
“Yo soy yo y mi circunstancia…”
Ortega y Gasset, en Meditaciones del Quijote, deja en la memoria colectiva una afirmación de orden descriptivo que retrata la relación íntima entre persona y el suceder de la historia, pues cuando leemos aquello de “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo” (1958; 18), nos afirmamos en el hecho de la inevitable condición de la alteridad como constitutiva de lo que efectivamente significa ser en el mundo y, afinando el asunto, ser persona por la relación con otras con las cuales se comparte espacio y tiempo social, y ello incluye otros seres vivos como naturaleza. Basta con aceptar el significado de la oración propuesta, para despertar al sujeto a fin de que tenga la mirada puesta no en sí mismo esperando que el mundo gire a su ritmo, sino en el mundo como construcción de la cual es responsable; esto se hace patente cuando al plantear la idea de la circunstancia, lo que pide es “buscar el sentido de lo que nos rodea” (id). Pues bien, aceptado el reto, ¿cómo hacerlo sin caer en el autoengaño al cual lleva el individualismo tan característico de estos días? Quizá la vía sea mirar y mirarse en aquello que se entiende como una circunstancia, y ver ahí una realidad que supera con creces a ese yo encerrado en sí mismo para revelar la impronta sobre cada existencia del medio social y natural en cual existimos. Visto así, entonces la circunstancia que nos acompaña se traduce como realidad sociopolítica, vale decir: en claves de comportamiento que conducen el significado del medio que nos envuelve atrapando a veces sueños de pueblos enteros.
Es sabido que la ciudad, en cuanto construcción política, es una arquitectura narrativa que gira de forma dinámica arrastrando consigo múltiples actores en un juego que, a menudo y de forma casi performativa, contamina el espacio y las horas del día. Es un fenómeno real que sucede como un circuito que gira narrativamente amplificando el conflicto país con discursos fáciles de emitir, sencillos de seguir, pues no se requiere mucho recurso cognitivo para ello, pero con el peligro que escape de control incluso de quienes son sus emisores primeros.
En este panorama performativo, existe el consciente esfuerzo por algunos actores políticos, de poner en escenas narraciones que tensionan la realidad desde el choque entre verdad y mentira y, entre mentira y mentira en una espiral ascendente. Además, se justifica ese esfuerzo desde un fondo narrativo que pretende, lo de siempre, desde la crítica al poder su conquista, lo cual es legítimo si las reglas de la buena convivencia se cumpliesen, pero al no ocurrir –somos testigos todos de este fenómeno– se ponen en balanza riesgos sociales. Hay, sabemos, personajes que se encargan de activar la escena corriendo las cortinas en un movimiento que se asemeja a una obra teatral llena de instantes a fin de mostrar dejando pasar escenas que, sin duda, son cautivantes. De suyo, ¿qué mejor que canalizar emociones que superen la perspectiva racional de lectura de la realidad y que, a base de argumentos construidos para el clímax individual y colectivo, trastocan la mesa social logrando con ello, hacer saltar todo por los aires? Los potenciales y reales efectos son una caída de la confianza en el prójimo, y en ello la causa racional misma de los pactos sociales: leyes, normas de uso, costumbres entre algunas cuestiones que son lo que permiten la convivencia humana en espacios compartidos. Frente a este hecho de circunstancia entendida como una realidad presente, es imposible retraerse a la dinámica en la cual estamos atrapados, y terminamos siendo cómplices pasivos de aquello si ni siquiera ponemos atención al ejercicio manipulador. Pero, sabemos, por mucho empeño en negar la circunstancia, no es posible evitar reconocer que esto tiene un efecto real en la existencia de cada persona, pues se es parte –incluso pasiva– de la construcción de la ciudad, al punto que llegamos a afirmar que nos reconocemos como personas gracias a la convivencia con otros y otras con los cuales se comparten sueños, dolores, instantes de justicia práctica como de injusticia efectiva. Por ello, creo, vale la pena el intento de poner distancia con tanta narrativa visual para discernir qué de lo visto, qué de lo escuchado o leído, pasa el filtro de lo bueno y justo para cada cual, para cada colectivo.
Por esto es que existe la necesidad de preguntar si efectivamente ocurre este sentirse de estar formando parte de aquel habitar pensando en situaciones de injusticia estructural que, se sabe, las democracias liberales no han corregido y que en los últimos años se ve acentuada por el comportamiento de algunos autócratas que construyen vías para que los super ricos lo sean más a costa de pueblos completos. Dejando instalada la interrogante, acá hablamos de una existencia posible en un contexto plenamente copado por hechos con significación variada que depende, además, del modo o manera como cada yo comprende lo a la mano que, ciertamente, no es puramente físico, sino también espiritual; necesariamente espiritual, pues existen leyes, creencias, teologías en disputa, costumbres entre otros aspectos tangibles u observables en su distinción axiológica, por tanto, vividos en carne y en carne comprendidos no solamente por un yo individual, sino por un yo colectivo o comunitario cuando efectivamente se percibe en esa categoría.
