«Es la duda la que mantiene joven a la gente. La certeza es como un virus maligno. Te contagia de vejez.»

Arturo Pérez-Reverte

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Confesiones de otro ingeniero del hidrógeno arrepentido

Ugo Bardi

Desde Florencia, Italia
Una tecnología zombi acecha al mundo
Hace casi 20 años, en 2007, publiqué un artículo titulado «Confesiones de un ex hidrogenista» [1] “Confessions of a repentant hydrogenist”, en el que describía la evolución de mi pensamiento: pasé de ser un entusiasta del hidrógeno —como vector energético y medio de almacenamiento— a convertirme en un escéptico absoluto. Marcos Rupérez Cerqueda ha recorrido un camino similar; aquí presento sus reflexiones.

No es que el hidrógeno, como molécula, sea algo malo. Pero, como tecnología, es un zombi que nos lleva acechando durante décadas. ¿Por qué tanto interés en una tecnología que, a estas alturas, está totalmente obsoleta? Probablemente por la sencilla razón de que los políticos prefieren las tecnologías que no funcionan. Quimeras inalcanzables que sirven para evitar cualquier cambio real. Además, una tecnología que no funciona siempre puede utilizarse para solicitar más financiación para proyectos de investigación.
Marcos Rupérez Cerqueda es un ingeniero industrial español que pasó años desarrollando proyectos de hidrógeno verde, hasta que los números le llevaron a abandonar la idea del hidrógeno como el gran vector energético del futuro. Relata esta experiencia en su libro “Inner Degrowth: From Energy Collapse to Existential Void” («Decrecimiento interior: del colapso energético al vacío existencial»), que cuenta con un prólogo de Antonio Turiel. En él, narra cómo alguien que creía firmemente en ello dejó, poco a poco, de creer.

¿Cómo terminaste dedicándote al hidrógeno?

Parecía la opción más lógica. Crecí rodeado de la idea de buscar soluciones medioambientales: mi padre es ingeniero y presidió una fundación ecologista, y vivimos en una de las primeras casas bioclimáticas de mi región en España. Por eso estudié ingeniería industrial y, después, cursé un máster en hidrógeno en la Universidad de Aalborg, en Dinamarca.

El razonamiento parecía impecable. La mayor parte de la energía que consume nuestra civilización no es electricidad; es combustible, calor, moléculas. Las energías renovables nos proporcionan electricidad. El hidrógeno se presentaba como el puente entre ambos mundos: producirlo a partir de energía eólica o solar, almacenarlo, transportarlo y, finalmente, quemarlo o volver a convertirlo en energía eléctrica cuando fuera necesario. Una molécula limpia para todo aquello a lo que la electricidad no llegaba. Por aquel entonces, no era una idea marginal; existía algo parecido a un consenso sobre el futuro a largo plazo.

¿En qué trabajaste exactamente?

En equipos reales, no en presentaciones. Pasé varios años en un centro de investigación sobre el hidrógeno en Aragón —la Fundación Hidrógeno Aragón— trabajando en proyectos aplicados: un vehículo de pila de combustible y el sistema energético de un velero que dio la vuelta al mundo. Electrolizadores, compresores, tanques, pilas de combustible… Equipos que estaban instalados y en funcionamiento, con datos medidos.

Esto es importante, porque mi desilusión no surgió tras leer a algún crítico, sino a raíz de la experiencia con los propios equipos.

¿Entonces, cuándo empezaron las dudas?

Poco a poco; y ahí reside lo incómodo. Al principio no hubo un momento revelador, sino pequeñas fricciones. Las cifras de eficiencia que aparecían en los folletos eran siempre algo mejores que las que nosotros medíamos. Cada componente, analizado por separado, parecía aceptable. El electrolizador «solo» perdía una cierta cantidad; el compresor, otra. Uno se acostumbra a evaluar cada etapa de forma aislada, y siempre es posible justificar cada una de ellas.

Luego, una tarde, mi socio y yo nos sentamos frente a una hoja de cálculo y analizamos toda la cadena, de principio a fin, para un uso muy habitual: electricidad renovable como entrada, electricidad como salida. Alrededor del 40 % de la energía se pierde en el electrolizador. Aproximadamente otro 10 % se consume en la compresión del hidrógeno para poder almacenarlo o transportarlo. Y la pila de combustible pierde entre el 40 % y el 50 % al convertirlo de nuevo en electricidad. De cada 100 unidades de electricidad limpia que se introducen, solo se recuperan entre 20 y 25.

Nos miramos. Una buena batería devuelve entre 85 y 90 de esas 100 unidades. No era una brecha que pudiera cerrarse con el siguiente prototipo.

¿No podría una mejor ingeniería solucionarlo?

En parte, sí, pero solo en los márgenes. El núcleo del problema es la termodinámica, no la ingeniería. Toda conversión de energía de una forma a otra conlleva pérdidas; utilizar el hidrógeno como vector energético implica encadenar varias conversiones sucesivas: electricidad a energía química, compresión o licuefacción, y luego, de nuevo, energía química a electricidad o movimiento. Se puede perfeccionar cada etapa, pero es imposible acortar la cadena.

