Dirac era la matemática permite comprender la inclusión de fórmulas en el poema como un procedimiento estético y no solo informativo. La ecuación se incorpora al campo lírico como una forma de condensación, exactitud y apertura semántica. En este sentido, el texto cuestiona las fronteras convencionales entre discurso científico y discurso poético, proponiendo una continuidad fundada en la búsqueda de formas rigurosas para expresar lo invisible e inasible.
La figura de Dirac se densifica mediante las referencias a Einstein, Hawking y Graham Farmelo, voces que sitúan su obra en el límite entre genialidad, belleza y extrañeza. La ecuación del electrón, asociada a la predicción del espín y de las antipartículas, se presenta como una estructura mínima capaz de abrir un universo conceptual completo. Riveros interpreta así la física moderna como una exploración poética de aquello que permanece fuera de la percepción inmediata.
Uno de los momentos de mayor intensidad interpretativa se produce cuando el Delta de Dirac deja de operar como abstracción matemática y se transforma en metáfora de una experiencia límite, en la que convergen estética y ciencia. La función que concentra una intensidad infinita en un punto se asocia al golpe súbito, al relámpago y a la noticia de una muerte de un ser amado. En esta operación, el poema logra convertir la precisión científica en una figura de afectación extrema.
El cierre del poema recupera una imagen de notable potencia simbólica: Dirac nadando en ríos, lagos o mares, como si el contacto con la naturaleza prolongara su búsqueda de simplicidad y transparencia. La comparación “como un ciego /palpando un copo de nieve” sintetiza la condición epistemológica que el texto atribuye tanto al científico como al poeta: ambos avanzan por aproximación, tanteando aquello que excede los límites de la percepción ordinaria y también configura la transposición escalar.
Desde esta perspectiva, el poema establece una relación productiva entre las llamadas dos perspectivas culturales: la científica y la humanística (cuestión ésta que trata en su ensayo Poesía y Ciencia, de próxima aparición). La sobriedad del lenguaje, la integración de fórmulas matemáticas, la presencia de anécdotas históricas y la intensidad lírica convergen en una representación del conocimiento como búsqueda de lo invisible. La física teórica aparece, entonces, no como materia ajena a la poesía, sino como una de sus posibles formas contemporáneas.
Parece desprenderse de lo que hemos dicho que el rescate que Riveros es, asumir y reinterpretar para su poética, una frase, que el parco Paul Dirac escribiera en una pizarra de la Universidad de Moscú: una ley física debe poseer belleza matemática. Aspecto fundamental para el físico y matemático británico, aunque para su época, era una idea descabellada, sin embargo, gracias a esta idea se llegó, más adelante, a la confirmación de la antimateria, otra idea que también se consideraba descabellada. Precisemos que, en rigor, la idea estética de Dirac era la simetría y la elegancia: si una ecuación es matemáticamente bella, debe ser físicamente real -comprobable-, y esta belleza matemática es inmutable. Riveros agrega la palabra simplicidad, aunque para Dirac no es lo mismo, por cuanto lo simple apunta hacia la inteligibilidad y no hacia lo estético. Claro que aquí estamos en el contexto de lo creativo y estético-literario, y para Riveros se asocian simplicidad y belleza: las leyes físicas / deben tener la simplicidad y belleza de las matemáticas (p. 30). A propósito de lo dicho, se entenderá que afirmemos que los textos literarios de Riveros requieren un lector activo y exigente.
Considerados en conjunto, los poemas examinados permiten reconocer en Juan Pablo Riveros una escritura que tensiona productivamente los límites entre saberes. Astronomía, filosofía antigua, física cuántica, espiritualidad indígena y experiencia afectiva se integran en una poética de carácter reflexivo, cuyo objetivo no consiste en simplificar el conocimiento especializado, sino en hacerlo perceptible desde el lenguaje literario. La respuesta que ofrece Riveros no es doctrinal, sino propiamente poética: convertir el pensamiento en imagen y la imagen en una vía de conocimiento. De este modo, su escritura confirma la vigencia de una poesía capaz de dialogar con los saberes contemporáneos sin renunciar a la densidad emocional ni a la exploración formal.
A modo de conclusión:
La lectura de Bajo la nieve, en diálogo con el conjunto de la obra de Juan Pablo Riveros, permite afirmar que estamos ante una escritura que ha construido, con notable persistencia, uno de los proyectos poéticos más singulares de la literatura chilena contemporánea. Su obra no se limita a representar el sur austral como paisaje geográfico, ni a convertirlo en simple escenario de contemplación melancólica. Por el contrario, ese territorio extremo -marítimo, frío, insular, histórico y cósmico- se vuelve una forma de pensamiento, una sensibilidad y una ética de la mirada. En Riveros, el paisaje no acompaña al sujeto: lo constituye, lo interroga y lo sitúa ante la fragilidad de toda existencia.
Desde Nimia (1980) hasta Bajo la nieve, (2025), pasando por De la tierra sin fuegos, Libro del frío, Poema del cosmos, Picton (Shukaku) y Aguanieve, se advierte una continuidad profunda: la búsqueda de una palabra capaz de pensar la intemperie. Esa intemperie es física, porque remite al frío, al viento, al hielo, al mar y a los confines australes; pero también es histórica, porque recupera la violencia ejercida sobre los pueblos originarios y sobre las memorias borradas; y, finalmente, es metafísica, porque enfrenta al ser humano con la vastedad del universo, con la precariedad del conocimiento y con la imposibilidad de poseer una verdad definitiva.
