«Es la duda la que mantiene joven a la gente. La certeza es como un virus maligno. Te contagia de vejez.»

Arturo Pérez-Reverte

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Sumideros de carbono: una batalla perdida desde el principio [*]

Ugo Bardi

Desde Florencia, Italia
 Lo mucho de la naturaleza es poco frente al exceso de los humanos.
Ni siquiera la diosa Gaia podría extraer suficiente piedra caliza o silicatos para contrarrestar la cantidad de CO2 que los seres humanos están añadiendo atmósfera. (Imagen de Qwen).  
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Existe una idea que recorre el debate sobre el calentamiento global. Viene a decir, más o menos que, si dejamos que «la naturaleza siga su curso», el problema se resolverá. Crecerán más árboles y reabsorberán el dióxido de carbono emitido (al fin y al cabo, el CO2 es alimento para las plantas, ¿no?). O bien, una mayor cantidad de agua en la atmósfera generará más nubes que reflejarán la luz y frenarán el calentamiento global, ¿verdad? (una idea propuesta por el premio Nobel John Clauser). Cosas por el estilo. Así pues, solo hace falta darle un pequeño empujón a la naturaleza —plantando árboles, fertilizando los océanos y sembrando nubes— y ella se encargará de arreglarlo todo.

No es que estas ideas carezcan de verdad, pero chocan con una simple cuantificación. La naturaleza puede hacer mucho, pero ese «mucho» de la naturaleza es poco comparado con el «demasiado» de los seres humanos.

Permítanme ponerles un ejemplo de algo que surgió recientemente (gracias a Annalisa Bracco). Se trata de un artículo de Suhrhoff et al. (An article by Suhrhoff et al.) publicado en “Nature”, que plantea que el encalado —es decir, la adición de carbonato de calcio a los campos agrícolas— debería considerarse un sumidero de carbono. Ya no una fuente de carbono, como se había considerado hasta ahora en las evaluaciones del balance de CO₂ atmosférico.

¿Buenas noticias? Sí, en principio. Pero si se profundiza en la cuestión, se verá que hay muy poco motivo de alegría.

Para entenderlo, hay que recordar lo que estudiamos en el liceo sobre ácidos y bases. El carbonato de calcio (CaCO₃) es una base fuerte, mientras que la molécula de CO₂ es ácida. Si hacemos que reaccionen entre sí, el resultado es bicarbonato: Ca(HCO₃)₂

CaCO₃ + CO₂ + H₂O → Ca²⁺ + 2HCO₃⁻

Ya sé que son fórmulas químicas polvorientas y tremendamente aburridas, pero nuestra existencia depende precisamente de estas reacciones.

Ahora bien, supongamos que tomamos piedra caliza (una roca carbonatada), la trituramos hasta convertirla en polvo fino y la mezclamos con agua. Absorberá algo de CO₂ de la atmósfera para formar bicarbonato. Un sumidero de carbono.

¿Algo positivo? Sí, pero luego el bicarbonato será arrastrado hasta el océano, donde los organismos calcificadores lo convertirán de nuevo en carbonato para fabricar sus exoesqueletos. En principio, no es ni fuente ni sumidero. Sin embargo, para que el ciclo se complete hacen falta unos cuantos miles de años. Por tanto, se trata de un préstamo, no de una eliminación definitiva, aunque a corto plazo actúe como sumidero. Esto es algo que se sabe desde hace mucho tiempo.

Entonces, ¿qué sucede cuando los agricultores esparcen cal en sus campos? Lo hacen para neutralizar la acidez resultante de los fertilizantes. Los nitratos se forman cuando el amoníaco (NH3) se oxida, dando lugar a ácido nítrico, lo cual no es beneficioso para los campos. Al aplicar cal —que es una sustancia muy básica—, se neutraliza dicha acidez. Esto favorece a las plantas, ya que muchas de ellas no prosperan en suelos ácidos.

Ahora, hagamos un pequeño esfuerzo adicional para comprender el planteamiento de los autores del artículo. Dado que los fertilizantes acidifican el suelo, generan CO2 al reaccionar con los bicarbonatos presentes. La aplicación de cal reduce la acidez y, por consiguiente, las emisiones de dióxido de carbono son menores que si no se hubiera realizado dicho tratamiento.

Así pues, aunque el encalado aporta beneficios, existe un problema enorme: su efecto es demasiado insignificante para influir en la composición atmosférica. A continuación, se muestra la siguiente figura (las siglas CDR corresponden a “Carbon Dioxide Removal”, es decir, «eliminación de dióxido de carbono»):

Y se puede apreciar lo ínfimas que son estas cantidades. Si consideramos únicamente el tramo ascendente de la curva —es decir, los últimos cuarenta años, aproximadamente—, esos 400 millones de toneladas equivalen a unos 10 millones de toneladas anuales. ¿Ínfimas? Sí, verdaderamente ínfimas. Las emisiones de Estados Unidos rondan las 5 gigatoneladas (5.000 megatoneladas) de CO2 al año. El impacto atmosférico de aplicar cal en la región del Mississippi es del orden del 0,2 %: una cifra insignificante a todos los efectos.

Este ejemplo permite hacerse una idea de la magnitud del problema. Si recurriéramos al CaCO3 para compensar las emisiones de CO2 —aunque fuera solo como medida provisional—, tendríamos que contrarrestar unas 40 gigatoneladas de emisiones globales anuales. Esto implicaría extraer y triturar cerca de 90 gigatoneladas de piedra caliza cada año; una cantidad que supera en más de diez veces la extracción actual de este material.

Sería necesario crear desde cero una industria gigantesca, y no está nada claro que funcionara como esperamos. E incluso si así fuera, el alivio sería meramente temporal: sencillamente le trasladaríamos el problema a las generaciones venideras.

Un problema análogo se plantea con la meteorización artificial propuesta como técnica de eliminación de carbono. La idea consiste en hacer reaccionar el CO2 con silicatos para formar carbonatos. En este caso, la eliminación es permanente, al menos a una escala temporal de millones de años. Sin embargo, las cantidades de roca que habría que extraer y triturar son del mismo orden de magnitud que en el caso de los carbonatos. Algo inviable en la práctica.

Así están las cosas. La realidad se impone sobre las esperanzas. No existe una salida sencilla del infierno que nosotros mismos estamos creando.


UB

27/09/2026

[*] Fuente: 27.09.2026, desde el substack.com de Ugo Bardi “La Tierra viviente” (“The Living Earth”), autorizado por el autor.

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