
Deshaciendo la madeja.
Cuando ya no debiera haber tiempo para disquisiciones o especulaciones intelectuales, han aparecido variadas explicaciones acerca del contundente resultado del plebiscito del 4 de septiembre, fecha que inicialmente se pretendió concatenar con las victorias – absolutas o relativas – de Frei Montalva y Salvador Allende en el ya pasado siglo XX, pero que al final del día nos trajo una sorpresa mayúscula.
Los exégetas han ido entregando paulatinamente respuestas diversas que van desde apuntar los dardos a las campañas de desinformación y mentiras orquestadas por los sectores anti convención constituyente, la abundancia enorme de recursos financieros y comunicacionales de los mismos grupos, el miedo y el temor alimentados de manera sistemática durante todo el tiempo de funcionamiento del organismo, la brevedad del tiempo disponible para educar adecuadamente a la población sobre el contenido del proyecto presentado, hasta las declaraciones del inefable Daniel Jadue (“perdimos votos por el cambio de relato, por no cumplir las promesas”) y la torpe interpretación (por no darle otro calificativo) de un mandatario extranjero (Petro) al decir que en Chile “había resucitado el pinochetismo”. Algunas de estas justificaciones tienen cierta base pero obviamente nada de esto nos aclara el asunto en profundidad.
El problema es que, si teniendo ojos para ver no queremos ver, difícilmente lograremos entender lo que pasó. Y lo que va a pasar.
Todo análisis debe basarse en datos duros. Tales son:
- Votaron 13.015.000 personas. Si se excluyen los chilenos en el exterior, los difuntos que continúan registrados, el tramo 16 a 18 años aún con voto voluntario, los privados de libertad, los que se excusaron en razón de distancia del lugar de votación, los enfermos hospitalizados o no, casos de adultos mayores o población rural, puede afirmarse que el nivel de participación llegó a cerca del 95%.
- En cifras redondas, el “Apruebo” alcanzó al 38% y el “Rechazo” al 62%. El “Rechazo” ganó en todas las regiones del país, incluyendo Valparaíso y Metropolitana
- El “Apruebo” ganó en 8 de 346 comunas, 2 de mínima importancia electoral (Pascua y Juan Fernández) y 6 de la Región Metropolitana por muy estrecho margen.
- En comunas con alta incidencia de población de pueblos originarios entre 70 y 84% (Alto Bío Bío, Saavedra, Cholchol, Tirúa, Galvarino, San Juan de la Costa), también ganó el “Rechazo” alcanzando porcentajes de hasta 77% (Tirúa, corazón del “conflicto”).
Pregunta: ¿Qué hizo que una ciudadanía que en un 80% pidió una nueva constitución en el “plebiscito de entrada”, ahora haya desestimado el texto que se le entregó?
El ex convencional Andrés Cruz aventura una respuesta: “El proceso fue mal evaluado. No cumplimos con la función que nos fue encomendada de manera adecuada”.
Si se analiza el trabajo de la Convención, además del “aporte” circense de varios de sus integrantes (disfraces, duchas, agresiones verbales) que contribuyó al desprestigio del organismo, es evidente que se caminó hacia una sobre-ideologización de las posiciones, asumiéndose un afán refundacional que a todas luces sobrepasaba lo que el Chile real quería efectivamente. Muchas de las mayorías internas se generaron por acuerdos entre grupos minoritarios (“si tú nos apoyas en esto, nosotros te apoyamos en esto otro”). Y, paradojalmente, en el momento decisivo del referéndum de “salida”, la suma de múltiples cuestionamientos puntuales pero importantes, ayudó a construir una mayoría inesperada pero potente.
Por su lado, el Gobierno cometió un grueso error político al pretender liderar la defensa del proyecto constituyente habiendo estado ausente, de hecho, en el debate convencional. Guste o no guste, y así lo hemos planteado en diversos comentarios anteriores, más allá de las grandes demandas sociales (vivienda, salud, educación, pensiones) que tienen una indiscutible prioridad y urgencia, los habitantes exigen seguridad y orden público para desarrollar sus vidas personales. No les resulta aceptable que dos o tres miles de individuos (seudo-estudiantes, líderes de pueblos originarios que ni siquiera son seguidos por sus propias comunidades, narcotraficantes o delincuentes comunes) pretendan tener secuestrado al resto de los 20 millones de nuestra población que, por sobre todo, quieren vivir en paz.
Creemos que en ese terreno se jugó en parte importante el producto de la Convención y ahí mismo se jugará el destino del actual Gobierno.





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