
Europa ya le ha visto los dientes al Lobo.
Desde Murcia, España.
El calor extremo en Europa ya no es una amenaza futura. Es una realidad medible.
Un análisis de atribución climática muestra que, bajo las mismas condiciones meteorológicas, la ola de calor de junio habría sido aproximadamente 3,5 °C menos caliente en 1976 y 2 °C menos caliente en 2003.
El cambio es enorme: las noches extremadamente cálidas son hoy unas 100 veces más probables que en 2003, y los máximos diurnos, unas 10 veces más probables.
Durante junio se batieron récords en España, Francia, Reino Unido, Suiza y otros países europeos. El Reino Unido alcanzó 38 °C, nuevo récord nacional para junio.
Pero lo verdaderamente preocupante no es solo el termómetro. El calor empieza a afectar al funcionamiento de la sociedad: escuelas cerradas, hospitales bajo presión, restricciones ferroviarias, cortes eléctricos y aumento de las emergencias sanitarias. En Inglaterra se estimaron posteriormente 2.877 muertes en exceso asociadas a las olas de calor de mayo y junio.
La conclusión es difícil de ignorar: Europa está entrando en condiciones climáticas que hace apenas unas décadas eran extraordinariamente improbables.
Ya no basta con reaccionar después de cada ola de calor, incendio o sequía. La cuestión ahora es cómo construimos resiliencia para mantener funcionando las necesidades esenciales de la población cuando las condiciones normales dejan de ser normales.
J. Pagan
21.07.2026
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