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Memoria, látigo y transformación social (Español / Portugues)

Especial para laventanaciudadana.cl
desde Brasil.

Además de una capacidad individual de la mente humana, la memoria es también una construcción social formada a partir de las interacciones entre individuos de un determinado grupo o sociedad, fundamental para la construcción o (re)afirmación de identidades y el establecimiento de sus fronteras. En este sentido, considerando que la memoria es el resultado de una eterna relación entre pasado, presente y futuro. Construida a partir del pasado, pero teniendo en cuenta las exigencias del presente y las perspectivas futuras, la memoria no solo resalta, sino que también esconde. En las palabras del historiador brasileño Daniel Aarão Reis, la memoria cuando es “provocada, revela, pero también silencia”. Y estos silencios no son más que “olvidos” que componen la memoria y, por lo tanto, son una opción en su proceso de construcción. Olvidar o recordar son herramientas utilizadas en el proceso de construcción de la memoria, que cobran aún más relevancia cuando se trata de pasados ​​aún en disputa abierta, como lo son las múltiples luchas sociales de grupos considerados “minorías” en Brasil.

En este sentido, el 22 de noviembre de 2020 se cumple los 110 años desde el movimiento en el que marineros de la Armada Brasileña, en su mayoría negros, se levantaron en armas contra el castigo corporal que, incluso extinguido por Decreto desde el segundo día de la República, 16 de noviembre de 1889, todavía se aplicaban en la Armada y cuyo más simbólico instrumento era el látigo. Es por eso que la Revuelta de los Marineros brasileños de 1910 se quedó conocida popularmente como la “Revolta da Chibata”, después del trabajo del periodista Edmar Morel que resultó en un libro con este nombre.

Además de una página poco recordada en la historia brasileña – y aquí destaco el esfuerzo por olvidarla durante el proceso de construcción de la memoria nacional – la “Revolta da Chibata” representa un pasado de luchas de un segmento marcado no solo por el descrédito social, dado el origen pobre de esos marineros, pero sobre todo por el color de la piel. En una institución que, en ese momento, al igual que la propia sociedad brasileña, tenía su “pirámide jerárquica” compuesta por una oficialidad de absoluta mayoría blanca en su cúspide, y los segmentos básicos, por lo tanto la mayor parte del contingente, integrados por marineros negros y mestizos, a quien, hasta 1910, se dedicaron látigos, incluso después de más de diez años de la abolición de la esclavitud en Brasil.

Los marineros brasileños rebeldes, bajo el liderazgo simbólico de João Cândido Felisberto, al tomar algunos de los buques de guerra más poderosos del mundo y, navegando en las aguas de la Bahía de Guanabara, colocando la capital federal bajo sus cañones, buscaron romper la relación señorial esclavista que aún imperaba en la Armada. Incompatible con los “nuevos aires” de la naciente República, pero que tenía profundas raíces en la propia constitución de la sociedad brasileña, formada a partir de una lógica señorial deshumanizadora, basada en las relaciones sociales y la jerarquía una vez establecida en las casas grandes, como fueran llamadas las casas principales de las antiguas haciendas, donde residían los señores y sus familias, por regla general blancos.

Por lo tanto, la jerarquía que se vio amenazada con ese movimiento rebelde en la Armada, en noviembre de 1910, no era tan típicamente militar, sino una jerarquía social que, como en las antiguas haciendas, no tenía espacio para acciones de segmentos subordinados que no fueron fundamentados en la obediencia absoluta, incluso frente a los castigos corporales para los que estaban marcados por los pies descalzos y/o calzados con zapatos negros, que, por reglamento, deben ser utilizados por grumetes, marineros y cabos, junto con el uniforme blanco; mientras los oficiales, suboficiales y sargentos, deberían usar zapatos blancos con ese mismo uniforme. Teniendo en cuenta que la gran mayoría de los marineros estaban compuestos por negros, el hecho de mantener los pies “negros” cuando se visten de blanco, aparentando estar descalzos, tiene un gran simbolismo y sin duda remite a un pasado señorial y esclavista brasileño, cuando los pies descalzos de un negro simbolizaban su condición de esclavo, no tan lejano de ese momento histórico. 

Recordar la “Revolta da Chibata” y sus íconos, entre los que se destaca João Cândido, importa no solo para la historia militar-naval brasileña, sino también para la historia de nuestro país y, sobre todo, para los cambios necesarios en nuestra sociedad. En la medida en que nos lleva a reflexionar sobre las diferentes formas en que brasileños son tratados y abusados, o cómo se les otorgan privilegios y desventajas, en función de su condición social y/o, simplemente, el color de su piel.

Después de 110 años de la «Revolta da Chibata», cuando los marineros se levantaron en armas para acabar con el látigo en medio de la República, muchos de los cuales pagaron con la vida esta afrenta al «orden jerárquico» y la «disciplina», entre los que muchos negros, vimos en Brasil, inerte y con una naturalidad asombrosa, un negro, João Alberto Silveira Freitas, siendo golpeado en público hasta la muerte por dos «capitães-do-mato» (como se llamaba a los mestizos encargados de disciplinar y vigilar a los esclavos en las haciendas), justo en frente de la «casa grande», en el Día Nacional de la Conciencia Negra. Un “espectáculo” que, lamentablemente, forma parte de nuestra constitución como sociedad, y que, desde las casas grandes y senzalas (hogares donde los esclavos eran confinados después del día de trabajo), pasando por las naves de la Armada hasta 1910, tiene como uno de sus objetivos reforzar una jerarquía y disciplina social característica de nuestra sociedad.

Por lo tanto, más que nunca, en esta disputa de la memoria en la que recordar y olvidar son instrumentos para (re)construir nuestra memoria, es fundamental sacar a relucir la “Revolta da Chibata”, para que podamos, de hecho, reflexionar sobre la sociedad que tenemos y la que deseamos.