Y la eficiencia es solo una parte de la historia. El hidrógeno es la molécula más ligera que existe. Por kilogramo contiene mucha energía, pero por litro, prácticamente nada; por eso, para almacenar una cantidad útil, hay que comprimirlo a cientos de bares o enfriarlo a unos 253 grados bajo cero, procesos que, a su vez, consumen más energía. Además, se escapa por las rendijas más pequeñas y vuelve frágiles algunos metales. Nada de esto supone un escándalo. Son, sencillamente, propiedades de la molécula, y un plan de negocio no las cambia.

¿Por qué siguió adelante el sector si las cifras eran tan claras?

Eso me sorprendió más que la propia física. Dentro del sector, mucha gente lo sabía. Se comentaba en los pasillos durante las conferencias, en conversaciones privadas; pero casi nadie lo decía desde el estrado. La financiación pública, los anuncios y los titulares seguían alimentando la misma promesa, a pesar de que la brecha entre lo que se presentaba y lo que arrojaban las hojas de cálculo era enorme. Carreras profesionales, subvenciones y empresas —incluida la mía— dependían de que esa narrativa se mantuviera.

Mucho tiempo después leí las «Confesiones de un ex hidrogenista» [1] de Ugo Bardi, escritas en 2007, y reconocí toda la trayectoria: el entusiasmo, las primeras dudas, el momento en que los números se imponen. Lo que más me llamó la atención fue que aquello se había escrito casi veinte años antes. La «economía del hidrógeno» parece resurgir en oleadas, y cada una se presenta como si las anteriores nunca hubieran existido.

¿Queda algún lugar para el hidrógeno?

Sí, pero muy limitado. El hidrógeno ya es esencial como producto químico —para la fabricación de fertilizantes y en las refinerías—, y producirlo de manera limpia es un objetivo legítimo. El error nunca fue el hidrógeno en sí, sino presentarlo como un vector energético universal: para automóviles, para la calefacción doméstica o para el almacenamiento de electricidad a gran escala. En esos usos, la física hace que se pierda la mayor parte de la energía antes de que esta llegue al usuario final.

¿Qué ocurrió al analizar otras tecnologías con esa misma mirada?

Observé el petróleo tal como había analizado el hidrógeno —despojándolo de las etiquetas que me habían enseñado a aplicarle— y descubrí una realidad opuesta. El petróleo es extraordinario: es denso, estable, puede permanecer almacenado durante años sin perder energía y permite transportar energía a través del planeta a un coste muy inferior al de cualquier otra alternativa. Eso no significa que sea «bueno»; lo que indica es que el problema nunca consistió en encontrar una tecnología sustitutiva «mágica». La cuestión es que toda nuestra civilización industrial se sustenta en una sustancia extremadamente difícil de reemplazar, a la que, sin embargo, hemos tratado como si fuera un recurso inagotable.

¿Cuál es la lección que has extraído?

Que siempre hay que hacer el cálculo completo. La mayoría de nuestras creencias sobre la tecnología son cosas que nos han contado, no cosas que hemos verificado. En el caso del hidrógeno, me encontré en una posición que me permitió comprobarlo, y la creencia no resistió el análisis. Podemos plantear la misma pregunta respecto a las baterías, los combustibles sintéticos o cualquier otra tecnología que se presente como la pieza que, por fin, completa el rompecabezas: ¿alguien —incluido yo mismo— ha realizado el cálculo completo, o simplemente hemos decidido creer en ello?

Esa pregunta es el punto de partida de mi libro. El punto final es una historia más larga.

Marcos Rupérez Cerqueda es un ingeniero industrial español con un máster en hidrógeno por la Universidad de Aalborg. Trabajó durante años en proyectos de hidrógeno verde antes de empezar a cuestionar sus promesas; actualmente, se dedica al desarrollo de tecnologías para el medio rural en el Pirineo español. Es el autor de “Inner Degrowth: From Energy Collapse to Existential Void” (con prólogo de Antonio Turiel), disponible en https://www.amazon.com/dp/B0HKP51F57

Marcos Rupérez Cerqueda ruperezcerquedamarcos@gmail.com

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UB

16/10/2026

[*] Fuente: 16.10.2026, desde el substack.com de Ugo Bardi “El efecto Séneca” (“The Seneca Effect”), autorizado por el autor.

N. del E.:

[1] “Confesiones de un ex hidrogenista”.

https://laventanaciudadana.cl/confesiones-de-un-ex-hidrogenista/

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2 Comentarios en Confesiones de otro ingeniero del hidrógeno arrepentido

  1. Otro detractor del hidrógeno verde (H2V) es el ingeniero Pedro Prieto. En un breve extracto de una entrevista relativamente larga, explica por qué el H2V no es viable como vector energético.
    Acá se adjunta el enlace del vídeo «The green hydrogen story – La milonga del hidrógeno verde»:
    https://www.youtube.com/watch?v=EzYMtKP3of4

  2. Nuevamente leemos un excelente artículo de Ugo Bardi, un ex hidrogenista, relatando la historia de otro de los tantos ex y detractores del hidrógeno verde: el ingeniero Marcos Rupérez.
    Lo destacable es la explicación del porqué una idea tan absurda como esa, que nació y murió sin pena ni gloria, concitó tanto bombo y entusiasmo en Chile y en el mundo. (¡Los ‘políticos politiqueros’ pues!)