«Las democracias modernas mueren principalmente a causa de lideres electos que erosionan las normas democráticas desde adentro, no por golpes de Estado. La polarización extrema, el rechazo a las reglas del juego y la deslegitimación del adversario político, son alertas claves de una tendencia autoritaria».

Steven Lepitskig

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La memoria como recurso en política

Rodrigo Pulgar Castro

Doctor en Filosofía Académico del Departamento de Filosofía Universidad de Concepción

Una vía para discernir sobre lo adecuado, no necesariamente el óptimo querido como sociedad, es recurrir conscientemente a la memoria sociopolítica. De hacerlo lo hacemos, pero lo realizamos casi por un impulso de reacción frente a lo que aparece como un peligro real de perderlo todo que, en cierto sentido, es pasado presente y futuro. Pero hacer buen uso de la memoria como fuente para hallar ahí atisbos de certeza, no es tan sencillo: hay que superar la tentación de encapsular la memoria en un criterio rígido como si los acontecimientos pasados fueran determinantes y, por lo tanto, caer en una espiral de la cual sea complejo escapar sino imposible. Decir encapsular refiere en este caso a considerar que los hechos del pasado, incluso del pasado manipulado por motivos de control político, se repiten dadas las condiciones para aquello. Hoy, y en los meses que vienen hasta la primera vuelta presidencial, seremos testigos y, eventualmente, cómplices del despliegue publicitario a favor de uno o una y, se anticipa: mayor publicidad a destacar la militancia de la candidatura de J. Jara como si en ella se encarnase todo lo que produce temor respecto de temas sensibles: igualdad, libertad, justicia, propiedad entre otros.

El panorama es complejo. Y por complejo lleno de riesgos a raíz de la contaminación ambiental que las narrativas traen consigo y la relativa facilidad de manipulación societal que ello implica. Ante esto la memoria como recurso. Ella nos permite develar responsabilidades pasadas y ponerlas en la balanza del discernir a fin de observar qué es lo mejor para el país y, especialmente para los postergados históricamente en el goce de bienes, en el goce de la justicia.

Fácil, o relativamente fácil por no decir cómodo entrar en ese juego en donde el discernir desde lo que la memoria dice sobre hechos, concepción política, juegos de publicidad sobre algo o alguien, se vuelve inviable por miedo. Y eso lo sabemos, pues es cosa de entrar en los informes sobre manipulación de la información –abundan los estudios de ética periodística sobre el tema– para constatar que no podemos soslayar el miedo al otro como una constante a la cual se nos llevó en el pasado, vale decir, comenzar a mostrar a J. Jara como una especie de símbolo de una experiencia potencialmente traumática. Será ella puesta a modo de advertencia como un alguien que trae de contrabando o derechamente en sus manos el infierno en la Tierra. Y todo esto introducido lentamente en nuestra conciencia. El efecto: la deshumanización que se apropia del espacio y del tiempo humano y desde ahí lo impensado se hace posible de realizar: el Golpe de Estado en Chile con sus heridas abiertas, la situación de la población palestina en Gaza, la persecución de los inmigrantes en USA, la guerra en Ucrania, conflictos étnicos y religiosos de los cuales sabemos poco, el avance de la criminalidad organizada que expolia pueblos como Haití, y un largo etc.).

Abierto el panorama, ¿de qué sirve entonces la memoria? Para ir poniendo elementos racionales a la necesidad de fundamentar apoyos sin caer en errores de interpretación de hechos y personas. De esta forma es imposible que la memoria no sea leída y, por tanto, significada desde una mirada ética. De hecho, si consideramos seriamente el problema, es una ilusión pensar la memoria disociada de la ética, al punto que el ejercicio de pensarla desde su revisión de contenidos que guarda es una posibilidad de dar con una perspectiva medianamente objetiva de lo que depara el futuro y que, claramente, explica el presente. Este jugar con la memoria a partir de una lectura ética, descansa en la observación de huellas que hablan de lugares que la memoria guarda y, por, sobre todo, huellas grabadas en rostros concretos. Ante este hecho, estamos obligados a buscar las causas que explican narrativas crecientemente de odio a quien piensa distinto. Estamos obligados a interpretar para explicar y comprender lugares, acontecimientos y a elaborar relatos que descansan en lo recordado. Y, esto, ¿cómo se relaciona con la ética? Por la razón que la ética está sujeta a consideraciones de tiempo, espacio y persona. Vale decir, a una triada íntimamente conectada, y en esa conexión la memoria actúa como enlace entre realidades fijas o circunstanciales, es decir, colabora en el proceso de resignificar símbolos con sus cargas axiológicas, y en reconocer, por tanto, ante una circunstancia la figura de una huella que condiciona la existencia.

Ciertamente hay en el juego de la memoria una observación de situaciones concretas que influyen en los modos cómo proceder éticamente ante un hecho y, por ejemplo, negando algo para afirmar lo contrario. En todo ello, un dato de la memoria podría conducir el proceso de discernir el dilema que, en lo presente, es político.

Fuente de imagen:

https://jacobinlat.com/2023/08/la-disputa-por-la-memoria-es-una-batalla-por-la-libertad/

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