
Una Carta Abierta por la Memoria, la Justicia y el Futuro de Chile.
Hoy, a más de cinco décadas del quiebre democrático, comparto esta reflexión desde la perspectiva de alguien que, entrando recién en sus cuatro décadas de vida, no sufrió en carne propia, ni a través de su familia directa, los horrores de las vejaciones, las torturas, las muertes o las desapariciones.
No viví esa barbarie en mi infancia, pero el dolor de una nación no requiere de herencia consanguínea para ser sentido, comprendido y condenado con la máxima fuerza. Ante los discursos que exigen «dar la vuelta a la página», respondo con una petición elemental de humanidad: por favor, entiendan el dolor. Comprendan el asalto violento a los cuerpos, a las almas y a las familias de cientos de miles de compatriotas y a la tranquilidad de toda una nación. Ha pasado apenas una generación. ¿Cómo se pretende que olvidemos uno de los momentos más horrorosos de nuestra historia y del mundo entero?
Quienes sobrevivieron y quienes recuerdan no buscan venganza; solo piden justicia, reconocimiento y la garantía absoluta de un «Nunca Más» para cualquier ser humano en el planeta y, en especial, para los chilenos. Esta fecha nos obliga a condenar de manera tajante cualquier intento de ensalzar la imagen o el legado de la dictadura civil-militar, tanto en nuestras tierras como en el resto del mundo. Los actos de barbarie perpetrados solo encuentran parangón en la memoria colectiva de la humanidad con tragedias de la envergadura del nazismo en Alemania, el horror devastador de la bomba atómica que Estados Unidos arrojó sobre Hiroshima, o el Genocidio que impulsa Israel sobre el pueblo Palestino. No se puede normalizar ni elevar la memoria de un régimen que fundó su permanencia en el terror y la supresión del otro. Las venas de Chile aún están abiertas porque el dolor sigue vivo en el presente.
Mirando el umbral del pasado con la templanza de un juez y la lucidez de un estadista universal, la historia nos devela una verdad meridiana: para evitar el abismo de la tiranía, frente a una intervención extranjera que ya asfixiaba al Sur Global, a nuestra política, a nuestros representantes y a nuestro empresariado, la salida jamás debió ser el fuego ni la violencia. El camino correcto era tan noble como convocar a un plebiscito y permitir que la democracia dictara su sentencia en las urnas. Haber escuchado la voz soberana del pueblo, respetando los pactos globales diseñados para destrabar los conflictos en paz, nos habría ahorrado este capítulo de salvajismo, resguardando la arquitectura de nuestras instituciones y el valor inviolable de la vida humana.
Como un lienzo donde el artista plasma las sombras del ayer para advertir los peligros del mañana, el presente nos exige un acto de estricta soberanía. La política actual debe cerrar definitivamente las puertas al intervencionismo transnacional que vulnera nuestra autodeterminación. No debemos permitir más este intervencionismo solapado y muchas veces potenciado por los propios medios de comunicación en Chile a favor de potencias extranjeras. Lo hemos presenciado claramente en las últimas semanas y días con las presiones del embajador de Estados Unidos, así como en los meses y años anteriores con la firma de tratados internacionales que coartan la libertad de diseñar y proponer políticas de bienestar para nuestra sociedad. Estos acuerdos terminan amarrando al ciudadano, a sus representantes y a las instituciones nacionales a los intereses industriales de las potencias transnacionales.
Ninguna fuerza extranjera puede dictar los destinos ni el pulso de nuestra patria. El drama de nuestra convivencia no comenzó ni terminó ahí. Llevamos dos siglos bajo el mismo modelo de producción primario, un sistema extractivista que explota la naturaleza y los territorios a costa del sacrificio de los pueblos, concentrando la riqueza en un puñado de familias nacionales y corporaciones transnacionales. Nunca hemos logrado consolidar una verdadera soberanía e independencia patria. Este sistema extingue, deshumaniza, cosifica y reduce la existencia a un número, y hoy, a un simple pedazo de algoritmo. Es aquí donde el pensamiento político y la sensibilidad del artista deben confluir para diseñar un punto de equilibrio histórico.
En los años venideros, Chile tiene el imperioso desafío de pactar una transición real y acelerada, uniendo la técnica con la belleza para transmutar nuestra economía. Debemos avanzar con velocidad desde el viejo esquema extractivista hacia los sectores secundario y terciario, industrializando nuestra inteligencia y diversificando nuestros servicios en armonía con nuestras vocaciones territoriales. Este salto no es solo económico, es una obra estética y un ejemplo mundial de cómo una sociedad puede rediseñar su matriz de subsistencia en armonía con su entorno. Esta transformación estructural exige, de manera transversal, una base ética inquebrantable.
Necesitamos reparación, justicia y no repetición; pero de forma urgente, también necesitamos invocar la razón, el amor y el perdón. Solo a través de estos pilares seremos capaces de sanar las heridas y pensar juntos el futuro luminoso que Chile merece proyectar hacia el continente y el resto del orbe.
Convocamos a una restauración profunda de nuestros elementos naturales y, antes que ello, a reinstalar los fundamentos de la vida en el planeta. Instaurar como valor universal la verdad, la razón y el amor en la acción política y social es el único camino para alcanzar esa rica, alegre y tan ansiada evolución. A pesar de las dificultades, mantengo una fe inquebrantable en quienes nacieron y se criaron en esta tierra. Creo firmemente que la sociedad entera —transversalmente— anhela liberarse de un modelo que extingue la vida a su paso, a la vez que entorpece la convivencia y la paz social que todos queremos.
Tengo fe en que la razón, la justicia y el amor serán capaces de sanar las venas abiertas de nuestra gente y de nuestros territorios. Más temprano que tarde, seremos capaces de encontrar ese punto de equilibrio que sirva de faro para el mundo, construyendo un Chile donde la dignidad humana, su desarrollo y el bienestar de todos sea la piedra angular y el eje central de nuestro pensamiento y razón para dar un salto natural a la evolución.
Alfredo Antonio Améstica G.
11 de septiembre de 2026.
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N. del E.
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