
Estamos inhalando estupidez: el dióxido de carbono amenaza nuestro cerebro. [*]
| El exceso de CO₂ en la atmósfera no solo calienta el planeta: también puede nublar nuestro cerebro y perjudicar nuestra capacidad de pensar con claridad. |
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(In this article) En este artículo de El Periódico de España, Eduardo Martínez de la Fe comenta el reciente artículo publicado por mí y mis colegas sobre los efectos negativos del CO2 en la salud humana. Una estaca en el corazón de la idea vampírica de que el CO2 es bueno para nosotros.
Nuestra agudeza mental está en riesgo (Our mental acuity is at risk)
Madrid, 10 de septiembre de 2025, 8:07 a. m. Actualizado el 10 de septiembre de 2025 a las 9:50

Al superar las 420 partes por millón de CO₂ en la atmósfera, hemos cruzado un umbral sin precedentes para nuestra especie, obligando a nuestra biología a operar en un entorno químico para el que no está diseñada. Este experimento planetario ya está mostrando sus efectos, y el precio podría ser nuestra propia agudeza mental.
Cuando pensamos en el dióxido de carbono (CO₂), la primera imagen que nos viene a la mente suele ser el calentamiento global. Lo consideramos el principal responsable del cambio climático, un gas que atrapa el calor y altera la temperatura del planeta. Sin embargo, un análisis crítico publicado en la revista Environmental Science Advances por un equipo de científicos dirigido por el químico físico italiano Ugo Bardi nos obliga a ampliar nuestra perspectiva y a considerar el CO₂ desde una nueva perspectiva: la de un contaminante bioquímico con efectos directos y preocupantes sobre nuestra salud y la biosfera.
La tesis central del estudio es que, si bien el efecto invernadero del CO₂ es un problema de enorme magnitud, centrarse únicamente en él nos hace ignorar sus otras facetas. El CO₂ es una molécula químicamente activa que, al aumentar su concentración en la atmósfera, desencadena una serie de consecuencias que van mucho más allá del clima.
| Impacto directo en nuestro cuerpo y cerebro. |
Quizás la advertencia más alarmante del informe se centra en la salud humana. Nuestros cuerpos han evolucionado durante millones de años en una atmósfera con niveles de CO₂ que rara vez superaban las 300 partes por millón (ppm). Hoy en día, superamos las 420 ppm, y la cifra sigue aumentando. Esta alteración, sin precedentes en la historia de nuestra especie, interfiere en un proceso biológico fundamental: la respiración.
El mecanismo es sutil pero potente. El transporte de oxígeno en la sangre, realizado por la hemoglobina, está finamente regulado por la concentración de CO₂. Cuando los niveles de CO₂ en la sangre aumentan, la capacidad de la hemoglobina para fijar el oxígeno y distribuirlo a los tejidos se ve comprometida. Este fenómeno, conocido como hipercapnia, tiene consecuencias directas.
Estudios recientes han demostrado que la exposición a concentraciones de CO₂ entre 1.000 y 2.000 ppm, niveles que se alcanzan fácilmente en espacios cerrados como oficinas, aulas o incluso en hogares con poca ventilación, provoca una disminución medible del rendimiento cognitivo. Las personas expuestas a estos niveles muestran una menor capacidad para tomar decisiones, resolver problemas y pensar estratégicamente. En esencia, ralentizan nuestro cerebro.
Pero los efectos no terminan ahí. La exposición crónica a altos niveles de CO₂ puede causar acidosis y estrés fisiológico: esto ocurre cuando el cuerpo intenta compensar el aumento de la acidez sanguínea (causado por el CO₂ disuelto) movilizando el calcio de los huesos, lo que a largo plazo puede provocar la calcificación de los riñones y las arterias.
También se ha observado un aumento de la inflamación, el estrés oxidativo y cambios en la frecuencia cardíaca y la presión arterial, incluso a niveles moderados. Además, estudios en animales expuestos a concentraciones de CO₂ previstas para el futuro próximo muestran problemas con el desarrollo pulmonar y muscular, hiperactividad y disminución de la atención, advierten los investigadores.
| Una desconexión evolutiva. |
El informe plantea una pregunta inquietante: ¿Están nuestros grandes y complejos cerebros adaptados para funcionar en el mundo que estamos creando? La evolución de los homínidos y el desarrollo de un cerebro con alta densidad neuronal ocurrieron durante el Pleistoceno, una época con niveles muy bajos de CO₂ (entre 180 y 280 ppm). Estamos forzando nuestra biología, diseñada para un entorno con bajo contenido de CO₂, a operar en condiciones radicalmente diferentes.
Los autores sugieren que esta «desconexión evolutiva» podría estar relacionada con tendencias observadas recientemente, como el «efecto Flynn inverso» (una disminución global en las puntuaciones de CI) o el aumento en la incidencia de la demencia senil, fenómenos que hasta ahora se atribuían a factores ambientales genéricos.
Referencia
El dióxido de carbono como contaminante: los riesgos para la salud humana y la estabilidad de la biosfera. Ugo Bardi et al. Environmental Science Advances, 2025, 4, 1364-1372. DOI:10.1039/D5VA00017C
| El mito del «alimento para las plantas». |
El informe también aborda el argumento de que un aumento de CO₂ es beneficioso porque actúa como «fertilizante» para las plantas. Si bien es cierto que mayores concentraciones pueden acelerar la fotosíntesis en algunos árboles y plantas (fenómeno conocido como «reverdecimiento global»), el estudio refuerza firmemente esta idea.
Aclara que este efecto fertilizante no se aplica a cultivos vitales como el maíz, la caña de azúcar o el mijo (plantas C4), que tienen un mecanismo de fotosíntesis diferente. También señala que el aumento de biomasa debido al CO₂ no se traduce en un mayor contenido nutricional. Las plantas crecen más rápido, pero con menos vitaminas y minerales.
Finalmente, el informe indica que las plantas adaptadas a mayores niveles de CO₂ reducen su transpiración, lo que puede alterar los patrones de lluvia y aumentar el riesgo de inundaciones al alterar el funcionamiento de la «bomba biótica» que transporta la humedad atmosférica. Conclusión: los escasos beneficios agrícolas, si los hay, no compensan ni de lejos el daño a la salud humana y a los ecosistemas causado por el aumento de las emisiones de CO₂.
| Un llamado a la acción redefinido |
La conclusión del informe es clara: tratar la crisis del CO₂ únicamente como un problema de temperatura es un error peligroso. Las soluciones de geoingeniería como la Gestión de la Radiación Solar (GRS), que propone enfriar el planeta reflejando la luz solar, no contribuirían en absoluto a frenar la contaminación bioquímica por CO₂. Podríamos vivir en un planeta más frío, pero con un aire que sigue afectando negativamente a nuestras capacidades cognitivas y a nuestra salud.
La única solución real, según los autores, es reducir drásticamente las emisiones y, a largo plazo, encontrar maneras de que las concentraciones atmosféricas de CO₂ vuelvan a niveles compatibles con nuestra biología.
Necesitamos empezar a ver el dióxido de carbono no solo como un gas que calienta el planeta, sino como lo que realmente es: un contaminante que, en los niveles actuales, ya está comprometiendo la salud de la biosfera y la nuestra.

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UB
16/09/2025
Fuente: 16.09.2025, desde el substack. com de Ugo Bardi “La Tierra Viviente” (“Living Earth”), autorizado por el autor.
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