«No se puede gobernar a base de impulsos de una voluntad caprichosa, sino con sujeción a las leyes. No se pueden improvisar fortunas, ni entregarse al ocio y a la disipación, sino consagrarse asiduamente al trabajo, disponiéndose a vivir, en la honrada medianía que proporciona la retribución que la ley les señala.»

Benito Juárez

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¿Hambrunas en el horizonte? Una advertencia que no podemos ignorar [*]

Ugo Bardi

Desde Florencia, Italia
Un documento del Club de Roma

Si alguien hubiera planeado matar de hambre a una gran parte de la población mundial, no podría haberlo hecho mejor que provocando guerras en algunas de las regiones clave para el suministro de alimentos: Ucrania, uno de los mayores proveedores mundiales de cereales, y el estrecho de Ormuz, que controla el abastecimiento de fertilizantes al resto del planeta. La alteración de un sistema de suministro de alimentos ya de por sí frágil amenaza con acarrear consecuencias desastrosas.

¿Pura insensatez o algo más? En realidad, eso no importa: la situación empeora día a día. Y nadie parece preocuparse. En este sentido, el Club de Roma se mantiene fiel a sus orígenes de modelización de la economía global, examinando aspectos que el debate convencional pasa por alto.

La inminente crisis alimentaria mundial: una advertencia que no podemos ignorar

Un llamamiento a la acción de los miembros del Club de Roma

Desde su fundación, el Club de Roma ha defendido el análisis y la acción sistémicos: “Los límites del crecimiento” (“Limits to Growth”) no predijo las crisis, sino que describió cómo se producirían si la civilización industrializada sobrepasaba los límites planetarios en múltiples dimensiones simultáneamente. Lo que presenciamos hoy en el sistema alimentario confirma dicho análisis.

En los últimos cinco años, el mundo ha pasado bruscamente de un choque sistémico a otro. La COVID-19 puso de manifiesto la fragilidad de las cadenas de suministro mundiales. La guerra en Ucrania perturbó el «granero de Europa» y sacudió los mercados de materias primas agrícolas en todo el mundo. Un tercer gran choque —la incertidumbre en torno al estrecho de Ormuz— ha alterado el suministro de combustibles fósiles y fertilizantes. De forma más silenciosa que una pandemia y menos dramática que una guerra, cobra fuerza ahora una crisis alimentaria mundial que podría tener consecuencias más graves que ambas. Aunque afecta con mayor intensidad a los países de ingresos bajos y medios, amenaza a todas las personas que dependen del sistema alimentario actual. Nosotros, los abajo firmantes, creemos que el tiempo de la complacencia ha pasado irremediablemente.

Resulta especialmente peligrosa la doble naturaleza de esta crisis: algunos impactos son inmediatos y visibles, mientras que otros se acumulan bajo la superficie y acabarán manifestándose con una fuerza devastadora. Comprender las causas exige pensar en términos sistémicos, algo que nuestras instituciones y responsables políticos —organizados en compartimentos estancos— se muestran peligrosamente reticentes a hacer. Un reciente análisis sistémico de la seguridad alimentaria en Europa (a recent systems analysis of food security in Europe) reveló que los «riesgos están cada vez más interconectados y son de naturaleza sistémica; esto significa que una perturbación en un ámbito —como una sequía en una importante región exportadora o un repunte de los precios de la energía— puede propagarse rápidamente a través de fronteras, sectores y etapas de las cadenas de suministro». La visualización de este escenario (visualisation of this scenario) resulta aleccionadora, pues muestra disturbios por alimentos en ciudades de toda Europa.

La agricultura moderna, tal como se practica en la mayor parte del mundo, consume mucha energía y depende de los fertilizantes. Los combustibles fósiles mueven la maquinaria, calientan los invernaderos, transportan los productos a través de los continentes y sirven de materia prima para los insumos agrícolas. La fabricación de fertilizantes sintéticos —base del rendimiento industrial— requiere un alto consumo energético. Dado que los precios de los alimentos siguen la evolución de los precios de la energía, los costes se han disparado hasta el punto de que los agricultores, tanto de países de ingresos bajos como altos, están comprando menos fertilizantes o prescindiendo totalmente de ellos (farmers across low-income and high-income countries are buying less fertiliser, or none at all). La cosecha del año próximo se está viendo comprometida hoy mismo, y la viabilidad de todo el sistema agrícola está en entredicho.