Portugues (Portugués)

Memória, chibata e transformação social

Além de uma capacidade individual da mente humana, a memória também é uma construção social formada a partir das interações entre os indivíduos de um determinado grupo ou sociedade, fundamental para a construção da (re) afirmação de identidades e/o estabelecimento de suas fronteiras. Nesse sentido, considerando que a memória é o resultado de uma relação eterna entre passado, presente e futuro, construída a partir do passado, mas tendo que ir ao encontro das exigências do presente e das perspectivas do futuro, destaca-se a memória do terreno, uma campainha que também se esconde. Nas palavras do historiador Daniel Aarão Reis, a memória quando “provocada, revela, mas também silencia”. E esses silêncios não são mais que “esquecimentos” que compõem a memória, sendo, portanto, uma opção em seu processo de construção. Esquecer ou lembrar são ferramentas empregadas no transcurso da edificação da memória, que se tornam ainda mais relevantes quando se trata de passados ainda em franca disputa, como o são os das muitas lutas sociais de grupos considerados “minorias” no Brasil.

Nesse sentido, o dia 22 de novembro de 2020, marca os 110 anos do movimento em que marinheiros da Armada Brasileira, em sua maioria negros, se levantaram em armas contra os castigos corporais que, mesmo extintos por Decreto desde o segundo dia da República, 16 de novembro de 1889, ainda eram aplicados na Marinha e cujo mais simbólico era o açoite de chibata. Daí o motivo da Revolta dos Marinheiros de 1910 ter ficado popularmente conhecida como “Revolta da Chibata”, após a obra do jornalista Edmar Morel.

Para além de uma página pouco lembrada de nossa história – e aqui destaco o esforço em esquecê-la durante o processo de construção da memória nacional – a “Revolta da Chibata” representa um passado de lutas de um segmento marcado não apenas pelo desprestígio social, haja vista a origem pobre daqueles marinheiros, mas, principalmente, pela cor da pele. Em uma instituição que à época, assim como a própria sociedade brasileira, tinha sua “pirâmide hierárquica” composta por uma oficialidade de maioria absoluta branca em seu topo, e os segmentos basilares, portanto a maior parte do contingente, constituídos por marinheiros negros e pardos, aos quais, até 1910, se dedicavam os açoites de chibata, mesmo passados mais de dez anos da abolição da escravidão no Brasil.

Os marujos brasileiros sublevados, sob a simbólica liderança de João Cândido Felisberto, ao tomarem alguns dos mais poderosos navios de guerra do mundo e, navegando nas águas da Baía da Guanabara, colocarem sob seus canhões a capital federal, buscavam romper com a relação de cunho senhorial escravista que ainda vigorava na Armada. Incompatível com os “novos ares” da nascente República, mas que tinha raízes profundas na própria constituição da sociedade brasileira, formada a partir de uma lógica senhorial desumanizante, fundamentada nas relações sociais e na hierarquia outrora estabelecidas nas casas-grandes.

Portanto, a hierarquia que se viu ameaçada com aquele movimento revoltoso na Marinha, em novembro de 1910, não foi aquela tipicamente militar, mas uma hierarquia social que, como nas antigas fazendas e engenhos, não tinha espaços para quaisquer ações de segmentos subalternos que não estivessem alicerçadas na absoluta obediência, mesmo frente aos castigos corporais dispensados àqueles marcados pelos pés descalços e/ou pelo uso dos sapatos pretos. Que, por regulamento, deveriam ser utilizados por grumetes, marinheiros e cabos; em conjunto com a farda branca, enquanto aos oficiais, suboficiais e sargentos; era destinado o uso de sapatos brancos com esse mesmo uniforme. Considerando que a grande maioria dos marinheiros era composta por negros ou pardos, o fato de manter seus pés “negros” quando fardados de branco, aparentando estarem descalços, reveste-se de grande simbolismo e indubitavelmente remete a um passado senhorial e escravista não tão distante daquele momento histórico.

Rememorar a Revolta da Chibata e seus ícones, entre os quais destaca-se João Cândido, importa não apenas para a história militar-naval brasileira, mas para a própria História de nosso país e, sobretudo, para as mudanças necessárias em nossa sociedade. Na medida em que nos remete a refletir sobre os modos distintos como brasileiros são tratados e destratados, ou como lhes são dispensados privilégios e desfavores, a partir de sua condição social e / ou, simplesmente, da cor de sua pele.

Após 110 anos da Revolta da Chibata, quando marinheiros se levantaram em armas pelo fim da chibata em plena República, muitos dos quais pagaram com suas vidas por essa afronta à «ordem hierárquica» e à «disciplina», entre os quais muitos negros. Assistimos no Brasil, inertes e com uma assombrosa naturalidade, a um homem negro, João Alberto Silveira Freitas, ser surrado em público até a morte por dois «capitães-do-mato», bem em frente à «casa-grande», em pleno Dia Nacional da Consciência Negra. Um «espetáculo» que, infelizmente, faz parte de nossa constituição enquanto sociedade, e que, desde as casas-grandes e as senzalas, passando pelos navios da Armada até 1910, tem como um de seus objetivos reforçar uma hierarquia e uma disciplina sociais características de nossa sociedade.

Portanto, mais do que nunca, nessa disputa de memórias em que lembrar e esquecer são instrumentos para (re) construir nossa memória, é fundamental trazer à tona a “Revolta da Chibata”. Para que possamos, de fato, refletir sobre a sociedade que temos e sobre aquela que desejamos.

Fuente de figura:
https://www12.senado.leg.br/radio/1/reportagem-especial/100-anos-da-revolta-da-chibata-1a-parte

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