Acepto que para poder llegar a esta conclusión es previo el reconocimiento del contexto de principio vital que constituye la circunstancia misma, y que ha de entenderse en tributo a la conquista de la idea de persona y, de modo necesario, en un mundo no uniforme de sentido, sino plural en su expansión, mundo como lugar en donde la existencia se juega su sentido. Aceptado por reconocimiento tal asunto, viene bien volver a Ortega quien escribe:
“Hemos de buscar para nuestra circunstancia, tal y como ella es, precisamente en lo que tiene de limitación, de peculiaridad, el lugar acertado en la inmensa perspectiva del mundo. No detenernos perpetuamente en éxtasis ante los valores hieráticos, sino conquistar a nuestra vida individual el puesto oportuno entre ellos. En suma; la reabsorción de la circunstancia es el destino concreto del hombre” (1958; 18).
Entiendo que, para Ortega, la idea de destino concreto es un asunto conclusivo del acto de primaria significación y resignificación, cuestión permanente que cada yo, cada ser humano ejecuta en y para sí respecto de la circunstancia misma. Todo esto resulta ser un hecho descubierto en toda su carga simbólica y con lo cual el sujeto tiene en propiedad un camino para lograr su autocomprensión vinculado a la posibilidad de entender el significante del valor de cada hecho social. Ahora, demos por verdad lo dicho, y veremos que el sujeto se pone frente a una realidad sintetizada en un concepto que, en su desarrollo, se alimenta constructivamente de componentes éticos y políticos. Mas esto significa dar por aceptado que es en la circunstancia donde encontramos la vía que nos llevará a asumir el fenómeno humano como un asunto explicable en su sentido de hecho social histórico, por tanto, cultural. Situación que obliga a establecer puentes de relación para ver lo común, y esa vía de puente es una tarea de propuesta intercultural como vía constructiva. De suyo, lo indicado respecto de lo cultural como horizonte de sentido, no ocurre por pura y directa aceptación, hay previo un proceso de depuración sobre qué circunstancia entre tantas circunstancias enfrentadas a diario, cae del lado favorable del ser persona y cuál no. Puesto en este escenario, lo que se exige para lograr inteligencia respecto de cuál de aquellas efectivamente es reabsorbida por la persona, es asumir que se trata de un movimiento que sucede en la existencia misma no como un fenómeno claro y distinto, lineal, sino paradojal; paradojal, puesto que obliga al yo a tomar distancia epistemológica de las circunstancias a fin de estimar cuál es la que –la suya interpretada como destino concreto–, efectivamente tributa a la construcción del espacio social como lugar donde se da el habitar, vale decir: aquel lugar donde se explica y se expresa el proceso de resignificar el sentido de su existencia, la suya y la de los otros yo en un camino dialogante. En otros términos: existe una acción meditada sobre aquello que cada cual debe realizar; lo cual será solamente posible si se parte por reconocer que se está empeñado en provocar un juego que consiste en una ruptura epistemológica respecto de lo aceptado como certeza; y en donde la ruptura es equivalente a la idea de comprensión crítica en beneficio del sentido de lo humano subjetivo. Y es ahí en esa circunstancia descubierta en el juego crítico, donde se acaba por revelar una de aquellas situaciones que, al ser comprendida como hecho humanizante, cae inevitablemente del lado de la ética, por tanto, la instancia aquella donde se sostiene el concepto ciudadanía que, por acción interpretativa llevada por un yo, se presenta como resultado de un movimiento de depuración selectivo que termina por ligar dialécticamente los distintos significantes que la ciudad acoge, vale decir, los modos o formas existenciales-culturales por medio de los cuales cada habitante lee e interpreta, según una intencionalidad particular sostenida en un núcleo de sentido cultural, el hecho significativo del habitar respecto de sí mismo y de los otros con los cuales dialoga en lo cotidiano desde el encuentro. Siendo así, entonces ¿qué habría en este movimiento del ser sujeto inscrito en una realidad que se entiende desde un conjunto de circunstancias que le dan existencia original, y que éste vive –en cuanto sujeto– de forma concreta como destino al resignificarlas desde una intencionalidad que no escapa de un horizonte de sentido previo, pero descubierto precisamente en ese necesario darse de la existencia en un espacio críticamente creado para ese afán?
La cuestión de la ciudadanía.
Se puede decir, o afirmar si se quiere extremar, que todo diálogo que conduce la idea de ciudadanía tiene, primero, necesidad de reconocimiento de la pluralidad cultural –hecho identificable en símbolos o signos específicos– y, segundo, que el concepto mismo de ciudadanía guarda en su núcleo un valor sobre el significante de la originalidad humana que, como principio, se actualiza cada vez que alguien pone su horizonte de sentido frente a la condición de ciudadano; es decir: sujeto y, por qué no, objeto a la vez de derechos y deberes. Mas este hecho para ser efectivamente concreto, requiere de la mediación de un otro que lo observe y acepte como tal sujeto de derechos y deberes. Lo cierto que este marco (referencia cultural sin duda) y que actúa como pauta de interpretación-creación, aflora en esos momentos en donde se pone en juego dialogante, por un yo también original, otro horizonte de sentido (ahí la fusión de horizontes de sentido en términos de Gadamer). El significado de este juego del diálogo, pareciera ser una acción de guía respecto de un yo que se activa en un espacio que se acepta como lugar socialmente compartido que, sería sin duda la ciudad, la cual aparece así con toda su complejidad al momento que es una realidad nacida por encuentro y creada desde la actividad del encuentro –su nacimiento viene desde abajo–, hasta aquella planificada desde lo alto pero pensaba para el juego de roles sociales a fin de dar con un espacio societal de goce de bienes materiales compartidos y, sin duda, también espirituales.

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