La geografía añade otra capa de riesgo. El estrecho de Ormuz —conocido principalmente como un punto crítico de estrangulamiento para el flujo mundial de petróleo— es igualmente vital para el comercio de fertilizantes, ya que por él transita una quinta parte del suministro global. Cualquier interrupción en ese estrecho corredor paralizaría el 90 % del tráfico de buques cisterna, bloqueando el 35 % del petróleo y el 20 % del gas natural licuado que circula por el mundo. Tal interrupción repercutiría en explotaciones agrícolas desde el África subsahariana hasta el sur de Asia y Europa, provocando un aumento del 20 % en los precios de los fertilizantes. La seguridad alimentaria mundial depende ahora de una franja de agua de 33 kilómetros de anchura. El economista jefe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) advirtió (chief economist of the Food and Agriculture Organization warned) que «la continua perturbación del corredor comercial del estrecho de Ormuz está provocando una de las crisis más graves en los flujos mundiales de materias primas de los últimos años, con importantes repercusiones para la seguridad alimentaria, la producción agrícola y los mercados globales». Aunque las reservas estratégicas de alimentos y combustible (Strategic food and fuel reserves)  se mantienen estables, sufrieron reducciones en numerosos países debido a las perturbaciones causadas por la guerra de Ucrania y la pandemia de COVID-19, por lo que actualmente se encuentran en sus niveles más bajos de las últimas décadas.

La crisis climática agrava todos estos problemas. La Organización Meteorológica Mundial es tajante: nos adentramos en un año marcado por un fenómeno de El Niño de una intensidad excepcional (entering an El Niño year of exceptional severity). Las sequías, las inundaciones y los monzones fallidos son realidades que ya se están manifestando, no riesgos hipotéticos. Estos fenómenos amenazan a la agricultura y a diversas regiones de distintas maneras: algunos lugares podrían verse beneficiados, pero muchos otros no. Entretanto, quince puntos de inflexión climática (15 climate tipping points) amenazan con provocar el colapso de los ecosistemas en la próxima década.

La geografía añade otra capa de riesgo. El estrecho de Ormuz —conocido principalmente como un punto de estrangulamiento crítico para el flujo mundial de petróleo— es igualmente vital para el comercio de fertilizantes, ya que por él transita una quinta parte del suministro global. Cualquier interrupción en este estrecho corredor paralizaría el 90% del tráfico de petroleros, bloqueando el 35% del petróleo y el 20% del gas natural licuado que circulan por todo el mundo. Tal interrupción tendría repercusiones para las explotaciones agrícolas desde el África subsahariana hasta el sur de Asia y Europa, provocando un aumento del 20% en los precios de los fertilizantes. La seguridad alimentaria mundial depende ahora de una franja de agua de apenas 33 kilómetros de anchura. El economista jefe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) advirtió que «la continua interrupción del corredor comercial del estrecho de Ormuz está provocando una de las crisis más graves en los flujos mundiales de materias primas de los últimos años, con repercusiones significativas para la seguridad alimentaria, la producción agrícola y los mercados globales». Aunque las reservas estratégicas de alimentos y combustible se mantienen estables, en muchos países se han agotado debido a las perturbaciones causadas por la guerra en Ucrania y la pandemia de COVID-19, situándose en sus niveles más bajos en décadas.

La crisis climática agrava todos estos problemas. La Organización Meteorológica Mundial es tajante: nos adentramos en un año marcado por un fenómeno de El Niño excepcionalmente intenso. Las sequías, las inundaciones y el fracaso de los monzones son ya realidades en curso, no riesgos hipotéticos. Estos fenómenos amenazan a la agricultura y a diversas regiones de distintas maneras; si bien algunas zonas podrían beneficiarse, muchas otras no lo harán. Entretanto, quince puntos de inflexión climática amenazan con desencadenar el colapso de los ecosistemas en la próxima década.

Por sí sola, cada una de estas presiones es grave. En conjunto, constituyen una crisis sistémica que no puede entenderse —y mucho menos abordarse— analizando cualquier factor de forma aislada. Es un error creer que los mercados de materias primas señalarán y propiciarán los cambios necesarios. Si bien a los grandes actores del mercado les va bien, cuestiones como la energía, los fertilizantes, el clima, las rutas comerciales, la economía agrícola y la geopolítica no son problemas aislados con soluciones independientes que puedan resolverse mediante la economía de mercado. Son nodos de un sistema interconectado en el que el fallo de uno amplifica la fragilidad de todos los demás.

La agricultura regenerativa puede resolver muchos de estos desafíos. Muchos agricultores que la practican no utilizan fertilizantes (Many practitioners use no fertiliser), sino que logran la fertilidad mediante la creación de suelos sanos. Sin embargo, los precios de las materias primas son demasiado bajos para incentivar a la mayoría de los agricultores a fomentar la resiliencia agrícola. Aquellos que sobreviven de una cosecha a otra tienen dificultades para realizar inversiones destinadas a restaurar la salud del suelo, diversificar cultivos o adoptar prácticas que hagan sus tierras más resistentes a futuras perturbaciones. El sistema está atrapado en una espiral descendente de falta de inversión, precisamente cuando se necesita lo contrario.

El camino a seguir no es un misterio, pero exige valentía e inversión. Una agricultura regionalizada, diversificada y regenerativa —que construye capital natural a través de suelos sanos, cuencas hidrográficas funcionales y biodiversidad— no solo es más sostenible en teoría, sino también más resiliente en la práctica y, una vez realizadas las inversiones iniciales, más rentable. No obstante, sus defensores suelen pertenecer a los sectores más desfavorecidos del mundo. Es preciso escucharlos, tomarles en serio y apoyarlos. La agroecología puede amortiguar los impactos que los monocultivos dependientes de la energía no logran resistir. Valora aquello que el sistema actual subestima sistemáticamente: la nutrición, la abundancia, la salud ecológica y la estabilidad a largo plazo frente al rendimiento a corto plazo. Sin embargo, su implementación a nivel sistémico requerirá desafiar los intereses creados de la agroindustria, que actualmente goza de subsidios perversos a escala mundial por un valor superior al millón de dólares por minuto.

Este llamamiento a la acción es multinivel, abarca múltiples lugares, es específico y audaz. Instamos a los órganos legislativos de todos los niveles —municipales, estatales y parlamentos o congresos nacionales— a que se reúnan específicamente para debatir sobre la inminente crisis alimentaria. Hacemos un llamamiento a la Asamblea General de la ONU para que coordine una respuesta sistémica. Las acciones necesarias son:

1. El compromiso de poner fin a las guerras que actualmente impulsan la crisis. De las tres perturbaciones —la COVID-19, la guerra contra Ucrania y la guerra en Irán—, dos son intencionadas y se ven agravadas por la creciente tendencia a utilizar los alimentos como arma. La mayor crisis humanitaria del mundo, la de Sudán —donde 14 millones de personas padecen hambre actualmente—, es totalmente de origen humano. Casi dos tercios de las personas que pasan hambre en el mundo lo hacen a causa de conflictos. Las naciones del mundo nunca deberían tolerar la guerra, pero la seguridad alimentaria mundial constituye una razón más para esforzarse más en lograr una paz sistémica. Sí, la paz puede parecer un deseo poco realista, pero este es el momento de recordar a la comunidad internacional que la paz es la razón de ser de la ONU. No se trata solo de un imperativo humanitario, sino de una condición esencial para alcanzar la seguridad alimentaria universal. Dado que los sistemas destinados a mantener a la población con vida carecen gravemente de financiación, no poner fin a los conflictos conlleva el riesgo de paralizar nuestra capacidad de respuesta ante desastres, catástrofes climáticas y escasez a escala mundial.

