«Cuántos te han robado la vida sin que tú te percataras de lo que perdías, cuánto se han llevado el dolor inútil, la alegría necia, la codicia ansiosa, la conversación huera, que poco te han dejado de lo tuyo: comprenderás que mueres prematuramente»

Séneca

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1 de mayo en un mundo de IA

Ismael Muñoz Henríquez

Académico Facultad de Medicina, U. Central

Cada Día Internacional de los Trabajadores devuelve una pregunta esencial: quiénes sostienen realmente la vida económica y social. En medio del avance acelerado de la inteligencia artificial (IA), esa interrogante adopta una forma contemporánea: ¿podrán las nuevas tecnologías reemplazar de manera sustantiva el trabajo humano? Sistemas capaces de redactar textos, procesar datos, automatizar decisiones y ejecutar tareas cognitivas han instalado la percepción de que numerosos empleos podrían desaparecer. Sin embargo, la evidencia histórica sugiere algo distinto: aunque la IA transformará múltiples ocupaciones, el trabajo humano seguirá siendo decisivo en la creación de valor y en el desarrollo colectivo.

No es la primera vez que se anuncia el fin del trabajo. La mecanización industrial, la electricidad, la informática y la robotización también fueron recibidas como amenazas. Ninguna abolió el trabajo humano como eje de la economía. Lo modificaron, desplazaron funciones y abrieron nuevas ocupaciones. La IA parece inscribirse en esa misma trayectoria, aunque con una novedad relevante: no solo automatiza tareas físicas, sino también actividades intelectuales y administrativas.

El error de muchos diagnósticos apocalípticos consiste en reducir el empleo a una suma de tareas repetitivas. Trabajar no es solo ejecutar instrucciones. Es interpretar contextos, resolver imprevistos, coordinar personas, ejercer juicio, asumir responsabilidades éticas y construir sentido compartido. Allí persiste una ventaja propiamente humana.

Una IA puede responder consultas, ordenar información o producir borradores en segundos. Pero enfrenta mayores dificultades para contener a un paciente angustiado, conducir una negociación compleja, comprender matices culturales en una sala de clases o deliberar ante conflictos de valores. La IA procesa información con velocidad; las personas interpretan significados y actúan en escenarios abiertos e inciertos.

Además, el valor del trabajo humano excede con creces la productividad técnica. También produce confianza, cuidado, creatividad, aprendizaje colectivo y cohesión social. Profesionales de la salud, docentes, trabajadores de oficios, técnicos y tantos otros no solo cumplen funciones: sostienen vínculos, transmiten experiencia y hacen habitable la vida común.

Incluso en sectores altamente tecnificados, la automatización exige supervisión constante. Los sistemas algorítmicos pueden equivocarse, reproducir sesgos o fallar ante situaciones no previstas. Por ello, más que eliminar trabajadores, muchas tecnologías redefinen funciones y elevan la demanda por nuevas competencias.

El verdadero debate, entonces, no es una supuesta guerra entre humanos y máquinas, sino qué integración tecnológica queremos promover. Si la IA se orienta únicamente a reducir costos laborales, concentrará beneficios y ampliará desigualdades; pero si se utiliza para aliviar tareas repetitivas, mejorar condiciones de trabajo y fortalecer capacidades humanas, puede transformarse en una aliada del trabajo digno y una reproducción más humana del mundo.

Por eso, aunque la IA llegue a ser una herramienta de apoyo clave para los trabajadores, las personas siguen siendo indispensables para el trabajo. Las que cuidan, enseñan, construyen, investigan, transportan, crean y organizan la vida común. A ellas pertenece esta conmemoración. Porque la máquina no madruga, y el mundo todavía se levanta temprano.