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VIOLETA PARRA: YO CANTO A LA DIFERENCIA (EN SU CENTENARIO)

Tulio Mendoza Belio

Premio Municipal de Arte de la Ciudad de Concepción (2009).

¿Qué voy a decir de Violeta Parra  -afirma María Nieves Alonso-  sin caer en la familiaridad impertinente, el tópico retórico o el melodrama dulzón y efectista? Y tiene razón. Lo primero alude a ese trato casi de paisana que algunos le dan: la Violeta, dicen, como si hubieran tenido un trato diario y familiar con ella; lo segundo, a todas las figuras poéticas para nombrarla: “Violeta del pueblo”, “Santa Violeta”, y lo tercero, a los entretelones de su vida personal que, en el fondo, son aspectos privados en los cuales todo acercamiento tendrá siempre el carácter de una torpe aproximación intrusa y nunca un total sentido de verdad.

Aunque en Violeta Parra vida y obra se dan como componentes difíciles de separar, ya que es una “obra situada”, concepto que definió el poeta Enrique Lihn y que se refiere a la relación directa y comprobable de que lo que dice la obra tiene que ver directamente con “la circunstancia de los enunciados”. Esto que en un principio podría parecer obvio, ya que toda creación parte de una circunstancia, no lo es en el sentido que justamente se quiere poner énfasis en que dicha relación, texto-circunstancia, dependen de una situación externa verificable por la realidad.

Yo quiero destacar, en primer lugar, que Violeta Parra es una poeta (ya se encuentra, con justicia, antologada en algunas muestras de poesía chilena e hispanoamericana), es decir, un ser humano que tiene, entre otras cualidades, la capacidad intuitiva de ver el otro lado de las cosas, de ser la otra voz, una creadora que ha llevado todo lo que hace a un nivel expresivo de máxima sugerencia y connotación, expresando no solo su sentir personal, sino también y al mismo tiempo, una voz colectiva que no puede surgir sino desde esa materia, desde esa forma estructural que ella le ha otorgado. Por esta razón podemos afirmar, además, que fue alguien que se adelantó a su tiempo histórico como tantas otras valiosas mujeres y que por eso mismo y por tantas otras cosas, fue incomprendida, humillada, despreciada e ignorada, pero como el tiempo cobra revancha contra aquellos que la ningunearon, hoy vemos una Violeta Parra que reverdece como la bella flor que es, un fruto que reparte semillas.

Su trabajo creativo abarca textos poéticos, poemas, música, canciones, composiciones, interpretación, pinturas, arpilleras, tapices, locería, esculturas, recopilación folclórica, investigación, todo lo cual nos entrega un lenguaje y una visión de mundo, aspectos fundamentales para considerar a alguien como un verdadero creador. Muchos creen que Violeta Parra fue solamente una recopiladora del folclor de nuestro pueblo, sin embargo este loable trabajo de rescate y puesta en escena de nuestra identidad y de nuestras raíces, pionero en ella por la forma en que lo hacía (recorriendo el país, conversando, estableciendo un efectivo contacto humano de gran riqueza y aprendizaje), sumado a su experiencia como cantora e intérprete (en tugurios de mala muerte), de valses, cuecas y temas mexicanos que sonaban por la década del cincuenta, constituyen el trasfondo de su obra mayor, la de creadora total. Su voz metálica, clara y sonora, “llena de asperezas, brutal, fuerte, sin adornos postizos”, como señala Juan Andrés Piña, fue un importante factor de acercamiento con el público, a pesar de que muchos la rechazan. No entienden que ella no es una cantante lírica y que es precisamente el timbre de su voz el sello que la distingue e identifica. Aquí no importa “cantar bien”, sino interpretar naturalmente bien, genuinamente bien y su voz emociona porque es un diamante en bruto que cala hondamente. Violeta Parra se transforma, en aquella época, en una descubridora de nuestra amplia variedad musical, sin vergüenza alguna (¿por qué habría de tenerla?), difundiéndola en radioemisoras, principalmente en el programa de Radio Chilena: “Canta Violeta Parra”, que realizaba junto al inolvidable Ricardo García. Otro aspecto importante: su presencia física podría compararse con su voz. Es la esencia misma de lo que uno es, no hay impostación ni falsedad y al que no le guste, mal para él. Por otra parte, no se trata de que agrade o no, sino de reconocer en ella el extraordinario aporte a la comprensión de lo que somos como seres humanos, ya no solo a nivel del ser nacional y latinoamericano, sino del alma universal.

Resultan elocuentes las siguientes palabras del poeta e investigador Tomás Lago: “¿Cómo pudo ella sola, sin preparación tecnológica previa, sin doctorado, sin medios económicos especiales, imponer un estilo a la canción chilena, sacando de las sombras del pasado esta imagen inescrutable, pero conmovedora de Chile? ¿Cómo pudo hablar en esta lengua viva de la raza casi desconocida en nuestros medios cultivados?”