2. Los sistemas alimentarios deben fomentar una mayor diversidad y descentralización de los productores de alimentos. Esto reduce la dependencia de cadenas de suministro limitadas y mejora la nutrición. Más del 70 % de los alimentos en el África subsahariana provienen de productores a pequeña escala. Se logra una mayor producción regional aumentando la participación política de quienes trabajan la tierra. Esto implica garantizar los derechos de tenencia y el acceso a recursos comunes, como el agua. También supone aumentar la participación política, especialmente de las mujeres en países de ingresos bajos y medios.

3. También debemos diversificar las fuentes de nuestras calorías. La FAO contabiliza 7.000 alimentos aptos para el consumo —muchos de ellos ricos en calorías—, pero actualmente más del 50% de la nutrición humana proviene de solo tres cereales: trigo, arroz y maíz. Si se incluye la soja, estos cuatro alimentos cubren el 80% de las calorías alimentarias consumidas a nivel mundial.

4. El comercio local, especialmente entre países del Sur Global, reducirá la dependencia de los productores del Norte y del mercado mundial, mitigando así el impacto de las fluctuaciones de precios, que es lo que más afecta a la población. La autarquía es un sueño peligroso, pero fortalecer la producción alimentaria regional y local resulta imperativo para la seguridad alimentaria.

5. Es necesario transitar hacia un sistema alimentario que no dependa de los combustibles fósiles. Incluso si no se utilizan fertilizantes (y muchos pequeños agricultores no pueden permitírselos, ni tampoco maquinaria dependiente de energía, incluso antes de la crisis), cualquier interrupción en el estrecho de Ormuz perjudica al sistema alimentario mundial. Hoy en día, las energías renovables son más baratas que los combustibles fósiles en todas partes.

6. La producción de alimentos depende del capital natural. Los modelos que tratan la producción de alimentos como un proceso extractivo —una forma de minería— tienen los días contados. El sistema alimentario debe regenerar el capital natural, no agotarlo.

Esto no es teoría, es práctica. Sin embargo, son muy pocos quienes escuchan a las personas que trabajan sobre el terreno o aprovechan su experiencia y los conocimientos indígenas.

La implementación de estas soluciones es esencial para lograr la seguridad alimentaria mundial. Asimismo, ayudarán a resolver otros elementos de las crisis interconectadas: la desigualdad, el caos climático, la pérdida de biodiversidad, la degradación de los suelos y la escasez de agua. Estas medidas abordan la crisis nutricional que, en los países de ingresos altos, se manifiesta como un problema de obesidad y, en los de ingresos bajos, con demasiada frecuencia como un problema de retraso en el crecimiento y emaciación [*]. Los alimentos producidos mediante sistemas regenerativos poseen una mayor densidad de nutrientes.

La elección que tenemos ante nosotros es clara y aún está a nuestro alcance, aunque el margen de maniobra se reduce. Podemos transformar los sistemas alimentarios ahora mediante inversiones modestas y específicas: en prácticas agroecológicas, en reservas estratégicas y en apoyo a los agricultores para que la resiliencia sea una opción económicamente racional. O bien podemos esperar y sufrir el impacto de una crisis provocada por nosotros mismos: una crisis alimentaria que afectará primero y con mayor dureza a las poblaciones más vulnerables, pero que acabará alcanzándonos a todos. Sus consecuencias empequeñecerán los costos de la prevención.

Lanzamos esta voz de alarma para insistir en la urgencia de actuar a fin de evitar hambrunas masivas y abordar las causas profundas de la migración. La transformación de los sistemas alimentarios no admite más demoras. La ventana de oportunidad está abierta, pero no lo estará indefinidamente. Les invitamos a unirse a nosotros para implementar los cambios que garanticen la seguridad alimentaria para todos.

Firmantes:

Paul Shrivastava, copresidente del Club de Roma

Hunter Lovins, presidenta de Natural Capitalism Solutions

Miembros del Club de Roma

N. del T.

[*] La emaciación es un adelgazamiento patológico, es decir, una pérdida rápida, extrema y no deseada de peso y masa muscular, causada por una falta grave de comida o por una enfermedad.

(Fuente: Wikipedia)

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UB

20/07/2026

[*] Fuente: 20.07.2026, desde el substack.com de Ugo Bardi “La Tierra viviente” (“The Living Earth”), autorizado por el autor.

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