En ese recorrido, Bajo la nieve aparece como una obra de madurez, en la que confluyen las principales preocupaciones de Riveros: el tiempo, la memoria, la pérdida, el silencio, la belleza, la ciencia, el mito y la pregunta por lo real. La nieve, más que un motivo climático, funciona como imagen totalizadora: cubre, borra, conserva, oculta y revela. Bajo ella permanecen los restos de la historia, las huellas del dolor, las preguntas del conocimiento y las formas inestables de la presencia. Por eso, el título del libro puede leerse como una clave poética: debajo de lo aparentemente blanco, quieto y silencioso, se agita una compleja red de sentidos.
Uno de los aportes más relevantes de esta obra consiste en su capacidad para articular ciencia y poesía sin convertir la primera en simple dato erudito ni la segunda en mero comentario emocional. Las referencias a la astronomía, la física, la matemática, la filosofía presocrática y a la cosmología, no operan como adornos culturales, sino como procedimientos de indagación. Riveros transforma esos saberes en imágenes, ritmos, tensiones y preguntas. Así, la luz de una estrella, una ecuación, el ápeiron, la incertidumbre o la belleza matemática se vuelven formas sensibles para pensar la ausencia, el amor, la muerte, el límite y la ilusión.
En este sentido, el recurso escalar adquiere una importancia decisiva. Riveros desplaza constantemente la mirada desde lo mínimo hacia lo inconmensurable, desde el rostro amado hasta Betelgeuse, desde un baúl doméstico hasta el origen indefinido de las cosas, desde una fórmula matemática hasta el estremecimiento provocado por una pérdida. Esta operación no busca solamente producir contraste, sino mostrar que lo humano y lo cósmico participan de una misma trama. La pequeñez del sujeto no anula su importancia; más bien la intensifica, porque lo sitúa en una red de correspondencias donde cada experiencia íntima puede abrirse hacia una dimensión universal.
La presencia de conceptos como maya, manitú, wakan, Hunab Ku o el pensamiento de Alce Negro demuestra, además, que la poesía de Riveros no opone ciencia y mito, sino que los aproxima como modos distintos de aproximarse a lo invisible, a lo inefable. Tanto la mirada chamánica como la observación astronómica revelan que la realidad no se entrega de manera transparente. Todo lo visible llega mediado por la distancia, por el tiempo, por la memoria o por la interpretación. De allí que la afirmación “Todo es ilusión” no deba entenderse como negación del mundo, sino como conciencia de su inestabilidad y de su carácter siempre diferido.
Asimismo, la figura de Paul Dirac permite comprender con especial claridad la afinidad que Riveros establece entre precisión científica y condensación poética. La sobriedad verbal, la búsqueda de simplicidad, la belleza matemática y el silencio aparecen como valores compartidos entre el físico y el poeta. Ambos intentan nombrar aquello que se resiste a la percepción inmediata; ambos avanzan por aproximaciones, tanteos y formas rigurosas; ambos reconocen que la belleza no es un lujo ornamental, sino una vía posible de acceso al conocimiento. En esta convergencia se funda una de las zonas más originales del libro.
Por otra parte, la obra de Riveros exige una lectura activa, atenta y dispuesta a cruzar disciplinas. No se trata de una poesía hermética en el sentido de cerrada sobre sí misma, sino de una poesía que confía en la inteligencia del lector y lo convoca a participar en el proceso de interpretación. Sus poemas no entregan respuestas concluyentes; más bien abren zonas de incertidumbre donde conviven emoción, conocimiento, memoria y asombro. Esa exigencia no debilita su potencia comunicativa, sino que la confirma: leer a Riveros implica aceptar que la poesía también puede pensar con rigor.
Desde esta perspectiva, la escasa difusión crítica de su obra resulta particularmente problemática. Si la literatura chilena ha tendido muchas veces a organizar sus valoraciones desde centros culturales y académicos específicos, la poesía de Riveros obliga a desplazar esa mirada hacia otros territorios, otras tradiciones y otras formas de experiencia. Su escritura amplía el mapa poético nacional, no solo porque incorpora el extremo austral como materia estética, sino porque lo convierte en un lugar de pensamiento universal. El sur, en su obra, no es periferia: es centro de interrogación histórica, ética, científica y metafísica.
Bajo la nieve confirma la coherencia y profundidad de una trayectoria poética que ha sabido unir paisaje, memoria, ciencia y contemplación sin sacrificar complejidad ni intensidad, imposible de abordar y abarcar en su integridad; queda por ejemplo, la notable incorporación y rescate que de Tesla hace Riveros, para representar el problema de la ciencia, los científicos y el uso/abuso económico-comercial, cuando la ciencia deriva a tecnología y su uso se controla desde el poder económico y para beneficio personal, Morgan, en el caso de Tesla.
Finalmente se puede afirmar que Juan Pablo Riveros escribe desde los bordes geográficos, pero también desde los bordes del lenguaje y del conocimiento. Su poesía nos recuerda que toda certeza es provisional, que toda imagen contiene una pérdida y que toda belleza verdadera nace del contacto entre claridad y misterio.
Bajo la nieve, entonces, no solo deja oculto el mundo: permanece también en la posibilidad de volver a mirarlo, pensarlo y sentirlo de otra manera, aunque sea: “como un ciego/ palpando un copo de nieve”.
En Rauco, Chiloé, agosto de 2026.
Déjanos tu comentario: