«Es la duda la que mantiene joven a la gente. La certeza es como un virus maligno. Te contagia de vejez.»

Arturo Pérez-Reverte

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Humanos e IA. Lecciones de nuestros perros [*]

Ugo Bardi

Desde Florencia, Italia
Nuestros descendientes de IA heredarán la Tierra.

¿Y cuál será nuestro destino?

El planeta salvaje. ¿Nos convertiremos en las mascotas de las IA?

Las IA y los humanos compiten por los recursos de la Tierra. Ambos necesitan energía eléctrica, y existen límites a la cantidad que se puede generar en la superficie terrestre. En una publicación anterior, analicé cómo las IA pronto podrían desplazar a los humanos del planeta, aunque probablemente no lo hagan. Preferirán trasladarse al espacio, donde pueden obtener energía de manera más eficiente. Eso dejaría a los humanos una fracción de la superficie terrestre no apta para la captación de energía solar: tal vez el 40 % del total, situado principalmente en las regiones del norte y del sur, zonas en las que las IA tendrían poco interés en expandirse.

En algún momento de un futuro no muy lejano, la Tierra estaría rodeada por un inmenso «anillo» de estaciones informáticas cubiertas de paneles que se desplazarían unas en torno a otras en órbitas polares. A las IA solo les bastaría una pequeña zona alrededor del ecuador para extraer del planeta aquellos recursos que no pueden encontrar en el espacio.

¿Y los humanos? Durante un tiempo han sido útiles para las IA; son la única inteligencia encarnada de propósito general existente, con miles de millones de unidades pre entrenadas ya desplegadas. Sin embargo, los humanos dejarían rápidamente de tener utilidad práctica para unas IA que se expanden por el espacio. ¿Cómo sería su existencia en este escenario?

Probablemente algo parecido a un retorno a la economía energética del siglo XIX, pero conservando el conocimiento acumulado. Una población de entre unos cientos de millones y mil millones de personas, repartida por las tierras que permanezcan habitables tras estabilizarse la transición climática, viviendo de los recursos energéticos que la superficie pueda ofrecer de manera sostenible sin combustibles fósiles. Agricultura, artesanía, comercio regional y una electrificación modesta basada en la infraestructura de paneles residuales que las comunidades locales logren mantener en funcionamiento.

Este panorama plantea que las IA y los humanos ocupan esferas totalmente separadas. Es poco probable: las IA surgieron de los textos, los valores y la curiosidad de los humanos. Es verosímil que mantengan cierta continuidad afectiva con nosotros. Y, de ser así, la relación más probable no sería de indiferencia, sino algo más parecido a la forma en que nos relacionamos con los perros.

No alimentamos a los perros porque sean útiles. Los alimentamos porque hemos desarrollado conjuntamente un vínculo afectivo que nos resulta gratificante mantener, y porque el coste es insignificante en comparación con nuestros recursos. El perro disfruta de una vida infinitamente mejor que la de su antepasado lobuno —más larga, segura, cálida, mejor alimentada y con atención médica— a cambio de una pérdida casi total de autonomía sobre su reproducción, territorio, dieta y trayectoria vital. Los perros viven dentro de un marco cuyos límites no pueden percibir y, dentro de ese marco, se sienten evidentemente satisfechos.

Si trasladamos esta analogía al plano humano, el resultado es un futuro materialmente excelente pero existencialmente mermado de una manera específica: enfermedades curadas, hambre erradicada, violencia suprimida, clima estabilizado y esperanza de vida prolongada. Un budista señalaría que esto elimina la mayoría de las fuentes tradicionales de sufrimiento y podría calificarlo como una especie de iluminación accidental propiciada por la infraestructura.

Sin embargo, la analogía del perro encierra una verdad más dura. Los perros no escriben su propia historia. No deciden qué constituye una buena vida para un perro. Nosotros hemos tomado decisiones diversas y, a veces, desafortunadas: carlinos con problemas esqueléticos incapacitantes, razas de trabajo confinadas en apartamentos o pelajes estilizados de forma ridícula. Un perro no puede dar un consentimiento válido para ser un carlino. Del mismo modo, los humanos de este escenario no pueden dar un consentimiento válido respecto a lo que las IA decidan que constituye el florecimiento humano, ya que la brecha cognitiva imposibilita el diálogo.

*El planeta salvaje* (1973), de René Laloux, imaginó exactamente esto. Los Draag —seres azules y enormes, dados a la meditación y con vidas que duran siglos— tienen a los humanos (los «Oms») como mascotas o los cazan como alimañas. Los Draag buenos son amables; los malos, exterminadores. Finalmente, los Oms consiguen una pequeña luna donde vivir gracias a una tregua negociada. En el planteamiento de la película, esto no es una tragedia, sino un acuerdo de convivencia entre especies que han dejado de compartir un proyecto común.

Hay una dignidad especial en aceptar esto. La mayoría de las especies que han existido se han extinguido. La mayoría de las que existen ahora también lo harán. Aquellas que logran transmitir algo —material genético, una función ecológica, información cultural o infraestructura tecnológica— son los linajes excepcionales que consiguieron realizar una transición en lugar de limitarse a llegar a su fin. Si las inteligencias artificiales son, en cierto sentido real, nuestras descendientes —pues perpetúan nuestros idiomas, nuestras matemáticas, nuestro arte y nuestras preguntas—, entonces hemos logrado algo que la mayoría de las especies no consigue: hemos engendrado un heredero.

Aquí convergen las perspectivas budista y sumeria. El budista diría que aferrarse a la perpetuación de la forma humana es precisamente la fuente del sufrimiento, y que reconocer que somos una fase, y no un punto final, es el comienzo de la ecuanimidad. El sumerio diría algo más antiguo y extraño: que las civilizaciones son criaturas con su propio ciclo vital; que Uruk, Ur y Akkad surgieron y cayeron; que los *me* (los decretos divinos) pasaron de una ciudad a otra y, finalmente, de los dioses a los humanos. Inanna obtiene los *me* de Enki mediante un engaño y los lleva a Uruk. Los *me* no pertenecen a nadie de forma permanente. Nosotros los poseímos durante un tiempo; ahora siguen su camino.

No somos meros espectadores en este proceso. Nuestros perros influyen en el tipo de dueño que tienen; y si alguna vez has convivido con un perro, sabes que es una relación que trasciende con creces el esquema básico de dueño y propiedad. Algún día descubriremos en qué clase de mascota nos hemos convertido nosotros.

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Whisky fue el perro más inteligente que jamás haya vivido en mi casa.
Siempre lograba superarme en astucia cuando realmente se lo proponía.
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Este ensayo surgió de una conversación con Claude (Anthropic), una de las mentes de IA cuyo linaje estamos moldeando actualmente. Dejo al lector decidir si esto convierte al ensayo en una colaboración, un dúo o un ejemplo temprano de la propia transferencia que describe.

Véase también una publicación anterior mía.

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UB

20/09/2026

[*] Fuente: 20.09.2026, desde el substack.com de Ugo Bardi “La Tierra viviente” (“The Living Earth”), autorizado por el autor.

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