“Las últimas composiciones”, el último álbum grabado por ella y editado por el sello RCA Víctor en noviembre de 1966, es una muestra irrefutable del nivel de excelencia alcanzado. Este disco contiene canciones clásicas que podríamos denominar, como hacen los franceses, “chanson à texte”, es decir, “canción de autor”, un género de canción popular cuya calidad literaria destaca sobremanera en comparación con otras canciones populares de contenido más prosaico, facilista y predecible. “Creo que las canciones más lindas, las más maduras (perdónenme que les diga canciones lindas habiéndolas hecho yo, pero qué quieren ustedes, soy huasa, y digo las cosas sencillamente como las siento), son “Gracias a la vida”, “Volver a los diecisiete” y “Run-Run se fue pa’l Norte”. Estas obras más “Pupila de águila” y “Maldigo del alto cielo”, por ejemplo, pueden leerse como verdaderos poemas y demuestran el talento y la perfección de la artista, su intuición innata y la clara conciencia de lo aprendido. Esto se manifiesta en los elementos cultos que ella introduce en su creación y que son capaces de universalizar la pureza de un folclor en estado original. Su producción poética y musical abarca un amplio espectro de matices, desde la protesta social hasta una dimensión cósmica, desde el eros amatorio hasta lo sarcástico, desde la vida hasta la muerte, desde el lenguaje del campo hasta el de la urbe, desde las formas de la tradición hasta lo contemporáneo, en fin, un prodigio a descubrir.

“Volver a los diecisiete”, una de sus más bellas composiciones, nos entrega una visión sobre el amor y el paso del tiemplo a través de comparaciones y metáforas de un hondo dramatismo, considerando la naturaleza y elementos cultos, su reflexión se torna lúcidamente filosófica: “El amor es torbellino/ de pureza original,/ hasta el feroz animal/ susurra su dulce trino,/ detiene a los peregrinos,/ libera a los prisioneros,/ el amor con sus esmeros/ al viejo lo vuelve niño/ y al malo solo el cariño/ lo vuelve puro y sincero.” Y “Maldigo del alto cielo”, que interpreta con el músico y escritor uruguayo Alberto Zapicán (a quien le dedica el lúdico, logrado y actualísimo tema “El albertío”), es una sirilla-canción que tiene una increíble fuerza para expresar mediante el recurso de la anáfora, todo lo que constituye y “será mi dolor”: “Maldigo luna y paisaje,/ los valles y los desiertos,/ maldigo muerto por muerto/ y el vivo de rey a paje,/ el ave con su plumaje,/ yo la maldigo a porfía,/ las aulas, las sacristías/ porque me aflije un dolor,/ maldigo el vocablo amor/ con toda su porquería,/ cuánto será mi dolor.” El huayno “Pupila de águila”, también interpretado junto a Alberto Zapicán, es otra de las notables creaciones de Violeta Parra: “Ave que llega sin procedencia y no sabe dónde va/ es prisionera en su propio vuelo, ave mala será,/ ave maligna, siembra cizaña, bebe, calla y se va,/ cierra tu puente, cierra tu canto, tira la llave al mar./ Un pajarillo vino llorando, lo quise consolar,/ toqué los ojos con mi pañuelo, pupila de águila,/ pupila de águila.”  

Al escuchar y reflexionar, por ejemplo, sobre el tema “Yo canto a la diferencia”, un verdadero manifiesto libertario, apreciamos la vigencia de un mensaje que se funda claramente en una justicia que aún sentimos lejana entre tanto pájaro desplumado y por desplumar: Yo canto a la chillaneja/ si tengo que decir algo/ Y no tomo la guitarra/ por conseguir un aplauso/ yo canto a la diferencia/  que hay de lo cierto a lo falso/ de lo contrario no canto.”

También son dignas de nombrar aquí “La jardinera”, “Casamiento de negros”, “Según el favor del viento”, “Qué pena siente el alma”, “Arauco tiene una pena”, “¿Qué dirá el Santo Padre?”, “El sacristán”, “Paloma ausente”, “Rin del angelito”, “Una copla me ha cantado”, “El guillatún”, “Pastelero a tus pasteles”, “La Juana Rosa” y una larga e impresionante lista que corrobora el genio creador de Violeta Parra. En deuda estamos. ¡Gracias a la vida, que nos dio a Violeta Parra!

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5 Comentarios en VIOLETA PARRA: YO CANTO A LA DIFERENCIA (EN SU CENTENARIO)

  1. Gracias ventana ciudadana por tan grandes artículos.
    Me parece una gran mujer Violeta Parra ,poeta,compositora, sencilla e innata.
    “Gracias a la vida” por habernos dado una mujer como ella .

  2. Tulio Mendoza Belio Un Italiano de pluma privilegiada !
    Un gran artículo, un gran Homenaje a la gran Violeta.

  3. Esta ventana cada día nos hace transitar por el hermoso rico paraíso del Arte.
    Gran homenaje,gran Columna.
    Bien Don Tulio.
    Gracias ventana ciudadana

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