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¿DEMOCRACIA, QUÉ NOS PASA?

Maroto

Desde Canadá.

La democracia es un sistema de gobierno que ha sido definido de muchas maneras; esencialmente, es un modelo que permite que la ciudadanía se organice a través de la definición de reglas de participación y convivencia política y social, estableciendo mecanismos para que el ejercicio del poder y la toma de decisiones corresponda a las mayorías, con respeto a la dignidad humana, la libertad y los derechos de todos. En palabras de Abraham Lincoln, la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

¿Suena bien, cierto?

La ONG Latinobarómetro ha publicado recientemente su informe anual acerca del estado de las democracias en América Latina; este informe, emitido regularmente a partir del año 1995, recoge información de 18 países a través de la aplicación de miles de encuestas presenciales, entregándonos valiosos datos acerca de cómo la ciudadanía percibe diferentes aspectos de sus democracias.

Lamentablemente, de acuerdo a este informe, el panorama no pinta del todo bien.

Algunos datos duros a considerar en Latinoamérica:

  • Un 25% de los latinoamericanos se declara indiferente en relación al tipo de régimen de gobierno;
  • Un 53% de la población declara que la democracia es preferible a otras formas de gobierno (en Chile un 55% en claro retroceso en relación al 65% que lo declaraba en el 2015);
  • En promedio entre el 2002 y el 2017 un 69% declara que la democracia Churchiliana, con sus problemas, es aun el mejor sistema de gobierno (en Chile un 68%);
  • Un 30% se declara muy satisfecho o más bien satisfecho con la Democracia (en Chile un 36%);
  • En promedio la población califica el nivel de democracia en su país con un 5.5, donde 1 es no democrático y 10 es totalmente democrático (en Chile con un 5.8, siendo Uruguay el más alto con 6.9);
  • Un 21% considera que se gobierna para el bien de todo el Pueblo (en Chile un 15%):
  • Un 75% considera que los gobiernos gobiernan para unos cuantos poderosos y en su propio beneficio (en Chile un 81%)
  • Al preguntar acerca de los temas más importantes para confiar en las instituciones, un 59% considera que se trata a todos por igual (en Chile un 54%), se cumplen las promesas 40% (en Chile 43%) y se fiscaliza a las instituciones 33% (en Chile 57%);
  • Al preguntar acerca de la confianza en las instituciones, un 25% confía en sus gobiernos (en Chile un 28%), un 22% confía en el parlamento (en Chile un 20%) y un 15% confía en los partidos políticos (en Chile un 14%);
  • Al preguntar acerca de si es posible confiar en la mayoría de las personas, un 14% contesta afirmativamente (en Chile un 23%);
  • Un 76% considera que hay un conflicto muy fuerte / fuerte entre pobres y ricos (en Chile un 78%) y un 74% considera que hay un conflicto muy fuerte/ fuerte entre empresarios y trabajadores (en Chile un 75%);
  • Un 10% considera que la corrupción es el problema más importante de su país (en Chile un 12%), y al preguntar si enfrentados a un acto de corrupción se sentirían obligados a denunciarla, un 87% contesta afirmativamente (en Chile un 76%).

Retomando la definición de Lincoln, pareciera que la población Latinoamericana percibe la democracia de hoy como el gobierno de unos pocos, por unos pocos y para unos pocos.

Grandes niveles de desconfianza que de manera transversal, afectan gravemente no solo la credibilidad de las instituciones, sino que también la capacidad de confiar en el prójimo; disparidad entre los avances de los indicadores macroeconómicos y las conquistas políticas y sociales, generando una asintonía entre el mundo de la economía y el del poder político; gran relajamiento de los estándares éticos, que trae como resultado una relativización en las conductas de quienes se suponen llamados a conducir nuestros destinos y un aumento sostenido de la corrupción, la violencia social y la delincuencia; y un aumento en el grado de polarización económica, debido a las desigualdades sociales observadas y la inequitativa distribución del desarrollo generando permanentes tensiones entre quienes son vistos como privilegiados y quienes se sienten permanentemente postergados.

¿Qué hacer frente a este deterioro sostenido en el nivel de satisfacción con la democracia? Aun cuando las respuestas parecen obvias, su ejecución ha demostrado ser un desafío complejo.

Profundizar en los programas de educación cívica para generar un sólida base de apoyo a los valores democráticos; aumentar y profundizar los niveles de participación social y política; continuar y profundizar los esfuerzos por establecer una sociedad más justa, equitativa e igualitaria; y avanzar en la defensa de los derechos de quienes se sienten social, económica y políticamente postergados.

Todas tareas urgentes y que sin embargo se encuentran a diario con las trabas de sociedades y modelos afectados por un materialismo e individualismo exacerbante. En la medida que no seamos capaces de construir movimientos y coaliciones sociales y políticas con agendas comunes centradas en los valores de la democracia, seguiremos viendo como el apoyo a este sistema de gobierno se diluye, con riesgos graves para la estabilidad de Latinoamérica.

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