«Cuántos te han robado la vida sin que tú te percataras de lo que perdías, cuánto se han llevado el dolor inútil, la alegría necia, la codicia ansiosa, la conversación huera, que poco te han dejado de lo tuyo: comprenderás que mueres prematuramente»

Séneca

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El fuego.

Rafael Galdames Fuentes

Sociólogo CEUR- Universidad del Bío-Bío

Agua, aire, tierra y fuego constituyen cuatro elementos presentes en la psiquis humana como imágenes poéticas de las sustancias y fuerzas cósmicas. Por su parte, el símbolo del fuego transportaría al humano no solo a su propio pasado, que no es únicamente suyo, sino al pasado de los primeros fuegos del mundo. Mítica poética, siempre presente en la mente humana en diversas formas y al límite del conocimiento científico y tecnológico pero connatural a la imaginación y a la complejidad del saber.

Gastón Bachelard en “El conocimiento de lo simbólico y el mito del fuego en las culturas antiguas” ve a la imaginación como acicate del mito; donde novedad e imaginación o lo simbólico abre paso a la ciencia y al tránsito interactivo entre ambas. Aquí, la antropología tiene la palabra.

El mito es consustancial a la existencia humana y no hay organización posible sin su manifestación. El fuego tiene una connotación religiosa ligada a la divinidad. El fuego “en  llama” simboliza la acción fecundante, purificadora y iluminadora; pero presenta también un aspecto negativo, oscurece, sofoca por su humo y quema.

Lo ocurrido en la Región de Ñuble, en Biobío y la Araucanía y su avance a los bordes de las ciudades lo acusa; fuego, que aterra, devora y destruye. Es el fuego del castigo, del desinterés, de la negligencia y el olvido; o de disposición periódicamente reactiva, de responsabilidad de todos.

Porque el fuego y su magia embelesa. Produce un sentimiento de placer o admiración tan intenso que enfrasca en su disfrute a la persona que lo contempla y oye su furor. Cautiva. Y en su curso negativo, como en estos días, incluso convoca multitudes de personas que en condición motorizadas representan un obstáculo que retarda su control y enciende pastizales, arrastra bosques, destruye casas y vidas en su diversidad.

Sin embargo, en muchos mitos “el fuego” es mediador entre la naturaleza y la cultura; donde el mito es una forma de saber y tiene el valor de introducir a las nuevas generaciones en su quehacer formativo.

Representa un desafío de aprendizaje de poder destructivo y creativo. Su vivencia destructiva y contemplación convocante ameritan acuñar la experiencia vivida, gravitante en las personas cuyas vidas, viviendas y condiciones de trabajo fueron siniestradas, junto al horror del cielo y aire irrespirable y su secuela.

Ciencia y mito pueden complementar el entendimiento de una realidad compleja. Son expresiones de la misma esencia de la especie humana que se expresa y manifiesta en recursos mentales de intencionalidad divergente. De ahí que la presencia de capacidades tecnológicas, e incluso, ciento de aviones no sea suficiente. Es menester un entendimiento entre actores sociales e intereses diversos, a objeto de recuperar la amistad con este elemento fundamental de la vida natural, social e individual.

Un diálogo entre actores institucionales políticos, empresariales, urbanísticos, académicos y sectoriales de nivel central y regional, como de las comunidades territoriales y municipales, en particular de las áreas siniestradas es en consecuencia fundamental.

En la materia no habrá ya: “más excusas estadísticas sobre el furor de la intencionalidad humana”.

1 Comentario en El fuego.

  1. Gracias. Muy bien expresado, don Rafael: «En la materia no habrá ya: “más excusas estadísticas sobre el furor de la intencionalidad humana”.»
    Y la intencionalidad humana tiene muchas aristas, no solo la de los pirómanos o de los incendiarios probablemente contratados.
    Esto se veía venir, desde hace décadas, desde los años 60′, cuando las empresas forestales comenzaron a avanzar con gran ímpetu con sus plantaciones de pino y eucalipto. Para ello compraban campos agrícolas agotados por los monocultivos -principalmente de trigo-, a la buena e incluso a la mala. Insaciables, fueron copando prácticamente todas las serranías de las regiones de Maule, Biobío y Araucanía, hasta transformarlas en «desiertos verdes»; verdes porque de lejos las plantaciones se ven de color verde, pero adentrándose en ellas, su suelo es de color café-rojizo, desertificado, constituido por arcillas sobre las que otrora hubo bosques nativos y, por ende, suelo orgánico lleno de agua y vida, hoy seco y muerto.
    Cuando los campos comenzaron a escasear y necesitaban más terrenos, las forestales comenzaron a rozar a fuego grandes extensiones de bosques nativos (de fagáceas y otras especies) para así preparar el suelo para más plantaciones. La memoria se sumerge a propósito: hoy nadie habla de ello. ¿Porqué será?
    Ese suelo jamás se recuperará si no se termina de una vez con las plantaciones y se comienza con la ardua tarea de reconstituirlo, poco a poco, con mucha paciencia para devolverle la vida perdida. Es posible, en China lo han hecho,… y lo siguen haciendo: https://www.bcn.cl/observatorio/asiapacifico/noticias/restauracion-ecologica-meseta-loess-china
    Un largo camino comienza con un paso: empecemos.

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