
La otra cara del CO2 [*]
| Tal vez un alimento para las plantas, pero también un veneno para las criaturas inteligentes. |
| Mis dos blogs principales, “El efecto Séneca («The Seneca Effect») y “La Tierra viviente” («Living Earth»), abordan conceptos diferentes: el primero (Séneca) trata principalmente sobre el colapso en términos socioeconómicos, mientras que el segundo (“La Tierra viviente”) se centra en el ecosistema terrestre. Obviamente, existe cierta superposición en muchas publicaciones: la ecosfera también está colapsando. Por ello, presento aquí una entrada de «Living Earth» que encaja perfectamente con la temática del blog Séneca. En la ilustración: Séneca se encuentra con Gaia. |
Ugo Bardi, 1 de septiembre de 2026
De “Futuribles”
La otra amenaza del CO₂

La idea de que el CO₂ es un veneno para el cerebro humano se está abriendo camino lentamente en la ‘memesfera’ humana. Así lo expone un artículo de Eduardo Martínez de la Fe.
Durante décadas, una pregunta ha estado presente en el trasfondo del pensamiento evolutivo: ¿por qué ningún dinosaurio, a lo largo de 170 millones de años, desarrolló una inteligencia comparable a la nuestra?
Tuvieron tiempo. Se enfrentaron a presiones evolutivas. Algunas especies, como el “Troodon”, incluso poseían cerebros relativamente grandes. Y, sin embargo, la barrera cognitiva persistió.
Un artículo en prepublicación de Ugo Bardi (profesor de la Universidad de Florencia y miembro del Club de Roma) ofrece una respuesta sorprendente: el CO₂ atmosférico pudo haber marcado el límite. Durante el Mesozoico, las concentraciones eran entre cinco y diez veces superiores a las actuales. Los dinosaurios vivían en una atmósfera que, sencillamente, dejaba muy poco margen metabólico para cerebros tan ávidos de energía como el nuestro.
Diseño de IA.
El freno metabólico
Inhalamos oxígeno y exhalamos CO₂. Sin embargo, cuando el dióxido de carbono se acumula en el entorno, el cuerpo pierde eficiencia a la hora de eliminar ese producto de desecho y la reacción que alimenta nuestras células comienza a ralentizarse. En términos sencillos: más CO₂ equivale a menos energía aprovechable.
Un estudio de 2024 realizado por el neurocientífico Richard Buxton, de la Universidad de California en San Diego, demostró que el equilibrio entre oxígeno y CO₂ en el tejido cerebral es crucial. A medida que aumentan los niveles de CO₂, disminuye la energía disponible para mantener la actividad neuronal.
Bardi toma este principio fisiológico y lo aplica a una escala de tiempo geológica. A lo largo de millones de años, a medida que descendían los niveles de CO₂ atmosférico (pasando de unas 1.600 ppm a las 280 ppm de la era preindustrial), la evolución pudo acceder a posibilidades que requerían un mayor gasto energético. Según su interpretación, el prolongado descenso del dióxido de carbono allanó gradualmente el camino para el desarrollo de cerebros más complejos. En este sentido, la inteligencia no fue simplemente objeto de selección natural, sino que se hizo metabólicamente posible.
Por qué esto es importante ahora.
Si en el pasado el CO₂ limitó la evolución cognitiva, el hecho de que sus niveles vuelvan a aumentar debería hacernos reflexionar. En mayo de 2026, las concentraciones de CO₂ al aire libre en Mauna Loa superaron las 432 ppm, la cifra más alta registrada en la era moderna.
No obstante, el problema más inmediato se encuentra en los espacios interiores. Ya existen pruebas experimentales que demuestran efectos cognitivos medibles a concentraciones habituales en aulas, oficinas y edificios con mala ventilación.
Un estudio del Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley (Lawrence Berkeley National Laboratory) reveló que, con una concentración de 1.000 ppm, el rendimiento en la toma de decisiones disminuía significativamente en seis de los nueve parámetros evaluados. Investigaciones de la Universidad de Colorado (University of Colorado) proyectaron que, de mantenerse las tendencias actuales, las concentraciones en interiores podrían alcanzar las 1.400 ppm a finales de siglo; un nivel en el que la capacidad de toma de decisiones podría reducirse un 25 % y el pensamiento estratégico hasta un 50 %. Asimismo, investigadores de la UCL han constatado un deterioro cognitivo en una parte considerable de los estudios analizados una vez que los niveles de CO₂ superaban esos umbrales.
El argumento de Bardi conecta ambas escalas (links these two scales): la historia profunda de la vida y el aire de las estancias donde pasamos la mayor parte de nuestro tiempo hoy en día. Desde un punto de vista biológico, es posible que estemos empujando a la atmósfera a regresar a condiciones menos favorables para una cognición compleja.
Una advertencia que merece ser tomada en serio
La investigación aún está en fase de revisión, y extrapolar la fisiología actual a toda la historia de la evolución es, obviamente, una apuesta audaz. Aun así, el patrón estadístico resulta llamativo y el mecanismo fisiológico subyacente se basa en estudios recientes revisados por pares.
Los estudios de prospectiva nos enseñan a prestar atención a las señales débiles. Este parece ser un caso de ello.
No es necesario esperar a que se esclarezca cada detalle paleontológico para extraer una conclusión práctica. Las evidencias médicas y medioambientales ya nos dan motivos suficientes para tomar mucho más en serio la calidad del aire, no solo a escala planetaria, sino también en escuelas, oficinas y hogares. Resulta inquietante pensar que la misma inteligencia que nos permite comprender las consecuencias de las emisiones podría ser una de las primeras capacidades que estas mismas emisiones pongan a prueba.
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UB
19/09/2026
[*] Fuente: 19.09.2026, desde el substack.com de Ugo Bardi “El efecto Séneca” (“The Seneca Effect”), autorizado por el autor.
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